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Tema: Pokémon: Minna no Tabi / Advance Tournament

  1. #1
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    Pokémon: Minna no Tabi / Advance Tournament

    Pokémon: Minna no Tabi / Advance Tournament
    (Pokémon: みんなの旅 / アドヴァンストーナメント)


    No sé cuántas veces he hecho esto ya, pero es la primera vez en muchos años que empiezo el tema del fic desde cero. Pero es mejor así, ya que éste es un nuevo y mejor principio que todos los anteriores. Existe más de un motivo para esto:

    *He podido superar una época nefasta de mi vida fiquera. No me refiero solamente a bloqueos o a la incapacidad de escribir de una manera que me satisfaciera, sino de ser víctima y a la vez propulsor de una mentalidad nociva que todavía perdura en otros rincones de internet y de la que me comprometo a que no llegue a este tema ni al suforo en general. Hablo de una corriente que busca estandarizar la escritura de fan fiction y que destruye la individualidad de quienes creamos arte con naturalidad y desde el alma.

    * Es mi deseo que esta historia complemente la tónica de Pilar Celeste, pues si bien ambas empezaron sin relación alguna, la asociación entre ambas se dio naturalmente. Es por eso que MinT será un universo creativo exclusivo de esta comunidad, porque considero que ninguna otra abandera hoy en día los ideales que persigo.

    * Aunque ya tenga relativamente claro cómo transcurrirán los eventos del relato, quiero ser flexible y natural en ello. Además, me considero aún (y creo que lo haré siempre) alguien que está aprendiendo, sobre todo después de dejar de buscar obsesivamente el "error" que no me permitía escribir a gusto y empezar a hacerlo. Sé que se me conoce y tengo alguna reputación, pero de corazón les pido que a partir de ahora dejen ello de lado y me consideren como uno más de ustedes, porque deseo que compartamos, no que compitamos.

    Dicho esto, hay una serie de agradecimientos que quisiera hacer antes de hablar de la historia en sí.

    * A @Sakura Okino. Tú eres la razón de que esté aquí, y no hablo nada más del foro, sino de mi vida en general. Me ayudaste en mis peores momentos, me cuidaste a pesar de lo mal que me porté contigo, te quedaste conmigo cuando cualquier otra persona se habría ido y me curaste de una enfermedad mental que iba más allá del tema de fics y de querer destacar sobre los demás, cuando parecía imposible. Te debo la vida, pero sé que no quieres que haga nada por obligación y no pienso hacerlo. Sin embargo, quiero expresar con estas palabras mi agradecimiento a ti, la persona con quien comparto mi vida, quien me curó, quien me enseñó a escribir y a amar este arte cuando iba por el mundo esparciendo una doctrina errónea y perniciosa. Gracias por compartir conmigo, gracias por brindarme experiencias que difícilmente habría podido vivir sin haberte conocido. Sak, mi querida Sak, quiero dedicarte esta humilde historia, una que considero que a lo sumo puede acercarse a las genialidades que has creado y eres capaz de seguir haciendo.

    * A @Hemi. Gracias por crear un sitio como lo es Pilar Celeste, que recién comienza pero cuya filosofía hará una diferencia real en la comunidad hispana de Pokémon. Y sobre todo, gracias por una amistad sincera y duradera. Sé que hace relativamente poco te enteraste de lo mal que llegué a estar, pero siempre me has ofrecido tu apoyo y comprensión. Espero que, como años atrás, podamos seguir teniendo agradables conversaciones sobre lo que nos guste, y aunque a día de hoy estemos separados físicamente, podamos estar más cerca que nunca aquí, en esta casa de todos ^^

    * A @Hanna Okino. Hanni, mi primogénita. No nos unen lazos de sangre, pero sí otros mucho más fuertes y duraderos, una amistad que también data de tiempo y que es muy especial para mí. Gracias por estar ahí siempre, al pie del cañón, para apoyarme y para animarme aunque no dijera nada de mí, gracias por ser también parte importante de mi vida. Gracias por ser un ejemplo de cómo vivir esta afición con pasión e intensidad, y por todas las inspiradoras conversaciones que hemos tenido, de todo.

    * A @Sandl. Pangolín, qué sería de mi vida sin el caos que traes a ella. Gracias por esas opiniones tan sinceras, pero además cargadas de una buena dosis de alegría, humor y, por qué no, un deseo de ser travieso y salirse de lo establecido que a veces siento que me falta. Gracias por brindarnos a todos la alegría de contar contigo siempre, realmente eres un ejemplo de que se puede vivir con alegría y optimismo a pesar de las dificultades que se puedan presente en el camino.

    * A @Seth. Amigo, sé que nos conocimos hace relativamente poco comparado con quienes he podido mencionar antes, y que nos hicimos cercanos hace menos tiempo, pero a ti también te quiero agradecer. Por el apoyo, por las charlas interminables sobre la escritura, por tu entusiasmo en todo este mundillo que tanto disfrutamos todos.

    Sí, sé que hay mucha gente que no he mencionado hasta ahora, sean o no actualmente miembros de la comunidad, pero tengan en cuenta que ésta no es una lista estática, puedo añadir a cualquiera en ella (en especial a miembros de la comunidad, para aprovechar el bbcode de menciones :3). También quiero agradecerles por su amistad y todo lo que hayamos podido compartir. Si lees estas líneas, por favor no creas que no te tengo en cuenta, y sigamos compartiendo día a día. También quiero agradecer a quien se haya tomado el tiempo de leer todo esto sin que aún hayamos podido compartir una amistad o una conversación, pues ésta es mi alma expuesta para todos ustedes.

    Bueno, ahora sí, hablemos del relato ^^

    Las bases del mismo datan de hace... mucho tiempo, de poco antes de conocer a Hemi, así que sí, es en cierta forma historia antigua. MinT (en ese tiempo Pokémon: Advance Tournament, o PAT como le llaman algunos) comenzó como un guion para un manga de Pokémon que iba a hacer en colaboración con algunas personas que prefiero mantener en el anonimato, sencillamente porque el proyecto se fue al traste con apenas algunas viñetas dibujadas y muchas ilustraciones centradas mayormente en los personajes creados por el dibujante (que no tiene nada de malo, pero da una idea de la diferencia de prioridades entre ambos). En cualquier caso, me quedé con ello como base y, no recuerdo bien cómo, decidí convertirlo todo en fan fiction, dadas mis escasas dotes como dibujante (que aún debo empezar a practicar este arte x.x). Y así empezó todo, y se han dado muchos cambios significativos a lo largo del tiempo. Sin embargo, el más importante ha sido el de la tónica de la historia y el referido a mi manera de ver la vida y vivir la literatura. Es en cuanto a esto que puedo afirmar que están viendo la versión definitiva del fic, la 4.0. Curioso, porque la historia tiene cuatro protagonistas, si bien esto no implica que ellos sean el centro de todo, pero sí quienes llevan mayormente el hilo de la narración y de los eventos que ocurren en este mundo. Aviso que, este es apenas el primer relato de una serie que tengo planeado, al ser Minna no Tabi un universo creativo ^^

    Dejó aquí la ficha técnica del fic, mientras los mensajes siguientes serán dedicados al índice y a las notas de autor.

    Pokémon: Minna no Tabi / Advance Tournament
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    Mundo Pokémon (Viaje)
    Aventura / Drama / Parodia / Vida Cotidiana
    Relato Largo
    Mayores de 13 años
    Activo
    Aquí
    Aquí
    Descripción: La vida es un viaje, se suele decir, y las personas que conocemos son otros viajeros con quienes nuestro camino es el mismo, coincide en un punto o simplemente no se cruza. Algunos conocen su destino, muchos lo ignoran y otros tantos creen saberlo para luego acabar cambiándolo. Ésta es la historia de Entrenadores y Pokémon que día a día intentan encontrar el sentido de sus vidas y de lo que quieren hacer con y lograr en ellas.



    Última edición por Trainer Danot; 31-01-2015 a las 11:57 PM. Motivo: Desarrollo =)

  2. #2
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    Última edición por Trainer Danot; 26-01-2016 a las 08:31 AM. Motivo: Actualización [01/02/2015]

  3. #3
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    Notas de Autor I

    [En construcción, lamentamos las molestias :'3]
    Última edición por Trainer Danot; 08-08-2014 a las 09:11 PM.

  4. #4
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    Notas de Autor II

    [En construcción, lamentamos las molestias :'3]

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    Notas de Autor III

    [En construcción, lamentamos las molestias :'3]

  6. #6
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    Prólogo — Lo verdaderamente importante

    Hace un día caluroso, como suelen ser los días estivales en Evergrande. Esto supone sudar a litros a quienes estamos acostumbrados a climas gélidos, pero no es nada que una ducha fría no pueda arreglar... al menos, por un par de horas. Además, es agradable sentir cómo el agua refresca no sólo mi cuerpo, sino también mi espíritu.

    Al volver a mi habitación, me encuentro con un espejo que me refleja de cuerpo entero. De la toalla enrollada en torno a mi cabeza sobresalen algunos mechones carmesíes aún húmedos, y un sinnúmero de gotas se evaporan al descender por mi piel desnuda. También veo mis ojos del color del hielo, los témpanos que penetran sin piedad el alma de mis rivales. Desde luego, esto último es una exageración de parte de quienes promocionan los torneos y competencias en los que tengo oportunidad de participar, como el que se realiza actualmente en la ciudad.

    Cuando me siento lo suficientemente seca, me dispongo a elegir ropa que me mantenga lo suficientemente fresca una vez que salga. Tras ponerme unos pantalones cortos azules y una camiseta celeste, me fijo en el reloj que marca las nueve menos cuarto. Todavía tengo tiempo para llegar a mi cita, y con cita me refiero a un entrenamiento con una gran amiga mía, a pesar del poco tiempo de conocernos. Me pongo las gafas de cristal coloreado que guardo en mi mesa de noche para protegerme los ojos del sol, me ciño el cinturón con seis Poké Balls que he dejado sobre ese mismo mueble, y por último cojo mi tarjeta de identificación para el torneo.

    Con todo listo, me dispongo a despertar con una caricia en el lomo a Xanadu, mi Leafeon, quien ha estado durmiendo sobre mi cama todo este tiempo. Al sentir mi mano, alza sus orejas similares a grandes hojas arrugadas y abre sus ojos marrones, dirigiéndome una mirada tierna y curiosa, tras lo cual se apoya sobre sus cuatro patitas y pega un salto para situarse a mi lado, listo también para salir (¡qué suerte tienen los Pokémon de no tener que arreglarse tanto!)

    Las calles están atestadas de gente que vive con emoción todo lo que el torneo tiene para ofrecer, y ni siquiera el calor parece ser un impedimento para esto. Supongo que es inevitable que algunas personas nos reconozcan a Xanadu o a mí; unas nos desean suerte para nuestras siguientes batallas, otras nos piden firmar autógrafos. A veces es agotador hacerlo, pero creo que la alegría que ellos muestran al acercársenos bien lo vale, así como la emoción que sienten cuando nosotros, Entrenadores y Pokémon por igual, damos nuestro máximo esfuerzo para salir victoriosos de la arena de combate.

    Por suerte, ninguno de estos “imprevistos” nos evitan llegar a tiempo a nuestro destino: el estadio auxiliar número siete (el más meridional) de los doce con los que cuenta el complejo de ciudad Evergrande. Es una gran ventaja poder usarlos como campos de entrenamiento cuando no se está realizando ninguna actividad oficial en ellos. Los guardias nos dejan pasar luego de comprobar en su registro que tenemos hora reservada para entrenar ahí. Así, nos adentramos en un túnel bien iluminado que lleva directamente al área de batalla, donde una chica de cabello castaño claro, recogido en una cola alta, dirige el entrenamiento de su equipo Pokémon. Aunque quizá lo más acertado sería decir que ella también participa del mismo.

    Xanadu y yo nos acercamos diligentemente, observando cómo una fantasma de expresión traviesa, un cuadrúpedo de pelaje negro con vistosos anillos amarillos y un hada de apariencia bonachona lanzan ataques hacia los dos reptiles que vuelan muy por encima de ellos. La más grande de ellos, de escamas anaranjadas y cola acabada en una enérgica flama, esquiva esos ataques a base de hábiles piruetas, mientras que el otro, un pterodáctilo de piel rocosa, lo hace gracias a su velocidad prodigiosa. Al mismo tiempo, la entrenadora de todos ellos está concentrada en imitar los elegantes movimientos de un Pokémon humanoide que me recuerda vagamente a un guerrero de la antigüedad. Tan profunda es su abstracción que nota nuestra presencia recién cuando estamos a apenas un metro de ella. La saludo con un suave movimiento de mano y una sonrisa, mientras me fijo en sus bonitos ojos color marrón chocolate, siempre llenos de energía y pasión. Inmediatamente, ella se lanza a abrazarme con mucho entusiasmo, a lo que no tardo en corresponder con el mismo cariño.

    Y, como es usual tras un arranque emotivo así, ella se disculpa en el acto, hecha una bola de nervios y con las mejillas tan rojas como una baya Tamato. Charsy, la amable Charizard de ojos color aguamarina, aterriza cerca de ella y le dedica una suave mirada que parece decir “no tiene remedio”. Morgiana, la tenebrosa Mismagius, ríe con cierta malicia al ponerse delante de ella, al igual que Kyo, el pícaro Umbreon; ambos parecen divertirse con esta situación, y mucho más al producir que el sonrojo de su Entrenadora aumente aún más. Una actitud muy distinta toma Aramis, el caballeroso Gallade, quien nos dedica a Xanadu y a mí una reverencia elegante. Por otra parte, Lunitari, la dulce Clefable, nos saluda tímidamente desde la seguridad que le brinda refugiarse detrás de mi amiga. Parece ser el completo opuesto de Aeron, quien aterriza detrás de mí y me olfatea con interés, emitiendo gorjeos que me dan a entender que le gusto. Charsy no tarda en llamar la atención al par de revoltosos, y sin demora, todos vuelven a dedicarse a su entrenamiento. Son todos muy particulares, pero no cabe duda de que están bien adiestrados. Me dispongo a liberar también a mis otros Pokémon, para que podamos comenzar a entrenar todos juntos.

    Es cierto que, al final, sólo uno podrá ganar esta competencia, pero ello no implica dejar de lado la posibilidad de afianzar nuestras relaciones y crecer como personas. Los torneos pasan, pero las amistades quedan, y en esto ni siquiera el Torneo Nacional será la excepción...


    Última edición por Trainer Danot; 26-01-2016 a las 08:32 AM. Motivo: Correcciones [03/02/2015]

  7. #7
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    Round 001 — Rompiendo el hielo

    Round 001 — Rompiendo el hielo

    Pueblo Mahogany, 04 de Octubre, Año 1, 3:27 PM

    «Qué frío», pensó Danot al sentir una brisa helada que agitó algunos mechones de cabello castaño que sobresalían de su gorro de lana. Con las manos en los bolsillos del jersey, avanzaba hacia el portal de caoba que marcaba la entrada occidental de pueblo Mahogany, mientras una oleada de recuerdos de lo ocurrido durante su primera y única estancia ahí llenaba su mente.

    —Qué rápido pasa el tiempo —dijo para sí mismo con una sonrisa, mientras sacaba una mano para acomodarse los lentes deportivos celestes que cubrían casi la mitad de su rostro y distorsionaban a la vista el color café de sus ojos.

    Era cierto. Había pasado algo más de un año desde su primera visita a Mahogany, el paradero final de un viaje para capturar Pokémon y recolectar datos de su ambiente natural que ayudarían a la investigación de su hermano mayor. A Danot nunca le había apasionado el estudio de éstos, pero la idea de recorrer Johto con los gastos pagados le convenció enseguida de aceptar ese recado. No obstante, su retorno al pueblo se debía a algo más... algo desvinculado al insistente jalón en su pantalón que le llevó a bajar la mirada y toparse con los ojos de un intenso color azul pertenecientes a un reptil bípedo de escamas doradas y gruesas garras blancas.

    —¿Qué pasa, Pyro? —preguntó al Charmeleon que reclamaba su atención; supuso que se trataba de algo importante.
    —¡Char, char! —gruñó el aludido al indicar con enfado el hálito de vapor que salía de su boca cada vez que la abría; su Entrenador no pudo evitar una risa ante lo ridículo de la situación—. ¡Char! —insistió al agitar la flama en la punta de su cola, esperando que así el aire a su alrededor se calentara un poco.
    —Lo siento, lo siento —fue la rápida disculpa del chico, quien se alzó el jersey para dejar expuesto un cinturón con seis esferas rojiblancas del tamaño de pelotas de ping-pong, sujetadas por pinzas redondeadas—; estarás mejor en tu Pokébola —agregó al coger una del lado izquierdo.

    Danot apretó el botón en la franja negra que dividía la Poké Ball (o Pokébola, como solía llamar su familia a ese artefacto) en dos y, como si fuera magia, ésta se expandió hasta alcanzar el tamaño de una pelota de béisbol. El mismo botón emitió un rayo rojo que transformó a Pyro en energía al ser apuntado hacia éste, para luego regresar a su punto de partida. Un segundo toque bastó para devolverla a su tamaño original.

    —¿Mejor así, Pyro? —le preguntó Danot con cariño al acercarse la esfera al rostro; una sacudida suave de la misma fue suficiente respuesta para él, tras lo cual la guardó.

    Con esto hecho, se dispuso a continuar su camino, a pesar de que le gustaba más contar con la compañía de alguno de sus Pokémon para caminar. Fue por este hábito que muchos le retaron a combatir de forma imprevista durante su primer viaje, lo cual terminó convirtiéndole en un gran aficionado a las batallas Pokémon, y era la idea de participar en el campeonato regional la que había motivado su segundo viaje por Johto. Con esa meta, debía visitar cada localidad con un Gimnasio Pokémon para obtener sus correspondientes medallas, y en Mahogany había uno con muy buena reputación.

    Las calles del pueblo estaban conformadas en su mayoría por casas rústicas pero acogedoras, las cuales lucían vistosos adornos situados en sus puertas y ventanas. Era ambiente de festival, como Danot comprobó al escuchar las animadas conversaciones de los otros transeúntes, quienes no parecían tener cabeza para otra cosa que no fuera la gran celebración de la noche siguiente. Esto le trajo inevitablemente el recuerdo del incidente ocurrido durante el festival anterior, el cual tuvo como protagonistas a un travieso grupo de Sneasel salvajes.

    —¿Alguno de ellos recordará aún a Shady y compañía? —se preguntó a sí mismo, mientras rememoraba su propio rol en la resolución de esa situación.

    Danot procuró escuchar si las personas a su alrededor decían algo respecto al año anterior, sin resultados. Siguió haciendo lo mismo por un rato, pero lo único que llegó a sus oídos fue el bullicio producido por un nutrido grupo de gente en la vía, justo a tres bloques de donde pensaba pasar la noche. Sospechando qué ocurría, se abrió paso (y pidió disculpas por ello) para llegar a donde se llevaba a cabo una batalla Pokémon. Un conejo regordete de piel blanquiazul evitaba con saltos cortos las arremetidas de una roca con brazos largos y cara de pocos amigos, dando a la mayoría de espectadores la impresión de que era un combate parejo. No obstante, el recién llegado pudo notar que en realidad el Azumarill estaba jugando con su oponente; era algo que todo Entrenador con un mínimo de experiencia podría haber discernido.

    —¡Cañón de Rocas! —ordenó el Entrenador del Geodude; en sus ojos azules podía verse su frustración al no haber acertado ni un solo golpe desde el inicio del combate.
    —¡Pistola de Agua! —contraatacó el compañero de Azumarill, un joven de cabello negro y ojos pardos que le daban un aspecto vivaz.

    Esa indicación bastó para que la expresión del conejo azul se tornara seria y pisara el pavimento con fuerza, para luego desplegar un potente chorro de agua justo cuando su contrincante expectoraba cinco proyectiles de roca. Éstos fueron arrastrados junto a su emisor, quien sintió cómo el líquido le corroía la piel antes de caer inconsciente a los pies de su Entrenador. Derrotado, el ojiazul le devolvió a su Poké Ball y tardó poco en perderse entre la multitud.

    —Vamos, ¿quién más quiere luchar? —preguntó el vencedor con actitud retadora y confianza en lograr su quinta victoria consecutiva; esas palabras fueron acompañadas por el gracioso meneo de la zigzagueante cola de su Pokémon.
    —¡Yo! —contestó Danot, casi de manera automática, al volver a abrirse paso entre los demás espectadores.

    Podía parecer muy exagerado (en realidad lo era), pero Danot no había tenido una batalla desde hacía dos días y no quería que nadie le arrebatara esa gran oportunidad.

    —Danot, de ciudad Cherrygrove —se presentó al extenderle la mano derecha a quien sería su contendiente, sin siquiera esperar al asentimiento de éste.
    —Mack, mucho gusto —contestó el otro Entrenador al recuperarse de su impresión inicial, acompañando esas palabras con un fuerte apretón de mano.

    «Está en su terreno», pensó Danot al recordar el protocolo implícito seguido por la gran mayoría de Entrenadores, el cual se aprendía poco a poco, al viajar e interactuar con otros. La omisión del lugar de procedencia significaba que la persona se hallaba en el mismo.

    —Entonces Mack, ¿uno contra uno o algo más? —preguntó Danot, refiriéndose a la modalidad de batalla.
    —Uno contra uno, y si quieres hacerlo más interesante, podemos apostar —fue la segura respuesta del aludido— siempre que no temas perder tu dinero —agregó con un ligero dejo de arrogancia.
    —Me parece perfecto —convino Danot, aparentemente pasando por alto el tono de su interlocutor; mientras pudiera tener un combate entretenido, poco le importaban las actitudes de sus oponentes.

    Sin demora, Danot sacó de uno de sus bolsillos un pequeño artefacto electrónico con dos pantallas y varios botones blancos. Oprimió uno con un ícono de dos Poké Balls chocando, acción que Mack imitó con su propia Pokédex. Cuando ambas se conectaron, sus respectivos dueños confirmaron la cantidad de Pokémon a usar y se alejaron entre sí aproximadamente quince metros, listos para comenzar.

    —Azumarill, ¿quieres seguir? —preguntó Mack a su Pokémon, sabiendo que estaba muy fresco a pesar de haber combatido un par de veces; un suave gruñido y un brinco decidido hacia adelante dejaron claras sus intenciones.
    —Alfa, te lo encargo —pensó un sonriente Danot, a la vez que cogía con seguridad una Poké Ball del lado derecho de su cinturón para liberar a su Pokémon.

    Todos los presentes centraron su atención en la aparición de una gran estrella de mar de piel púrpura, cinco afilados brazos y un núcleo similar a un rubí en el centro de su cuerpo, o eso parecía a simple vista. Una observación cuidadosa revelaba que dicho Pokémon tenía dos cuerpos unidos por su zona central, quizá por un tejido especial que le permitía al posterior girar libremente. No obstante, nada parecía afectar la confianza de Mack, ni siquiera la diferencia de tamaño (ciento veinte centímetros de Alfa contra ochenta de Azumarill)

    —¡Pistola de Agua! —abrió briosamente el entrenador local, queriendo tantear a su contrincante antes de decidirse por alguna estrategia en particular.

    Así comenzó la que prometía ser una batalla muy reñida... que terminó un instante después de que Danot diera su primera orden; con ella vino una portentosa descarga eléctrica, generada por la rotación del cuerpo posterior de la estrella de mar y liberada desde su núcleo. El ataque Rayo usó la Pistola de Agua como conductor para propinarle a Azumarill una sacudida que le llevó sin escalas al reino de la inconsciencia. Un pitido suave confirmó la transferencia monetaria a la cuenta bancaria del vencedor y sacó de su estupor a quienes todavía no podían creer que la batalla ya había concluido.

    —¡Bien hecho, Alfa! —le felicitó Danot, en cuyo entusiasmado rostro podía verse la satisfacción que sentía por el desempeño de su Pokémon—. Gracias, vuelve —le dijo al apuntarle con su Poké Ball, como su oponente acababa de hacer con su Azumarill.
    —Vaya, no esperaba que esto acabara tan pronto —comentó Mack al acercársele; a pesar de la derrota, se le notaba tranquilo—; buena batalla —agregó con mucha más humildad que antes, ofreciéndole la mano derecha.
    —Gracias —contestó éste al corresponderle con un fuerte apretón, un gesto lleno de deportividad con el que solían acabar muchos combates; tras ello, ambos recibieron los aplausos de quienes habían presenciado ese breve enfrentamiento.

    Con sus ansias de batalla saciadas (momentáneamente), Danot retomó el camino hacia el lugar donde se hospedaría, en el centro de Mahogany, donde él y sus Pokémon podrían descansar y comer como era debido. Era algo que necesitarían de verdad si es que pretendían combatir en las mejores condiciones contra el Líder de Gimnasio al día siguiente. Para su suerte, no tuvo que caminar mucho para llegar a la plaza central del pueblo, y una vez ahí, no le fue difícil encontrar el Centro Pokémon local, reconocible a la distancia por su característico tejado rojo de madera. Al aproximarse, la puerta doble de cristal del frontis se abrió de par en par y le dejó entrar a un gran salón de suelo de caoba y ventanas con póstigos del mismo material. Vio en la recepción a una chica que llevaba una cofia y un delantal blanco sobre su vestido rosado, el uniforme oficial de las enfermeras que dirigían los Centros Pokémon de cada localidad del país.

    —Hola —le saludó Danot al acercarse, con aire informal pero respetuoso.
    —Hola, ¿puedo ayudarte en algo? —preguntó la enfermera con una sonrisa cordial, la misma sensación que transmitían sus bonitos ojos azules.
    —Sí, mañana tendremos una batalla de Gimnasio y creo que a mis Pokémon les vendría bien un tratamiento completo —explicó el chico, mientras se alzaba el jersey y empezaba a sacar las Poké Balls de su cinturón.
    —¿Los quieres listos para hoy o puedes esperar hasta mañana en la mañana? —le preguntó ella amablemente, a la vez que ponía sobre la mesa una bandeja de metal.
    —Puedo esperar hasta mañana, si es que tienes alguna habitación libre —contestó Danot, teniendo la intención de dirigirse al Gimnasio a primera hora; dicho esto, colocó la última de sus Poké Balls infladas en una de las seis cavidades de la bandeja.
    —Entonces serán un tratamiento completo y una habitación para dos noches —dijo la enfermera con buen talante, al teclear velozmente en el ordenador que tenía delante—; ¿puedo ver tu identificación? —pidió cordialmente, con la mano derecha extendida.

    Sin prisas, Danot sacó una tarjeta de plástico de un bolsillo especial de su jersey y se la dio a su interlocutora, quien la deslizó por un lector para poder revisar la ficha de identificación del chico. Conforme tras ver su foto y datos personales, dio un clic para cerrar el programa, cogió un llavero de los que tenía colgados en un panel cercano y se lo entregó al Entrenador junto a su identificación.

    —Si necesitas alargar tu estadía, sólo tienes que decírmelo —explicó amablemente la enfermera, mientras cogía la bandeja con las Poké Balls del chico.
    —Gracias, pero espero que no sea el caso —contestó cortésmente Danot, sabiendo que si se quedaba más tiempo sería por una derrota en su batalla de Gimnasio—; nos vemos mañana —se despidió, con la tranquilidad de saber que sus Pokémon estaban en buenas manos.

    El chico se dirigió hacia la puerta lateral derecha, y al abrirla se encontró con un pasillo estrecho, lo suficientemente iluminado para poder ver las escaleras a la izquierda, una lavandería a la derecha y una sala de comunicaciones justo delante de él. A pesar de lo mucho que quería descansar, siguió de frente y entró a esta última, un cuarto con una hilera de videoteléfonos a cada lado. Se sentó delante del más próximo y suspiró con resignación mientras metía su identificación en la ranura, tras lo cual marcó el número de su casa. Había pasado casi una semana desde la última comunicación con su familia, y temía que todos estuvieran preocupados por él, en especial su madre. En la pantalla cuadrada del aparato apareció un mensaje que decía “Sólo voz”.

    —¿Hola? —preguntó una suave voz femenina a través del auricular.
    —Hola Mina, soy Danot —respondió el chico con gentileza; no le había sido difícil reconocer a su hermana menor.
    —¿Hermanito? —preguntó Mina, muy contenta de poder hablar de nuevo con él.

    Antes de que el aludido pudiera articular una palabra, la cámara del videoteléfono se encendió y la pantalla dejó ver a una muchacha joven de mirada despierta, quien no había dudado en activar el modo de videoconferencia al saber que se trataba de él.

    —¡Hola hermanito! —exclamó entusiastamente Mina al saludarle con la mano.
    —Hola Mina, ¿cómo estás? —preguntó Danot, sin tanta energía pero con el mismo cariño; le alivió ver que ella no se mostraba preocupada o angustiada por los días que habían pasado incomunicados.
    —Estoy bien, gracias —contestó la chica con una gran sonrisa; el brillo de sus ojos, idénticos a los de su hermano, demostraba la veracidad de tales palabras—; ya vienen los exámenes y quería ir a estudiar después de terminar con los quehaceres —agregó gentilmente, mientras se apartaba un poco el flequillo que a ratos le obstruía la vista; el color de cabello era otro rasgo que compartían.
    —Y seguro que Yamen no levantará un dedo para ayudarte —comentó Danot con tono ligeramente burlón, dejando ver una expresión traviesa.
    —Mira quién habla, hermano —intervino de pronto una voz masculina grave que el chico pudo oír a través del auricular, con especial énfasis en la última palabra; ese tono y esa confianza al hablar también le resultaron inconfundibles.

    No tardó en aparecer junto a Mina un hombre de treinta años, con una bata blanca de laboratorio sobre el elegante conjunto de pantalón marrón y camisa azul que vestía. Su cabello, mucho más oscuro que el de sus hermanos, acentuaba el color café de sus ojos, los cuales observaban acusadoramente al Entrenador por el comentario hecho.

    —Hola Yamen, a mí también me alegra verte —dijo Danot con una expresión que parecía contradecir sus propias palabras; vio cómo Mina se despedía y retiraba, quizá para dejarles conversar con tranquilidad y privacidad.
    —Sobre todo después de no hablar con nosotros por casi una semana, ¿verdad? —contestó el científico con tono reprensivo, aunque Danot pudo ver su preocupación tras las gafas cuadradas de marco plateado que solía llevar para trabajar.
    —Tienes razón, lamento mucho haberlos preocupado —se disculpó sinceramente, dejando de lado la irreverencia y adoptando una actitud más conciliadora—; me olvidé de recargar la batería del Pokégear antes de salir de Ecruteak —explicó, sin ocultar la vergüenza que le producía ese descuido.
    —Por el amor de... ¡son baterías que duran dos semanas, seis en modo de ahorro! —contestó Yamen, sin dejar entrever si estaba escandalizado o a punto de echar a reír—; supusimos que fue por algo así, pero eso no nos quitó la preocupación, en especial a mamá —explicó con seriedad, también con la misma disposición que su hermano.

    Danot no supo qué responder a ello. Si bien su madre había sido sobreprotectora con él y sus hermanos desde que recordaba, había tenido la suficiente confianza en él para dejarle salir de viaje, siempre que fuera responsable. Y lo había sido, pero temía que por tal descuido ella pudiera pensar todo lo contrario. Sin embargo, lamentarlo no iba a servirle de nada. Lo único que podía hacer era asumir su responsabilidad y seguir hacia adelante.

    —No volverá a pasar —prometió al recomponerse, sin dejarse abatir por ese error; su hermano mayor asintió, conforme—; ¿cómo han estado estos días? —preguntó con interés, queriendo saber de su familia.
    —Pues, en el laboratorio estamos tan atiborrados de trabajo como siempre; casi no puedo esperar a que lleguen los practicantes que Elm prometió mandar, porque como bien sabes, él sólo quiere contar con profesionales para superar la investigación de Oak —explicó Yamen con algo de irreverencia, porque consideraba que era la mejor manera de tomarse esa rivalidad unidireccional—; en cuanto a papá y mamá, ellos han estado como siempre, fuera de la preocupación por no saber nada de ti —añadió, esta vez con neutralidad.

    A Danot no le costó entender lo que su hermano quería decir con “como siempre”. Significaba que su padre todavía estaba buscando un empleo estable tras su sorpresivo retiro del ejército, hacía más de diez años (para su tranquilidad, pues nunca le gustó la idea de que su padre se dedicara a matar gente, por más que él adujera que era para defender la paz). También significaba que su madre debía estar en esos momentos cumpliendo su turno en el Hospital General de Cherrygrove, a pesar de sus recientes quejas sobre el mal clima laboral que imperaba en ese lugar. Danot no podía negar que le aterraba la idea de tener que enfrentarse a ese tipo de estrés, pero sentía que sería injusto admitirlo delante de su familia. A veces pensaba que por este motivo había elegido viajar, para poder disfrutar de la gran aventura de su vida antes de retomar sus estudios y sumergirse en el mundo laboral, o “mundo de los adultos”, como lo llamaba a veces.

    —Espero que las cosas mejoren pronto para ambos —deseó Danot, pensando que sus padres se lo merecían sobradamente.
    —Lo mismo digo, hermano —convino Yamen, compartiendo su sentir—; ¿y cómo te ha ido a ti? —le preguntó, mostrándose interesado por los progresos de su viaje.
    —Sin ninguna novedad desde que dejé Ecruteak, incluso diría que esta semana se me hizo algo aburrida —admitió, pues había tenido muy pocas batallas durante el viaje hacia Mahogany—; lo que me toca ahora es concentrarme en la batalla de Gimnasio de mañana —añadió con buen talante, recordando los reñidos combates que había librado para conseguir las seis que ya tenía.
    —No dudo de que lo harás bien mañana, aunque debo admitir que tuve mis dudas al principio, sobre todo cuando dijiste que querías desafiar a los Gimnasio en el modo experto del sistema que la federación instauró el año pasado —comentó, recordando la conversación que habían tenido hacia poco más de tres meses, cuando Danot le contó su intención de llevar a cabo ese reto.
    —Por más que hubiera elegido el modo novato, los Líderes tienen la potestad de cambiar la dificultad del desafío si lo consideran conveniente; además, esto se aplica sólo a los cuatro primeros Gimnasios de la ruta oficial —explicó Danot, suponiendo que tales reglas escapaban del conocimiento y campo de estudio del científico.
    —Pues parece que la información que recolectaste sobre los Líderes en tu primer viaje te ayudó mucho —afirmó Yamen, a lo que su hermano asintió—; supongo que ya has empezado a hacer lo mismo con la Líder de Blackthorn, a pesar de no haber estado ahí aún —añadió con seguridad.
    —No, empezaré a recolectarla cuando llegue allá —contestó tranquilamente, para sorpresa de Yamen—; creo que esto hará más interesante la siguiente batalla —añadió animadamente; se notaba en su expresión la emoción por lo que acababa de decir.
    —Danot, me sorprendes... no creía que fueras de quienes encuentran diversión en las cosas imprevistas —comentó con tono irónico, sabiendo que el chico era del tipo de personas aficionadas al planeamiento.
    —Es un pequeño capricho, ya sabes, por ser la última —respondió con tranquilidad el menor de ellos, pasando por alto la ironía de Yamen, y también la leve sensación de nostalgia que sentía al pensar que ese sería el paso final de su viaje, sin contar la Conferencia Plateada.
    —Mientras sea lo que tú quieras, estará bien —convino Yamen, respetuoso ante tal decisión—; en todo caso, yo debería volver a trabajar —se disculpó, al darse cuenta del tiempo que habían pasado conversando, e hizo el ademán de levantarse.
    —Bien, nos vemos entonces; saludos para papá y mamá —se despidió cálidamente Danot, tras lo cual colgó y extrajo su tarjeta del teléfono.

    El chico regresó al pasadizo y, esta vez sí, subió por las escaleras que conducían al piso superior, encontrándose en otro más amplio y largo, además de mejor iluminado. Avanzó, mirando cada una de las puertas que tenía a ambos lados hasta hallar la de su habitación, y sin mayor demora, entró. Ésta contaba con un par de camas simples, una mesa pequeña entre ambas, una más grande en el otro extremo y dos sillas delante de ésta última. Un radiador cerca de la ventana y frazadas sobre los catres eran las únicas diferencias con los cuartos de invitados de otros Centros Pokémon que él había visitado durante su viaje. No se lo pensó dos veces antes de dejarse caer, cuán largo era, sobre una de las camas; necesitaba descansar, al menos un poco.

    No supo cuándo se quedó dormido, pero despertó poco a poco, con la habitación completamente a oscuras. Se incorporó lentamente y buscó a tientas el interruptor; al encontrarlo, ésta se llenó de una cálida luz amarilla.

    —Qué hambre —pensó al sentarse en un lado de la cama y palparse el vientre; no había comido nada consistente desde el desayuno, cerca de las ocho de la mañana.

    Dejó caer su mochila sobre la cama y se quitó los lentes deportivos, para dejarlos en la mesa de noche. Se frotó un poco los ojos, un hábito que le había quedado de su época escolar, antes de ponerse de pie y sacar de su mochila un estuche con sus gafas de lectura, que se puso de inmediato, y una libreta de apuntes con un bolígrafo entre sus hojas. Con eso listo, salió, aseguró la puerta con llave y se dispuso a bajar.

    La cafetería del Centro Pokémon era la zona que ocupaba más espacio en la planta baja. Al caminar hacia la barra, a Danot le pareció notar que la dependiente cambiaba su expresión aburrida por otra mucho más despierta y servicial; no le extrañó, al ser él su primer cliente de la noche.

    —Buenas, quiero un guiso de vegetales con arroz —pidió Danot tras ver el menú—; y una botella de agua —añadió, pues no había bebido nada desde el mediodía.

    La encargada tardó muy poco en volver de la cocina con su pedido en una bandeja que le dio a Danot tras el pago correspondiente. Se dirigió hacia la mesa más cercana, y ya sentado, removió el guiso y el arroz con una cuchara hasta liberar todo el vapor. Dejó que esa mezcla se enfriara un poco y sacó del bolsillo de su jersey la libreta y el bolígrafo que había cogido antes; se acomodó las gafas con cuidado antes de empezar a revisar sus anotaciones.

    —Primera cosa a considerar: Pryce es un especialista en Pokémon de tipo hielo —leyó mentalmente Danot, mientras las mesas cercanas empezaban a ser ocupadas por otros clientes—; favorece el uso de ataques compatibles con el tipo de sus Pokémon, la mayoría con efectos secundarios, que unidos a las técnicas auxiliares o disruptivas que emplea ocasionalmente suelen tomar por sorpresa a sus retadores —siguió, al tiempo que se llevaba un bocado de la mezcla a la boca y cogía la libreta con la otra mano—. Todos sus Pokémon son de doble tipo, siendo el segundo de la mayoría uno que le dé ventaja sobre los tipos fuertes contra el hielo —siguió leyendo con atención, ya que era la primera conclusión importante a la que había llegado al hacer esas anotaciones—; lo más típico es que empiece con Dewgong, Cloyster o Lapras para mantener a raya a los Pokémon de fuego, roca, acero o lucha, sea por la ventaja de tipo o por la piscina que tiene en medio del campo de hielo del Gimnasio, así que llevar a Ray o a Sparkle sería una buena idea —dijo para sí mismo, mientras pasaba el primer bocado de su cena—. Tanto Hellga como Pyro podrían lidiar con Jynx y Delibird, pero el que realmente me preocupa es su Pokémon más fuerte, Piloswine... así que será mejor no descartar a Alfa —consideró con cuidado—. Otro factor crucial es que, si bien muchos de sus Pokémon son lentos en tierra, el campo les da una movilidad muy buena comparada con la que tendrían Pokémon de otros tipos, como los míos, así que tendremos que hallar alguna forma de contrarrestar esa ventaja —concluyó, tras lo cual cerró su libreta y la guardó, disponiéndose así a comer el resto de su cena.

    Al acabar, Danot decidió volver tranquilamente a su habitación, mientras repasaba mentalmente el plan de batalla que había ideado; consideró que era simple y efectivo, y por ello se sentía más que satisfecho. Una vez ahí, extrajo de su mochila una caja de plástico con cápsulas similares a Poké Balls infladas en su interior, pero más alargadas. Sacó una y la dejó en medio del cuarto tras apretar su botón central, generándose una intensa luz blanca que precedió a la aparición de una caja cúbica de metal de un metro de arista. Se acercó y presionó el centro de la cara superior, causando así que ésta se partiera en dos hojas rectangulares que se alzaron por la acción de pequeños motores en el interior, revelándose así su contenido: camisetas, pantalones, jerseys, chalecos, ropa interior, pares de calcetines y tres pijamas. Sacó uno de cada, ateniéndose más que nada a su propio gusto, y los dejó en la otra cama, tras lo cual cerró manualmente la caja, con lo que ésta regresó automáticamente al interior de su cápsula. El chico la recogió y volvió a colocarla en su estuche, que guardó nuevamente en la mochila, tras lo cual dejó cargando su Pokégear.

    Teniendo todo listo para el día siguiente, comenzó a desvestirse, dejando ver que era una persona de contextura delgada, si bien parecía mantenerse sano, quizá por el tiempo que había pasado viajando a pie. Se quitó también las muñequeras negras que llevaba puestas y las colocó junto a su demás ropa. Con el pijama ya puesto, apagó la luz y se acomodó bajo las cálidas frazadas, pensando en el combate que tendría contra Pryce... y así se durmió, sonriente, mientras dejaba volar libremente su imaginación.

    A la mañana siguiente, tras el ritual matutino de asearse y arreglarse, Danot hizo un ovillo con su ropa sucia, se la llevó a la lavandería y la puso en una de las máquinas disponibles, que empezó a funcionar tras el respectivo pago con tarjeta. Hecho esto, fue a la cafetería para desayunar algo antes de ir a recoger a sus Pokémon. Media hora después y con el estómago lleno, Danot se dirigió a la recepción, donde la encargada revisaba un documento importante, o eso pensó él al verla tan seria. Sin embargo, su expresión cambió radicalmente cuando notó su presencia, y diciéndole apenas «Hola» se marchó a la sala que tenía detrás.

    —Aquí tienes a tus Pokémon, como nuevos —dijo la enfermera con una sonrisa, al extenderle la bandeja que los contenía—; ¿hay algo más en lo que te pueda ayudar? —preguntó, siempre servicial.
    —Gracias —respondió Danot, mientras cogía sus Poké Balls y las guardaba en los bolsillos de su jersey—; y sí, quiero una bolsa grande y un tubo de comida Pokémon —añadió con amabilidad, luego de terminar.
    —Muy bien, ahora te los traigo; coge los cuencos que necesites —dijo al señalar la esquina izquierda de la estancia, tras lo cual entró nuevamente a la sala trasera.

    Danot cogió media docena de los cuencos rojos de plástico disponibles y los colocó en fila cerca de los asientos situados en la pared contigua a la calle. Volvió a acercarse a la recepción cuando la encargada regresó con su pedido, el cual pagó y llevó a donde había dejado los cuencos. Sirvió el pienso en cinco de ellos tras abrir la bolsa, mientras que en el otro vertió el agua de la botella empaquetada junto al tubo; después, disolvió en ella la pasta que éste almacenaba. Con todo listo, liberó uno a uno a sus Pokémon, comenzando por Alfa; le siguieron Pyro y una ratona eléctrica de expresión adorable, pelaje anaranjado y casi un metro de estatura, una Raichu llamada Sparkle. Los otros tres eran un ave protegida por una resistente armadura metálica, una canina de pelaje negro como la noche y cuernos sobre su cabeza, y un cuadrúpedo cuyo pelaje amarillo estaba totalmente erizado. Se trataba, en ese orden, de una Skarmory, una Houndoom y un Jolteon, apodados Hagane, Hellga y Ray, respectivamente. Todos le saludaron con entusiasmo e hicieron lo mismo entre sí poco antes de ver el festín que Danot les había preparado; fue entonces que se dieron cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir.

    —Sé que ya lo saben, pero se los diré otra vez —dijo para llamar la atención de sus Pokémon, y sonrió al ver que se la estaban prestando—; nuestra siguiente parada es el Gimnasio local y esta comida es para que todos ustedes tengan energía extra en caso deban luchar allá —expresó entusiastamente, ante lo cual sus interlocutores asintieron—; entonces, disfrútenla y luego vayamos a hacer nuestro mejor esfuerzo —finalizó con cariño, invitándoles a probar esos alimentos con un suave gesto de mano.

    Pyro no esperó mucho más para abalanzarse sobre uno de los cuencos y comenzar a devorar su comida, como Danot vio tras sentarse. Los demás se lo tomaron con más tranquilidad y se pusieron de modo que estuvieran cómodos, con Hellga, Sparkle y Ray próximos al lagarto ígneo. Hagane, recelosa de esa conjunción de energías tan dañinas para ella, se situó al lado de Alfa, quien metió uno de sus brazos en el agua para filtrar el alimento disuelto en ella. Su Entrenador les observó con interés pues, por poco que fuera, siempre aprendía algo de sus carácteres, gustos y otras curiosidades al verles interactuar. Por ejemplo, cómo Ray y Hellga se llevaban como hermanos a pesar de no ser Pokémon de la misma especie, como demostraba la segunda al lamer con cariño el espacio entre las dos largas orejas de interior lila oscuro del primero, cuyos vivarachos ojos eran del mismo color. O lo mucho que Pyro disfrutaba comer, a veces al punto de la glotonería, justificada por el desgaste físico que solía hacer en batalla, estuviera en ventaja o no. Pensando en otras cosas más, Danot les dejó comer en paz.

    —Chicos, vamos antes de que alguien se nos adelante —les instó poco después de verles terminar su comida, y sin ninguna oposición les devolvió de inmediato al interior de sus correspondientes Poké Balls.

    Danot dejó los cuencos en el mostrador y los paquetes vacíos en un basurero, tras lo cual salió del Centro Pokémon y se dirigió rápidamente hacia la parte noroccidental del pueblo, pidiendo que nadie llegara al Gimnasio antes que él. Durante ese trayecto pudo notar que las calles lucían algo más arregladas que el día anterior, aunque poca gente las transitaba a esa hora, lo cual agradeció sobremanera. Finalmente, tras veinte minutos de caminata, llegó a un gran bloque rodeado de altas paredes de color crema, por lo que aceleró la marcha, con una apreciable expresión de determinación. Tardó un minuto en arribar a donde se hallaba una pesada reja de metal que separaba el interior de la vía pública y su portero, un chico con traje de esquiador que intentaba ocultar el aburrimiento que sentía con una expresión muy seria.

    —No creo que venga nadie... todos deben estar pensando en el festival —dijo para sí mismo el portero, con marcado escepticismo, mientras reprimía las ganas de tirarse de los largos cabellos negros que sobresalían de la gruesa gorra que llevaba, roja como el resto de su atuendo—. ¿Quién eres tú? ¿Vienes por un desafío? —preguntó al recién llegado, sin cambiar su tono de voz.
    —Soy Danot Bisel de ciudad Cherrygrove, y sí, vengo a ello —se presentó éste, sin darle mayor importancia a ese tono.
    —Entonces, pasa —indicó, poniendo mejor cara que antes, mientras cogía la reja y la deslizaba hacia la derecha.

    El portero guió a Danot por un pulido camino de cemento, flanqueado a la derecha por una frondosa arboleda de especies perennes y a la izquierda por una gran piscina llena de islotes de hielo ocupados por muchos Pokémon acuáticos. Tras dos minutos de caminata, llegaron a la entrada de un gran edificio cubierto completamente de cristales que reflejaban la luz solar, en lugar de dejarla pasar libremente. Una placa al lado de la puerta llamó la atención del recién llegado.

    —Espera aquí mientras hacemos los preparativos para tu batalla —pidió el portero, a lo que el otro se limitó a asentir antes de que éste entrara en el edificio.
    —Gimnasio Pokémon de pueblo Mahogany —leyó mentalmente Danot, siendo esa la primera línea de texto en la placa—. Líder: Pryce Choji, “El Maestro de la Crudeza del Invierno” —continuó con las siguientes dos, pensando que dicho título era más que adecuado para un usuario de Pokémon de hielo.

    Suspiró largamente, mientras dirigía la vista hacia la arboleda situada a poco más de sesenta metros. Sentía dentro de sí mismo una rara mezcla de emoción y ansiedad, como le ocurría siempre que estaba a punto de tener un combate importante, como si fuera su eterna acompañante en esos menesteres. La primera era obviamente causada por la idea de enfrentarse a un oponente formidable, mientras que la segunda era más ambigua... quizá temía no estar a la altura de sus contrincantes. No obstante, creía con firmeza que aquello nunca pasaría si se esforzaba al máximo, que de verdad podría quedarse tranquilo sin importar el resultado.

    —Ya está todo listo para tu batalla con mi maestro —dijo súbitamente el portero al regresar, sacando abruptamente de su ensimismamiento al chico de Cherrygrove.
    —Ah, sí, gracias —respondió éste torpemente, aún recuperándose de la sorpresa.

    Al acceder al edificio, Danot se encontró en un pasadizo de paredes color crema, iluminado por fluorescentes blancos; no tardó en sentir que, por cada metro avanzado, la temperatura bajaba más y más, como si estuvieran dirigiéndose hacia un frigorífico. Para su suerte, la ropa elegida para ese día le evitó congelarse como un condenado.

    —Hemos llegado —anunció el portero cuando salieron del pasillo, con lo que Danot pudo ver el corazón del Gimnasio de pueblo Mahogany.

    Ambos habían entrado a un espacio cerrado de algo más de mil metros cuadrados, en cuyo centro se situaba un campo de batalla de medidas oficiales para los Gimnasios Pokémon: treinta y dos metros de largo por dieciséis de ancho. Como Danot sabía de antemano, se trataba de una superficie de hielo resbaladizo, excepto por los bloques irregulares del mismo material distribuidos de forma estratégica y una piscina circular en su centro, lo suficientemente amplia y profunda para que un Lapras pudiera nadar cómodamente en ella. Varias máquinas refrigerantes instaladas en la parte más alta del recinto mantenían la temperatura lo suficientemente baja para evitar que todo ese hielo se fundiera. Alineado con la franja imaginaria que dividía el campo de batalla, próximo a un pedestal negro parecido a un domo alargado, estaba parado un hombre mayor de cabello blanco como la nieve. Los pantalones marrones y la gabardina azul que llevaba le conferían un aire de elegancia y distinción, aparte de protegerle del frío. Distinta, pero no contradictoria, era su expresión adusta y el brillo de la experiencia en sus agudos ojos de color café. El título de “Maestro de la Crudeza del Invierno” no le quedaba nada grande, pensó Danot.

    —¿Ocurre algo? —preguntó el Líder con tono cordial, si bien algo distante, al notar que su retador le miraba fijamente.
    —Perdone señor, no es nada —respondió apuradamente Danot, al darse cuenta de que no había sido muy educado con su anfitrión.
    —No importa —dijo tajante, pero cortés—; tenemos asuntos más importantes que atender, como tu reto —añadió, invitándole con un suave gesto de mano a acercarse al pedestal.

    Danot se acercó prestamente al mismo, mientras sacaba su Tarjeta de Entrenador y su Pokédex. El extraño domo se abrió al detectar la presencia de ésta última, dejando ver una ranura por la que el muchacho la introdujo, tras lo cual volvió a cerrarse y dejó ver sus datos personales en letra verde sobre esa superficie negra.

    —Así que eres Danot Bisel de ciudad Cherrygrove —comentó casualmente una voz grave, la cual llevó al aludido a girarse.

    Se halló cara a cara con una mujer robusta, de quizá la misma edad de Pryce; sin embargo, sus vivaces ojos azules y abombado cabello castaño le hacían parecer mucho más joven.

    —¿Me permites tu tarjeta? —preguntó jovialmente la recién llegada.

    Danot dudó por un instante, hasta que vio que ésta llevaba puesto un uniforme de réferi oficial, consistente en una camiseta de manga larga y pantalones cortos en los que se mezclaban el negro, siempre formal, y un llamativo color rosa pálido. Era una combinación que iba muy acorde a la personalidad de su portadora, pensó.

    —¡Todo en orden, chico! —dijo animadamente la réferi tras devolverle su tarjeta.
    —Ah, Sheila, tan entusiasta como siempre —comentó Pryce al esbozar una sonrisa apenas perceptible, a la que la aludida correspondió con una mucho más visible—; no retrasemos más el desafío —añadió al recuperar su semblate usual, tras lo cual caminó hacia el extremo derecho del campo, visto desde ese lugar. Danot fue hacia el lado opuesto.

    —¡La batalla oficial por la medalla Glacier entre el Líder Pryce y el retador Danot está por empezar! —exclamó Sheila con seriedad, situada en el otro lateral del área de combate, al levantar un banderín rojo con la mano derecha y uno verde con la otra—. ¡Esta batalla será de tres Pokémon por bando! ¡El retador puede hacer los cambios que quiera, pero el Líder no! —decretó, a lo que ambos Entrenadores asintieron con un leve movimiento de cabeza—. ¡Entonces, liberen a sus Pokémon y comiencen! —ordenó con entusiasmo al agitar con fuerza ambos banderines.
    —Veamos cómo maneja a este Pokémon —pensó Pryce al coger una Poké Ball del lado derecho de su cinturón, oculto por la gabardina—. ¡Adelante, Lapras! —exclamó al liberar a su Pokémon a unos pocos metros de la piscina.

    De ese contenedor salió una masiva criatura marina de casi tres metros de altura, la mitad de ella concentrada en su largo y grueso cuello, el cual giró lentamente para dejar ver una expresión seria y pacífica. A pesar de ello, no iba a ser un oponente fácil, pues su constitución anatómica y la pesada coraza que cubría su espalda le daban más que considerables capacidades defensivas, por no mencionar que tendría la ventaja de terreno tanto en el agua como en el hielo.

    —Lapras —murmuró Danot, al ver que Pryce había escogido al escollo más duro de los que ya tenía previstos—; no importa, esto no cambia nada —dijo para sí mismo con decisión, tras lo cual cogió una esfera del lado izquierdo de su cinturón—; ¡vamos, Ray! —prorrumpió al liberar al aludido.

    El Pokémon eléctrico apareció un par de metros delante de su Entrenador. Al sentir la fría capa de hielo bajo sus patas, procuró afirmarse sobre ella, y gruñó sonoramente cuando se percató de la presencia de su oponente, pero éste le miró con cierto aire de indiferencia. Tampoco se inmutó cuando Ray le mostró los dientes cerrados, por lo que Danot pensó que ese Pokémon debía sentirse superior o en realidad era una criatura muy difícil de provocar o intimidar.

    —¡Empieza con Rayo! —ordenó Danot, apelando a la ventaja de tipo para hacerse del dominio del combate.
    —Típico —pensó Pryce, observando cómo una gran cantidad de chispas recorrían el erizado pelaje de Ray—; bloquéalo con tu Canto Helado —mandó ante el inminente despliegue del ataque eléctrico.

    Tras una profunda inspiración, Lapras escupió una lluvia de afilados fragmentos de hielo que chocó con la descarga y la detuvo a poco más de dos metros de su blanco, al no ser buenos conductores. Sin embargo, lo que sorprendió realmente a Danot fue que un ataque relativamente débil como ese pudiera lograrlo; no quedaba duda de que ese Pokémon poseía una fuerza considerable, pero no por ello iba a dejarse amedrentar. Le ordenó a Ray volver a usar su ataque eléctrico en distintos ángulos y direcciones, pero cada uno de ellos fue bloqueado del mismo modo. Necesitaban cambiar de estrategia, y la única opción viable parecía ser acercarse y atacar a quemarropa, pero la superficie congelada podía ser muy traicionera. No obstante, una posible solución se asomó por la mente del chico al ver detenidamente el área de batalla.

    —¡Ray, usa los bloques para acercarte y ve lanzándole Rayos! —indicó Danot, muy consciente del riesgo que estaban tomando.
    —¡No lo dejes, Lapras! ¡Sigue usando Canto Helado! —ordenó Pryce de inmediato, queriendo aprovechar la ventaja que le daba el terreno.

    Con toda la intención de asestarle un Rayo a corta distancia, el Jolteon se lanzó en pos de su antagonista con movimientos diagonales, usando los bloques de hielo como postes de pinball mientras lanzaba como podía sus descargas. Y ya era bastante difícil sin el asedio de los Cantos Helados de Lapras, que cuando no bloqueaban los ataques eléctricos amenazaban con golpear a su emisor, quien con cada metro avanzado se iba convirtiendo en un blanco más asequible. Justo lo que Pryce había querido propiciar.

    —¡Usa tu Cascada! —ordenó éste, cuando el veloz Jolteon superó la zona lateral izquierda de la piscina.

    Haciendo buen uso de sus anchas y gruesas aletas delanteras, Lapras comenzó a deslizarse sobre el hielo mientras el agua presente en el ambiente se condensaba a su alrededor. No le tomó mucho tiempo formar un manto acuoso que, aunado a su masa y velocidad, sería capaz de causar un daño considerable a un oponente más pequeño.

    —¡Gira y Doble Patada! —fue la presurosa indicación del retador.

    Viendo la mole que se le venía encima, Ray ejerció un poco más de presión con las patas delanteras para derrapar y quedar de espalda contra uno de los bloques de hielo. Acto seguido, alzó y flexionó la pata posterior izquierda y le propinó una fuerte patada que fue acompañada por otra de la derecha. Esto le dio el impulso suficiente para huir de la arremetida de Lapras, quien había quedado expuesto a un contraataque.

    —¡Gira otra vez y Rayo! —ordenó Danot, queriendo aprovechar esa oportunidad.
    —¡Terratemblor! —exclamó Pryce, con tanta fuerza que sus palabras resonaron en todo el frío recinto.

    Un nuevo derrape produjo que Ray terminara chocando con un bloque de hielo con sus cuartos traseros, pero ni el dolor ni el frío le impidieron soltar una potente descarga dirigida a Lapras. Sin embargo, éste demostró no estar indefenso al remecer con todo su cuerpo el gran bloque de hielo sobre el que ambos luchaban, aun cuando el Rayo le alcanzó. Así, generó una vibración de mediana intensidad que lastimó a su oponente lo suficiente para obligarle a detener su ataque; no obstante, se vio obligado a hacer lo mismo con el suyo cuando sintió cómo todos sus músculos se entumecían de pronto.

    —¡Canto Helado! —indicó el Líder de Gimnasio, consciente de la delicada situación en la que se encontraba su Pokémon.
    —¡Acércate y Rayo! —ordenó Danot en el acto, queriendo aprovechar al máximo la oportunidad que acababan de conseguir.

    Girando su cuello con cierta dificultad, Lapras expectoró nuevamente una lluvia de afilados fragmentos de hielo hacia Ray, pero éste, a pesar de mostrarse algo más lento que antes, pudo impulsarse hacia un bloque antes de ser golpeado. Apenas llegó a otro de ellos, descargó de golpe la electricidad acumulada en su pelaje, sin que su oponente pudiera hacer algo para evitarlo. A pesar de ello, el masivo reptil marino se sobrepuso al dolor y con gran esfuerzo redirigió sus proyectiles gélidos para bloquear la centella.

    —¡Descanso! —ordenó Pryce, manteniendo la serenidad y mostrándose satisfecho por el valor mostrado por su Pokémon.
    —¡No lo dejes! ¡Ataque Rápido! —indicó presurosamente Danot, dispuesto a tomar un riesgo mayor en esa coyuntura.

    Veloz como un relámpago a pesar de la reducción de su velocidad natural, Ray se abalanzó en pos de su contendiente de forma frontal. A pesar de ello, éste confió en el criterio de Pryce y se sumió rápidamente en un sueño reparador que curó su parálisis y restauró su vitalidad. Extrañamente, comenzó a retorcerse con expresión afligida justo antes de que el Jolteon le impactara, como si tuviera una pesadilla, pensó Danot. Sin embargo, el Pokémon eléctrico tuvo la sensación de haberse estrellado contra un muro de ladrillos, aunque no tuvo mucho tiempo para pensar en ello, ya que su “indefenso” oponente le estaba apuntando con la boca, listo para usar su Canto Helado. Tan rápido como llegó, huyó hacia otro bloque, mientras el ataque impactaba la capa de hielo.

    Danot miró acuciosamente a Lapras, quien no daba señales de estar despierto. En ese preciso momento, recordó que existía un ataque con el que un Pokémon podía usar los otros que tenía mientras estaba dormido. La sonrisa serena de Pryce confirmó esto, al igual que el súbito movimiento con el que su Pokémon produjo una onda expansiva más fuerte que la anterior, la que Ray evitó parcialmente al lanzarse hacia otro bloque. Su Entrenador le ordenó usar Deseo, creyendo que ante la aleatoriedad del Sonámbulo lo mejor era mantenerle fresco. Así, ante la impertérrida expresión del Líder, el Jolteon cerró los ojos y realizó una breve plegaria, tras lo cual una densa nube de finos brillos dorados apareció sobre él, para después precipitarse a tierra como veloces cometas.

    —Parece que esto resultará más entretenido de lo que creí —pensó Pryce mientras se limitaba a observar cómo su Pokémon se manejaba en el campo; le había entrenado para usar automáticamente el Sonámbulo tras recurrir al Descanso, y por la manera en que sus retadores reaccionaran a ello podía determinar qué tipo de estrategias usarían durante el resto del combate.
    —¡Esquiva y Rayo! —ordenó Danot, al ver venir un Canto Helado.

    Con denuedo y un poco de suerte, Ray se lanzó hacia uno de los bloques de hielo cercanos para sortear ese ataque, bastante preciso considerando que Lapras tenía los ojos cerrados. Una vez a salvo, le disparó una portentosa descarga que Lapras bloqueó parcialmente con un cabezazo potenciado por energía psíquica. Sin embargo, eso no desanimó al Jolteon, quien apretando fuertemente los dientes a pesar del dolor y el frío disparó otro Rayo, pero Lapras lo esquivó por poco al empezar a moverse mientras una cortina de agua se formaba a su alrededor. Fue entonces que al retador se le ocurrió otra idea arriesgada, pero que de funcionar le facilitaría mucho el resto de la batalla.

    —¡Ray, Ataque Rápido! —exclamó súbitamente Danot, para sorpresa de Pryce y de su propio Pokémon, quien le contestó con un gruñido suave y una mirada suplicante—. ¿Confías en mí? —le preguntó con un tono más suave, a lo que éste finalmente asintió y, sin dudar ya, se lanzó en pos de su contrincante.

    Ante la atenta mirada de Pryce, Ray se acercó a Lapras desde el flanco izquierdo a sabiendas de que sería él quien saldría peor librado de darse una colisión entre ambos. Sin embargo, Danot tenía otros planes, como comprobaría el Líder dentro de poco.

    —¡Rayo, a toda potencia! —ordenó el retador cuando su Pokémon estaba a medio camino de alcanzar al reptil marino.
    —¡Lapras, despierta y Terratemblor! —exclamó atronadoramente Pryce, tanto que el campo de hielo pareció sacudirse ante sus palabras.

    Poniendo su corazón y alma en un ataque que podría ser definitivo, Ray lanzó una poderosa descarga cuando se hallaba a apenas unos metros de Lapras, quien despertó súbitamente cuando ésta alcanzó el agua que le rodeaba. Adolorido, poco pudo hacer para detener el proyectil amarillo que se le venía encima, que al colisionar le soltó de golpe toda su electricidad acumulada. El resultado: el Jolteon de Danot salió disparado hacia un bloque lejano y se golpeó fuertemente contra él, mientras que Lapras terminó tendido en el lugar del choque, incapaz de seguir luchando. Su Entrenador se dispuso a retirarlo, mostrándose satisfecho con su desempeño.

    —¡Lapras no puede seguir! ¡La victoria de esta ronda es para el retador! —decretó Sheila al ondear su banderín rojo hacia el lado del campo del aludido, mientras el Líder guardaba la Poké Ball de Lapras y tomaba otra de su cinturón. Danot tragó saliva, sabía de sobra qué Pokémon había escogido su oponente. Una mezcla explosiva de emoción y nerviosismo colmaban sus pensamientos en ese instante.

    Sin mayor ceremonia, Pryce liberó a un jabalí peludo con una gran joroba, treinta centímetros más alto que Ray (que por poco superaba los noventa) y más corpulento. Sobresalían de esa gruesa mata de pelo marrón dos gruesos colmillos hechos de hielo y una nariz achatada, típica de los porcinos. El tamaño de los primeros indicaba que se trataba de un macho, y uno muy vigoroso, como demostró al rascar el suelo con sus macizas pezuñas delanteras.

    —¡Piloswine de Pryce contra Jolteon de Danot! ¡Continúen! —el mandato de Sheila fue acompañado por su suave movimiento de sus banderines.
    —¡Ventisca! —ordenó Pryce con tono de voz riguroso al notar que su contendiente no hacía ademán de retirar a su Pokémon; creía saber la razón, y no estaba dispuesto a darle más oportunidades de las que ya había tenido.
    —¡Esquívala y Doble Rayo! —indicó Danot, queriendo hacer tiempo a pesar de la evidente desventaja de tipo.

    Sin mayor dilación, el corpulento jabalí profirió un potente gruñido mientras el aire se arremolinaba en torno a él, enfriándose tanto como para generar una gran cantidad de nieve. Y, guiándose más por el olfato que por la vista, desplegó esa minitormenta en dirección de su oponente. Éste, a pesar de la reducción de velocidad que aún padecía, la esquivó con un movimiento diagonal, y al tocar un bloque disparó desde su boca un deslumbrante rayo de energía de vivos colores rojo y verde. Pero Piloswine demostró ser más ágil de lo que parecía, y le bastó un corto movimiento lateral para eludir dicho ataque. Sin embargo, no todo fueron malas noticias para el retador y su Jolteon, ya que prontó éste último empezó a brillar de color dorado, mientras algunas heridas leves y otras muestras de daño desaparecían. Era el momento que Danot estaba esperando.

    —¡Ahora Ray! ¡Rugido! —exclamó apasionadamente; solía pasarle cuando se veía obligado a contenerse de hacer o decir algo durante un combate.

    Tan sorpresivo como el grito del muchacho fue la atronadora emanación sónica de su Jolteon, que incluso fue capaz de poner de punta todos los pelos de Piloswine antes de obligarle a volver a su Poké Ball, para pasmo de Pryce y de Sheila. De acuerdo a las reglas de la Federación Regional, cuando un Pokémon era devuelto a su Poké Ball por cualquier razón, debía ser reemplazado por uno distinto, aun en una situación forzada.

    —Así que no sólo quería hacer tiempo para que su Pokémon se recuperara —pensó Pryce, gratamente sorprendido, mientras cogía la Poké Ball de su elección—; Jynx, te lo encargo —dijo tranquilamente al dejarla salir, a pesar de lo aparentemente difícil de su situación en la batalla.

    En el lugar antes ocupado por Piloswine se hallaba una extraña criatura antropoide de piel lila, idéntica a una diva de ópera vestida de rojo. El cimbreante movimiento de sus caderas y su larga cabellera dorada, así como un inesperado guiño y el ademán de lanzarle un beso volado, desconcertaron al retador. Sin embargo, nada de ello le hizo olvidar lo que quería hacer.

    —Vuelve Ray, bien jugado —dijo Danot al regresarle a su Poké Ball y guardarla en su lugar, cambio que no sorprendió a nadie—. ¡Adelante, Hellga! —exclamó al liberarla.

    Delante del chico apareció su fiel Pokémon siniestra. Ésta afirmó las patas contra el hielo, sublimándose parte de éste a causa de su calor corporal, y arqueó el lomo de manera apreciable, dejando ver las protuberancias similares a costillas que tenía ahí y los curvados cuernos que adornaban su cabeza. Tras retomar su postura normal, gruñó y mostró sus afilados dientes, ante lo cual Jynx retrocedió, un poco intimidada, a pesar de que ambas tenían la misma estatura: metro y medio de la cabeza a las patas.

    —Así que por fin saca un Pokémon de fuego —pensó Pryce mientras analizaba a la elección de su retador—; Jynx, usa tu Ventisca —ordenó con tranquilidad, sin intención de mostrar todos sus recursos aún; esto pareció devolverle la confianza a su Pokémon.
    —¡Lanzallamas! —indicó Danot, confiando en tener la ventaja en esa colisión de ataques.

    Alzando los brazos, Jynx produjo en torno a sí misma una gélida corriente de viento que empezó a acumular mucha nieve, la que dirigió hacia su rival al ponerlos al frente. Esa borrasca pasó de la mitad del campo y se topó con el disparo de fuego de Hellga a un par de metros del borde de la piscina, y en ese punto se mantuvieron por algunos segundos, mientras la superficie de ésta se solidificaba por completo. Era, sin duda, la Ventisca más poderosa que Danot había visto en toda su vida como Entrenador, pero a diferencia del Lanzallamas, era un ataque más difícil de mantener y Jynx tendría que cansarse pronto.

    —¡Sigue así, Hellga! —le animó el chico, mostrándose paciente ante la resistencia de la Pokémon de hielo.
    —Tendremos que hacerlo de otra forma —pensó Pryce al notar que su Pokémon no resistiría ese ritmo por más tiempo—; ¡apártate y usa Granizo! —ordenó de inmediato.

    Deteniendo su Ventisca y dando un paso largo al costado, Jynx dejó pasar de largo el ataque ígneo y se concentró en exhalar una fría nube que no tardó en subir hasta lo más alto del recinto y extenderse sobre el campo de batalla. De ella empezaron a caer un sinfín de pequeños fragmentos de hielo, con tanta intensidad que Danot tuvo que cubrirse la cabeza y parte del rostro con ambos brazos para evitar que le lastimaran.

    —¡Otro Lanzallamas! —indicó el retador, que ante ese giro de los acontecimientos intentó mantenerse ecuánime.
    —¡Jeer! —ladró Hellga a modo de afirmación, mientras hundía las patas en el hielo tras aumentar su calor corporal, disminuyendo un poco la incomodidad causada por la granizada.

    Y sin dilación, exhaló una tórrida columna de fuego hacia Jynx, quien siguiendo las órdenes de Pryce la evitó con pasos que parecían ser parte de una peculiar coreografía, mientras entre sus amplias manos se acumulaba una gran cantidad de energía. Tras el tercer Lanzallamas, contraatacó al liberar una enorme esfera de energía azul, ataque que Danot reconoció como una Onda Certera. La respuesta no se hizo esperar con otro ataque de fuego que la interceptó en la mitad del campo y ocasionó una estruendosa explosión, tras lo cual Hellga empezó a toser, extenuada por el uso prolongado de ese ataque.

    —¡Ahora! ¡Poder Oculto! —ordenó rápidamente Pryce, preparado para aprovechar el fruto de su paciencia.
    —¡Esquívalo y acércate! —fue la indicación de Danot, buscando una confrontación cuerpo a cuerpo.

    Confiando en el criterio del chico, Hellga se lanzó en pos de su oponente, incluso al verle generar varias pequeñas esferas de energía gris en torno a sí misma. Avanzó con pasos muy seguros que fundían el hielo y producían huecos que le impedían resbalar, y cuando vio venir los proyectiles de Jynx los evitó con saltos y contorsiones dignas de una acróbata olímpica. Así siguió su camino, mostrando sus aguzados colmillos, lista para la orden que estaba a punto de venir.

    —¡Muy bien! ¡Sigue así y usa Triturar! —le animó Danot, muy complacido con esas maniobras evasivas.
    —¡Jynx! ¡Tu puntería es mejor que eso! —exclamó secamente Pryce; sus palabras, lejos de ser reprensivas, eran una muestra de apoyo que la aludida entendió muy bien.

    Nuevamente motivada, la diva de hielo generó con celeridad dos hileras de esferas y las lanzó hacia Hellga, quien se aproximaba amenazadoramente con sus mandíbulas abiertas y listas para morder. Esta vez, sin embargo, el Poder Oculto fue más preciso y lastimó a la Pokémon siniestra en el pecho y los lados. A pesar de ello, siguió adelante, sin perder la vista a su presa y con tozudez soportó otra andanada que le golpeó en el vientre tras pegar un brinco de un par de metros. Y al descender le propinó una fuerte dentellada en el hombro derecho, tanto que le perforó la piel por múltiples puntos, con la consiguiente sensación de dolor que en el acto se expandió por las zonas periféricas. Su víctima intentó sacársela de encima con abruptos manotazos, sin éxito, dado que su fuerza física era muy inferior a la de Hellga.

    —¡Beso Diabólico! —ordenó imprevistamente Pryce, queriendo aprovechar la nula distancia entre ambas Pokémon.
    —¡Aléjate! —exclamó prestamente Danot; a pesar de encontrarse en situaciones adversas, Pryce siempre parecía capaz de revertir la situación y ponerle en aprietos.

    Apoyando las patas delanteras en el torso de Jynx, Hellga abrió sus mandíbulas y se impulsó hacia atrás, justo cuando sus prominentes labios brillaban con una peculiar mezcla de negro y rosado, tumbándola y situándose a una distancia prudente. No fue necesaria una orden para que la canina siniestra disparara un Lanzallamas que golpeó de lleno a su contrincante y la llevó sin remisión al reino de la inconsciencia. Aquello no le sorprendió al muchacho, a diferencia de los demás presentes en el recinto; después de todo, Yamen la había entrenado como guardaespaldas, y en más de una ocasión su criterio había sido más acertado que el de su protegido.

    —¡Jynx es incapaz de continuar! ¡El retador y su Houndoom ganan esta ronda! —decretó Sheila, ondeando de nuevo su banderín rojo hacia la posición de Danot.
    —Bien, esto va mejor de lo que esperaba —pensó Danot, quizá algo incrédulo ante el prospecto de una victoria sencilla.
    —Vuelve, Jynx —dijo escuetamente Pryce al guardarle en su Poké Ball, dándole las gracias en pensamientos por su gran esfuerzo—; ¡debo admitir que estoy sorprendido, Danot! ¡Pocos llegan hasta aquí sin haber perdido al menos uno de sus Pokémon! ¡Sin embargo, si quieres mi medalla, tendrás que derrotar a mis compañero más fuerte! —exclamó fervientemente antes de liberar a su Piloswine.

    El jabalí hizo su segunda aparición en el campo de batalla, gruñendo con fuerza al notar la fiera presencia de su contendiente. Ésta le respondió con un potente ladrido, dispuesta a vencerle tan rápidamente como le fuera posible, a pesar del daño recibido y la granizada que caía todavía sobre ellos. A la señal de Sheila, reiniciaron la batalla.

    —¡Lanzallamas! —ordenó Danot, optando por lo que creyó más seguro; no estaba amilanado, pero quería guardarse aún algunas de las sorpresas que tenía para Pryce.
    —¡Bomba Fango! —indicó Pryce, tranquilo a pesar de quedarle sólo un Pokémon.

    Sin querer darle oportunidad a su oponente, Hellga exhaló de inmediato su ataque de fuego hacia éste. Para su sorpresa (y la de Danot), el jabalí pareció esfumarse entre el granizo y reaparecer dos metros más adelante, desde donde escupió un proyectil de fango que golpeó de lleno en un costado de la canina siniestra, empujándole un par de metros y embarrándole por completo el torso. Y lo peor es que había quedado abierta para un ataque que podía ser definitivo.

    —¡Acábala con Poder Ancestral! —exclamó Pryce, queriendo dar fin a la ronda.
    —¡Hellga, levántate por favor! —le instó Danot de inmediato, muy preocupado por su estado.

    Piloswine no tardó en ser rodeado por un fulgente brillo grisáceo que concentró en una esfera delante de su nariz y lanzó sin miramientos hacia su oponente. Ésta, viendo el peligro venir, apretó fuertemente los dientes y se alzó de un brinco a pesar del dolor intenso que sentía en todo el cuerpo. Pero el asedio no acabo ahí, pues se encontró con que su contendiente arremetía directamente hacia ella, mientras la granizada remitía.

    —Veamos cómo elude ese Golpe de Cuerpo —pensó Pryce, seguro de que la ronda ya estaba ganada.
    —¡Hellga, Contraataque! —ordenó súbitamente Danot, sabiendo que no volverían a tener una oportunidad tan buena como esa.

    Por primera vez en la batalla, la expresión de Pryce se llenó de desconcierto al ver cómo la potente acometida de su Pokémon era detenida por una fuerza invisible que le lanzó violentamente en dirección contraria apenas impactó a Hellga. Y éste creció aún más al presenciar cómo ésta, maltrecha como estaba, sacaba fuerzas de flaqueza para expeler una tórrida columna de fuego que golpeó a su blanco directamente ahora que no contaba con la protección del granizo. Agotada por ese esfuerzo, la canina cayó de bruces sobre el suelo congelado, y si aún seguía consciente era sólo por su tozudez.

    —¡Piloswine! —le llamó un preocupado Pryce, dejando de lado su estoicismo usual.

    El aludido reaccionó a ese grito alzando las orejas e intentando levantarse a pesar del agudo ardor que llenaba cada músculo de su cuerpo, mientras sus contendientes esperaban pacientemente. Por más que quisieran ganar esa batalla, atacar de manera directa y premeditada a un contrincante caído durante un encuentro oficial suponía la descalificación inmediata del infractor. Debían esperar a que Piloswine se reincorporara o que Sheila decretara que era incapaz de continuar. Sin embargo, esto pareció no ser necesario cuando el jabalí cayó de cara al suelo, aparentemente sin fuerza para luchar.

    Pryce aún seguía incrédulo ante la idea de que su mejor Pokémon, su amigo de mil y una batallas, hubiera sido vencido tan rápida y categóricamente por alguien a quien había tenido contra las cuerdas durante todo el combate. Fuera habilidad o suerte, el hecho era que habían perdido y debían reconocerlo. Al notar esto, Sheila se dispuso a dar la batalla por concluida... hasta que un sonoro gruñido le hizo girar la mirada hacia el campo, al igual que a todos los demás.

    Piloswine intentó levantarse por segunda ocasión, impulsado por su amor propio y el cariño que sentía hacia Pryce, pero resultaba obvio que no podría, no en ese estado. Esto le enojó muchísimo, tanto o más que haber sido vencido de forma abrumadora. Se negaba a admitir la derrota... sentía que habría podido dar más de sí mismo, y quería una oportunidad para demostrarlo. Ésta llegó en la forma de un extraño cosquilleo y un brillo blanco que le rodeó por completo, para sorpresa de quienes le veían, tras lo cual empezó a crecer hasta alcanzar más del doble de su estatura inicial. Sus ojos, grandes y de pequeñas pupilas negras, habían quedado descubiertos, mientras que sus patas y colmillos se habían alargado y engrosado considerablemente, sobre todo éstos últimos.

    —¡Muuuuuuuu! —gruñó estentóreamente Mamoswine, mientras rascaba el hielo y dirigía una mirada fiera hacia sus oponentes, listo para volver a la acción.
    —Mamoswine... así que finalmente decidiste evolucionar —dijo Pryce, sin ocultar la emoción que le embargaba; el aludido giró para asentir con una expresión confiada.

    Danot contemplaba admirado al masivo híbrido de jabalí y mamut, y tuvo el reflejo de querer sacar su Pokédex para revisar los datos de esa especie a pesar de no tenerla a mano. Llamó a Hellga, quien lentamente volvió a levantarse tras su breve descanso; estaba al límite de sus fuerzas, pero aun así quería seguir luchando. Con la aprobación de Sheila, se dispusieron a reanudar el combate.

    —¡Lanzallamas! —comenzó Danot, queriendo mantener alejado a Mamoswine.
    —¡Granizo, ya! —ordenó Pryce, prudente a pesar de su evidente ventaja.

    Dando inicio a la táctica que ambos habían desarrollado durante sus años juntos, el mamut emitió un sonoro gruñido mientras exhalaba una fría nube que ascendió con rapidez, desatándose nuevamente una feroz granizada. Restándole importancia a esos diminutos pero dañinos trozos de hielo, Hellga disparó un abrasador torrente de fuego que alcanzó directamente a su enorme blanco. Sin embargo, extenuada como estaba, sólo pudo mantenerlo por suficiente tiempo para dañarle apenas.

    —¡Acabemos de una vez! ¡Terremoto! —sentenció firmemente Pryce; no pensaba dejarse sorprender una vez más.
    —¡Acércate a él, salta si es necesario! —indicó Danot, confiando en esa arriesgada maniobra para asegurar la victoria.

    Confiando en él, Hellga corrió con la escasa fuerza que le quedaba hacia el mamut, incluso cuando éste alzó una de sus patas para golpear fuertemente el hielo y generar una poderosa onda telúrica que sacudió todo el campo de batalla. Una combinación de instinto y experiencia le permitieron brincar oportunamente para esquivar el impacto y aterrizar lo más suavemente posible para proseguir con su carga frontal, preparándose para la siguiente orden. A pesar del fracaso inicial, Mamoswine repitió su ataque, esta vez con las dos patas delanteras, produciendo un Terremoto mucho más intenso que el anterior, el que Hellga eludió realizando otro esforzado salto. Suspendida en el aire, el tiempo pareció ralentizarse mientras pensaba en emplear su otra arma secreta apenas Danot se lo indicara. Con esa meta en mente, se dispuso a aterrizar y reducir a cero la distancia que le separaba de su oponente... tan sólo para recibir de lleno el devastador impacto de una gruesa columna de tierra que emergió abruptamente del hielo y le mandó a volar.

    Danot observaba la escena atónito, y tardó un poco en reaccionar al ver a Hellga caer pesadamente delante de él, ya inconsciente y con varios raspones en el vientre y los costados. Nunca antes había visto a un Pokémon usar de ese modo el Terremoto, ni siquiera a los de los otros Líderes de Gimnasio. Bajó la cabeza con pesar. Sin importar qué, no habrían tenido siquiera oportunidad de desplegar su arma secreta, y por lo que parecía, incluso sus posibilidades de ganar el combate parecían estar desvaneciéndose con la fría brisa que recorría el campo de batalla...


    Última edición por Trainer Danot; 26-01-2016 a las 08:33 AM. Motivo: Correcciones [01/02/2015]

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    Round 002 — ¿Casualidad o causalidad?

    Round 002 — ¿Casualidad o causalidad?

    Pueblo Mahogany, 05 de Octubre, Año 1, 10:58 AM

    El frío en Mahogany no era impedimento para que sus habitantes se dedicaran con ahínco a sus labores diarias, muchos de ellos a la espera del festival que se celebraría esa noche. No obstante, el lugar más frío del pueblo en ese momento era el Gimnasio, en el cual, irónicamente, se había estado llevando a cabo una acalorada batalla entre Pryce y su retador Danot. El segundo de ellos permanecía quieto, con la cabeza gacha, mientras la réferi decretaba la derrota de Hellga; sin embargo, el muchacho sólo había atinado a retirarla, no a escoger a su reemplazante.

    —Retador Danot, substituya a su Pokémon o será descalificado —decretó Sheila al dirigirle una mirada seria; a pesar de ello, entendía bien el duro golpe que éste había sufrido tras la evolución del Pokémon de Pryce.

    Danot no contestó a esa orden, no con palabras. Alzó la cabeza, dejando ver en su rostro una expresión llena de determinación, a la vez que con un «¡Ve, Alfa!» liberaba a su estrella de mar. Apenas apareció en el campo, ésta comenzó a ser dañada por el granizo que aún caía, pero no mostró signos de incomodidad ante ello. Con la venia de Sheila, el combate se dio por reanudado.

    —¡Rayo Burbuja! —ordenó Danot, mientras le agradecía mentalmente a Hellga por haberle dejado atisbar la fuerza del recién evolucionado Mamoswine.
    —¡Ventisca! —contraatacó Pryce, sin dejarse amedrentar por la ventaja de tipo.

    Alfa fijó el blanco con su percepción extrasensorial y desplegó desde su núcleo un sinfín de burbujas del tamaño de pelotas de fútbol. Viéndolas venir, el mamut se apuró en arremolinar el aire cargado de nieve y fragmentos de hielo en torno a sí y redirigirlo para interceptar el ataque de agua. Si bien esa Ventisca no era tan potente como la de Jynx, bastó para congelar las burbujas que no habían estallado por el clima; siguieron así por un rato, hasta que Pryce le ordenó a su Pokémon usar su Poder Ancestral. Brilló de color blanco antes de lanzarle a Alfa una esfera de energía plateada que barrió con las debilitadas burbujas y le golpeó de manera frontal, derribándole.

    —¡Alfa, levántate! —le instó Danot, preocupado tras ese fuerte golpe.
    —Mamoswine, ya sabes lo que debes hacer —le indicó Pryce, con aire misterioso.

    Aprovechando que su contrincante había caído, el mamut pisó con fuerza el hielo antes de emitir un estruendoso Rugido que asustó a Alfa y le obligó a volver a su Poké Ball, para sorpresa del retador. «Dos pueden jugar el mismo juego», pareció decirle la confiada expresión de Pryce. Viéndose obligado a hacer un cambio desfavorable, Danot tardó un poco en coger el contenedor de Ray. No obstante, al observar las condiciones reinantes en el campo, pensó que quizá no lo sería tanto y descartó la idea de liberar de nuevo a Alfa... por el momento.

    —Sólo te pido que ganes un poco de tiempo, nada más —susurró a la Poké Ball de Ray antes de liberarle, sabiendo que pedirle una victoria sería un exceso.

    Ray hizo su segunda aparición en el combate, resintiendo inmediatamente el clima adverso, pero ni siquiera ello le hizo erizar (todavía más) su pelaje como la visión del mastodóntico contendiente que tenía enfrente. Giró para ver a su Entrenador con una mirada suplicante, preguntándose por qué le había escogido precisamente a él.

    —Ese Pokémon acaba de vencer a Hellga —fue la única respuesta que Ray obtuvo.

    Esas palabras bastaron para ocasionar un śúbito cambio de actitud en el Pokémon eléctrico. Fijó su enojada mirada en Mamoswine, quien le respondió con una idéntica. Esto no intimidó a Ray, como demostró al avanzar tres pasos, erizando mucho más su pelaje y apretando los dientes, dispuesto a dar todo de sí para vencer al mamut, o al menos lastimarlo tanto como fuera posible.

    —¡Bomba Fango! —ordenó Pryce, reservando su mejor ataque para una situación más propicia.
    —¡Elúdela y Doble Rayo! —indicó Danot, manteniendo la determinación con la que había reanudado la batalla.

    Mamoswine tardó poco en expectorar una andanada de proyectiles fangosos hacia Ray, quien aprovechando su conocimiento previo del campo se deslizó diagonalmente entre los bloques de hielo para evitar ese ataque. Y cuando no podía, disparaba rayos bicolores desde su boca para interceptarlos e intentar acertarle alguno a su oponente, aunque ello resultaba prácticamente imposible con la granizada que caía aún. Además, ésta le iba debilitando lentamente, pero nada de ello le importó más que darle un buen golpe. Su oportunidad llegó tras cruzar la piscina congelada, cuando su Doble Rayo dio directamente en el rostro del mamut, obligándole a recular un par de metros. Furioso, estampó violentamente el hielo con sus dos patas delanteras, por indicación de Pryce.

    —¡Salta! —mandó rápidamente Danot, viendo la escena con especial atención.

    Esto le extrañó a Pryce, quien esperaba un ataque directo de parte del muchacho tras lo ocurrido con Hellga, por lo que se mantuvo alerta. Observó cómo Ray aterrizaba con dificultad, procurando no resbalar, justo donde aparecería la columna de tierra, a escasos cinco metros del mamut. Y fue entonces que Danot ordenó un segundo brinco, basándose en el tiempo que le tomó a la anterior emerger del hielo. Así, valiéndose de su velocidad explosiva, el Jolteon saltó justo a tiempo para esquivar el ataque y quedar frente a frente con su sorprendido oponente. Y sin esperar, le soltó un Doble Rayo a la cara, del que ni siquiera su Manto Níveo le pudo proteger, brindándole un tiempo vital al retador para decidir su siguiente movimiento.

    —¡Doble Patada en sucesión! —ordenó inmediatamente Danot, a sabiendas de que no tendrían otra oportunidad así.

    Un derrape en medio de su veloz carrera le sirvió a Ray para ponerse de espaldas a su contendiente y comenzar a arrearle en el morro y el pecho una serie de rápidas y fuertes patadas, para su sorpresa y la de Pryce. No obstante, éste último se recuperó de la impresión en el acto, y bastó una orden suya para que Mamoswine recobrara el enfoque y lanzara a quemarropa un proyectil fangoso que no sólo lastimó al Jolteon, sino también detuvo de sopetón su ofensiva. A pesar de ser una relativamente débil, había causado más daño del esperado.

    Adolorido, embarrado y mucho más enojado que antes, Ray intentó reincorporarse ante la vista y paciencia de su oponente, a pesar de sus deseos de volver a estamparle contra el suelo por lo ocurrido anteriormente. Sin embargo, las reglas eran las reglas y debía esperar a que se levantara, lo que el Jolteon aprovechó para dispararle un Doble Rayo a quemarropa con un rápido giro, antes de que la menguante granizada acabara por debilitarle.

    —¡Jolteon ha sido derrotado! ¡Esta ronda es para el Líder y su Mamoswine! —decretó Sheila al ondear su banderín verde en dirección de estos últimos.
    —Gracias Ray, buen trabajo —le felicitó Danot tras guardarle en su Poké Ball, para luego tomar la de Alfa—; ¡ve! —exclamó al dejarle salir, listo para el asalto final.

    La estrella de mar apareció por segunda ocasión en el campo de batalla, lista para su confrontación final contra el as de Pryce, quien le observaba con atención, buscando sus puntos débiles. Tras la indicación de Sheila, Alfa desplegó una enorme cantidad de veloces burbujas y Mamoswine disparó una esfera de energía grisácea. En esa ocasión, sin embargo, ambos ataques se anularon entre sí luego de que la granizada amainara súbitamente, tal y como Danot llevaba calculando desde que liberó a Ray.

    —¡Otro Rayo Burbuja! —mandó con celeridad el muchacho, queriendo aprovechar esa coyuntura favorable.
    —Así que por eso dejó al Jolteon —pensó Pryce, mientras se debatía entre atacar o usar el Granizo—; ¡Poder Ancestral! —ordenó, tras decantarse por la primera opción.

    Se repitió el choque de ataques en la mitad del campo, sin una ventaja clara para ninguno de los dos competidores. Sin embargo, uno de ellos ya tenía otros planes.

    —¡Ve saltando hacia adelante y mantén la presión! —indicó Danot, sin la intención de darle un respiro a Mamoswine.
    —¡Esquiva y usa Bomba Fango! —ordenó Pryce, recurriendo a un ataque de rápida ejecución y suficiente fuerza para otorgarle tiempo en caso de dar un golpe directo.

    Alfa empezó a dar una serie de largos saltos diagonales en el hielo, propulsándose con el giro de su cuerpo posterior y evitando resbalar con la ayuda de su telequinesia, a la vez que disparaba andanadas de veloces burbujas. No obstante, Mamoswine dejó ver su excelente movilidad en el hielo al deslizarse lateramente y comenzar a expeler una serie de proyectiles de fango que tampoco hallaron a su blanco. Y así siguieron por casi un minuto, en el cual la distancia entre ambos se redujo a menos de la mitad.

    —¡Psíquico! —ordenó Danot en el acto, queriendo aprovechar esa cercanía.
    —¡Terremoto! —contestó Pryce, con la misma intención.

    Con su núcleo brillando de color azul, Alfa se plantó delante de su contendiente y desplegó una potente onda telequinética al tiempo que éste pisoteaba con violencia la superficie de hielo con sus dos patas delanteras para producir un fuerte sismo. De esa forma, Mamoswine recibió de lleno el impacto de la fuerza invisible y cayó de costado, en tanto que la estrella de mar resintió las vibraciones antes de ser golpeada por una gruesa estaca de tierra que emergió bajo ella, mandándole a volar. Sin embargo, al ser más resistente que Hellga y no ser débil a ese ataque, pudo soportarlo y situarse en un ángulo conveniente para seguir atacando a su oponente, quien acababa de levantarse.

    —¡Rayo Burbuja! —ordenó Danot, para continuar el asedio sobre Mamoswine.
    —¡Granizo, rápido! —indicó Pryce con tono severo, confiando en la resistencia de su Pokémon; una vez protegido por el clima, ya podría contraatacar efectivamente.

    Aún en el aire, Alfa desplegó desde su núcleo una gran cantidad de burbujas que impactaron duramente la retaguardia del mamut. Éste, a pesar del intenso castigo, o quizá motivado por el mismo, exhaló un espeso hálito blanco que se elevó rápidamente hasta el cielo raso y formó espesas nubes que dejaron caer una fuerte granizada sobre todos ellos. Esto anuló la mayor parte del ataque de agua. A pesar de ese revés, Danot fue capaz de percibir, por apenas un instante, algo que podría darle una oportunidad a pesar del clima adverso. Y sabía que tendría que hacerlo rápido, porque Mamoswine ya cargaba con todo su poder hacia donde Alfa había aterrizado.

    —¡Salta e inclínate hacia Mamoswine! —indicó Danot, sin perderle de vista.
    —¡Joh! —asintió Alfa, quien usó la fuerza de los dos apéndices delanteros sobre los que se apoyaba y la rotación de su cuerpo posterior para impulsarse y ganar altura.
    —Buen movimiento, pero eso no bastará para ganar mi medalla —pensó Pryce, al ver cómo el Starmie se inclinaba; sabía qué planeaba el chico y cómo contrarrestarlo.

    Como Danot había previsto, el espacio frente a su Pokémon se vio libre del granizo que golpeaba su zona posterior tras colocarse en el ángulo adecuado. Y tras un súbito «¡Rayo Burbuja!», Alfa desplegó velozmente un ataque que, al estar protegido por su emisor, amenazaba con lastimar de manera considerable al mamut.

    —¡Deténlo con Ventisca! —ordenó Pryce con presteza, demostrando la capacidad de defender y atacar al mismo tiempo de su Pokémon más confiable.

    Un atronador gruñido precedió a la formación de una vertiginosa corriente de aire, nieve y granizo en torno de Mamoswine, quien no tardó en dirigirla hacia su oponente. Así, las burbujas acabaron estallando o solidificándose, siendo éstas últimas arrojadas junto a Alfa hasta la zona central del área de combate, justo encima de la congelada superficie de la piscina; un sonoro crac proviniente de ésta acompañó a la fuerte caída. Fue entonces que, visible en medio de la granizada, un titilante luz roja proveniente del núcleo del Starmie se dejó ver. Era la señal de que estaba al límite de sus fuerzas.

    —¡Terremoto! —ordenó Pryce de inmediato, sabiendo que el éxito de ese ataque decidiría el resultado de la batalla; era una buena elección, dada la situación.
    —¡Recuperación, rápido! —le urgió Danot, consciente de que su Starmie no podría resistir otro ataque como ese, no en el estado en el que se encontraba.

    Aún tendido sobre el hielo, con la hipotermia y el dolor se apoderándose de cada rincón de su cuerpo radial, Alfa brilló de color dorado y empleó su técnica curativa. Así, sus heridas superficiales desaparecieron y su vitalidad comenzó a ser restaurada, justo cuando su rival daba un poderoso pisotón doble que generó una potente onda sísmica. Ésta alcanzó y castigó tanto al equinodermo como al trozo de hielo sobre el que estaba apoyado, y por unos pocos segundos se dio un lucha sin cuartel entre la regeneración y el daño, con una leve ventaja para la primera. Sin embargo, el factor desequilibrante que le daba tranquilidad a Pryce no tardó en manifestarse en la forma de una gruesa columna de tierra que emergió del hielo... a tres o cuatro metros delante de su blanco.

    A pesar de ese inoportuno error de cálculo, el Líder de Gimnasio mantuvo la calma y ordenó en el acto un Golpe de Cuerpo, justo cuando Alfa se levantaba, aún brillando. Siguiendo esa orden, Mamoswine dejó de lado el cansancio y el dolor para arremeter a toda velocidad, con sólo un objetivo en mente: llevarse por delante a su contendiente. Ante tal situación, Danot centró su atención en el área de combate, buscando algo que le ayudara a obtener una ventaja decisiva, cualquier cosa, por más pequeña que fuera. Y fue entonces que la halló, quizá en el lugar menos esperado.

    —¡Alfa, salta hacia atrás e inclínate de nuevo! —ordenó prestamente, queriendo esconder su improvisada estrategia tanto tiempo como le fuera posible.
    —¿Otra vez eso? —pensó Pryce, escéptico al ver cómo Alfa saltaba y se inclinaba en el aire—. ¡Ventisca! —indicó cuando Mamoswine traspasó el límite de la piscina.

    Deteniéndose de golpe (y fracturando un poco más el hielo con ello y su peso), el mamut volvió a arremolinar aire, hielo y nive a su alrededor antes de dirigirlos hacia su oponente, quien acababa de alcanzar la altura máxima de su salto. El golpe resultante sería devastador si llegaba a alcanzarle, incluso con la resistencia de Alfa a los ataques de hielo.

    —¡Devuélvele su ataque con Psíquico, ahora! —exclamó fervientemente el retador, queriendo transmitirle toda esa determinación a su Pokémon.

    Teniendo a la Ventisca prácticamente encima, Alfa no tardó en generar una fuerte onda telequinética que la detuvo de golpe, para total sorpresa de Pryce y Mamoswine. A continuación, hizo un esfuerzo titánico para lanzar toda esa masa helada de vuelta a su emisor, quien la recibió directamente sobre el lomo junto al potente golpe psíquico. La capa de hielo sobre la piscina, que ya presentaba roturas visibles, no pudo soportar toda esa presión y terminó por ceder, despedazándose por completo. Como resultado, varios fragmentos de hielo quedaron flotando a la deriva, al igual que el desesperado Mamoswine, quien nadaba como podía para escapar del agua que tanto daño le hacía.

    —¡Ahora sumérgete y Rayo Burbuja! —complementó Danot su orden anterior, con toda la intención de hacerse con la victoria.
    —¡Sal de ahí y usa tu Ventisca! —contraatacó Pryce, quien incluso en esa situación adversa parecía haber hallado una manera de ponerla nuevamente a su favor.

    Siguiendo la indicación dada, Alfa empleó la gravedad y la rotación de su cuerpo posterior para zambullirse rápidamente en la alberca y, aprovechando la posibilidad de moverse tridimensionalmente en ese entorno, colocarse justo debajo del mamut, quien ya estaba cerca de la orilla. Sin contemplaciones, disparó a quemarropa una andanada de burbujas que, inafectadas por el clima exterior, lastimaron de manera significativa a su víctima, dejándole fuera de combate antes de que siquiera pudiera pisar el hielo. El equinodermo surgió poco después, con su núcleo titilando, ya que la baja temperatura del agua le estaba dañando.

    —¡Mamoswine no puede continuar! ¡Danot y su Starmie ganar esta ronda, y por lo tanto, el combate! —decretó Sheila al ondear su banderín rojo hacia el lado de éstos últimos, en tanto el Líder hacía volver a su propio Pokémon.
    —Bien hecho, amigo; hoy has luchado mejor que nunca —le felicitó Pryce al coger cerca del rostro la Poké Ball de su fiel compañero, sintiéndose realmente satisfecho con su desempeño.
    —¡Genial trabajo, Alfa! —congratuló Danot a su Pokémon, mientras alzaba el puño derecho con fuerza; le guardó en su Poké Ball poco después, para protegerle del frío.

    Con la batalla acabada, sus tres participantes se reunieron al lado del pedestal, el cual se abrió cuando la réferi le acercó la muñequera que llevaba en el brazo izquierdo. Así, una pequeña luz roja empezó a parpadear cerca de la ranura donde estaba alojada la Pokédex de Danot.

    —Ustedes los retadores tienen mucha suerte —comentó Sheila, con el mismo tono de voz que había empleado antes del combate—; se quedarían sin un céntimo si es que perdieran contra Pryce, de no ser por este artefacto —añadió al poner la mano sobre el pedestal, justo cuando éste expulsaba la enciclopedia electrónica.
    —Supongo que es así —fue lo único que Danot atinó a contestar mientras recogía su Pokédex, sin saber cómo tomarse esas palabras.
    —Oh, Sheila. ¿No ves que pones a nuestro invitado en un aprieto? —le dijo Pryce con un suave tono reprensivo, sabiendo que ella podía ser demasiado sincera a veces.
    —Vamos, Pryce; no seas aguafiestas —contestó Sheila, mientras reía con fuerza; Danot no pudo evitar preguntarse qué tipo de relación tenían esos dos, ya que ésta no parecía ser estrictamente profesional.
    —En fin —siguió Pryce, tras carraspear un poco—, por tu victoria en mi Gimnasio, te entrego la medalla Glacier —añadió tras sacar del bolsillo interno de su gabardina un pequeño hexágono metálico con el diseño de un estilizado copo de nieve.
    —Gracias, señor —contestó el chico al recibir esa insignia, la cual situó delante del pedestal; un lector láser, casi indetectable a simple vista, registró el código de barras impreso en la parte trasera, justo encima de su prendedor.
    —Entonces, sólo me queda agradecerte por este combate tan divertido y desearte éxito en tu viaje —expresó solemnemente, extendiéndole la mano derecha al chico.

    Respondiendo a esa cortesía, Danot le estrechó la mano enérgicamente, pudiendo percatarse de que, tras esa apariencia seria y distante, se hallaba la calidez de otro ser humano. Repitió dicho gesto con la réferi y, con esa nueva medalla guardada junto a su Pokédex, se dispuso a marcharse del recinto.

    Estaba tan feliz por la victoria en el Gimnasio que no reparó en lo abarrotadas que estaban las calles que recorrió para volver al Centro Pokémon. Tampoco le molestó la baja temperatura ambiental, pero quizá esto se debía más al hecho de que acababa de salir de un lugar mucho más frío. Fue recién al llegar a la recepción, tras media hora de caminata, que empezó a sentir todo el trajín de la mañana, pero esto no le impidió dejar a Ray, Hellga y Alfa con la enfermera, para que recibieran un tratamiento rápido. A pesar del daño recibido, esto y algo de descanso bastarían para que se recuperaran, y de esa forma todos ellos podrían honrar la costumbre que tenían de almorzar o cenar juntos tras ganar una batalla de Gimnasio.

    Sabiendo que tendría que esperar por lo menos un par de horas, Danot consideró adecuado dedicarse a lo que había dejado pendiente. Puso su ropa recién lavada en la secadora (previo pago con tarjeta) y luego volvió a su habitación. Una vez ahí, sacó de su mochila un estuche dorado con el diseño de una Poké Ball roja gradado en la tapa, donde colocó su medalla más reciente, junto a otras seis de formas y colores variados. Volvió a guardarlo y se sentó cerca de la mesa, tras lo cual sacó su Pokédex y empezó a buscar información sobre el mamut, como quiso hacer durante la batalla con Pryce. Tal y como creía, ese Pokémon tenía los tipos tierra y hielo de su preevolución, si bien su fuerza física, velocidad y vitalidad eran mayores, como había podido comprobar de primera mano.

    —Si Lynn se llegar a enterar de que ese Mamoswine evolucionó mientras luchaba contra mí, no querrá hablarme en un mes o dos —pensó con una sonrisa algo nerviosa, sabiendo que su prima no agradecería el aumento de la dificultad en ese Gimnasio.

    Dejando de lado ese pensamiento, revisó en la Pokédex algo más que también le había llamado la atención durante su combate con Pryce. Buscó «Terremoto» en el índice de ataques, con lo que la pantalla superior mostró un vídeo que fue acompañado por una descripción textual en la inferior y una voz mecánica que decía exactamente lo mismo. Era lo mismo de siempre... excepto por un pequeño botón que apareció debajo del texto cuando el vídeo terminó. Curioso, lo presionó, suponiendo que se trataba de una actualización obtenida durante la batalla. No tardó en aparecer otro texto, mucho más largo que el anterior y cuyo título le sorprendió visiblemente.

    —¿Variaciones de ataque? —se preguntó, extrañado ante la novedad.

    Se dispuso a leer esa entrada, la cual decía que, a veces, algunos Pokémon podían utilizar sus ataques de forma distinta a la usual y conveniente para ciertas situaciones. También explicaba que, por lo general, eran producto de entrenamientos enfocados en ese ataque en particular, si bien también se tenía constancia de casos en lo que habían ocurrido espontáneamente. Al final del texto, halló una lista de ataque con variaciones grabados en la memoria, que en ese momento sólo tenía un elemento. Danot cerró su Pokédex y la volvió a guardar.

    Necesitado de descanso, se acostó en “su” cama y comenzó a pensar en todas las posibilidades que se abrían para él y sus Pokémon con dicho descubrimiento. Y tendría que hacerle muchas preguntas a Yamen, empezando por «¿Por qué no me dijiste que existía esto?». Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el tiempo no le bastaría para todo ello, no con lo que ya tenía previsto para cuando terminara su participación en la Conferencia Plateada: en el mejor de los casos, accedería a la universidad en su primer intento, estudiaría una carrera y al graduarse, buscaría trabajo. Tal y como hacían los demás, solía pensar. No quiso darle más vueltas al asunto y decidió reposar su mente y cuerpo hasta que fuera la hora del almuerzo.

    Sintiéndose mejor tras un par de horas de descanso, Danot fue a la recepción para recoger a sus Pokémon tras comprar su almuerzo en la cafetería, el cual llevaba en un envase desechable. Con sus Poké Balls ya en el cinturón, le pidió a la enfermera cinco latas y un tubo de comida Pokémon de la mejor calidad, cortesía del dinero ganado con su victoria en el Gimnasio. El chico cogió seis cuencos y los situó del mismo modo que había hecho en la mañana. No solía darles de comer a sus Pokémon más de una vez al día si permanecían fuera de sus Poké Balls, ni qué decir cuando estaban en ellas, pero esas eran ocasiones especiales (después de todo, ganar una medalla no era una cosa de todos los días). Cuando terminó, retornó a la recepción para recoger y pagar por la comida de sus amigos y servirla donde correspondía. Se le notaba muy entusiasmado con aquello, pues esos eran siempre momentos muy especiales para todos ellos.

    Cuando por fin tuvo todo listo, los dejó salir de dos en dos, al estar en un espacio cerrado y no querer armar jaleo ni llamar la atención más de la cuenta. Y como pasó en la mañana, todo su equipo intercambió animados saludos con él y entre sí.

    —Bien, chicos; como ven, hemos ganado y vamos a celebrarlo —les dijo Danot con una sonrisa cálida, mientras se sentaba al lado de su propia comida, refiriéndose a la de ellos—; Ray, Hellga y Alfa, gracias por su gran esfuerzo —les felicitó con orgullo.

    Escuchando las palabras de su Entrenador y viendo la comida especial que tenían servida, los saludos se convirtieron en jubilosas felicitaciones de parte de quienes no habían participado en el combate hacia los otros tres que sí. Así, sin mayor demora, se dispusieron a festejar a su particular manera, comiendo juntos, intercambiando alguna gracia o comentario (aunque Danot no pudiera entenderlos, todos ellos le transmitían una sensación agradable, y con esto le bastaba). Permanecieron ahí por poco más de media hora después de acabar, para reposar un poco, sin importarles mucho si alguien les miraba, tras lo cual el chico les devolvió a sus respectivas Poké Balls y se aprestó a recoger los cuencos y poner en una bolsa los envases vacíos. Los primeros fueron a su respectiva esquina y la segunda al basurero. Sólo le faltaba recoger su ropa de la lavandería para poder descansar tanto como quisiera, al menos hasta el día siguiente.

    De nuevo en su cuarto, guardó su ropa en el mismo sitio de donde había sacado la que llevaba puesta y se recostó en la cama, para poder reposar mientras planeaba el recorrido que tendría que hacer a través del Camino de Hielo al día siguiente. Si bien él y sus Pokémon lo habían usado como lugar de entrenamiento durante meses y sabían qué clase de Pokémon vivían ahí, nunca habían intentado cruzar hasta el otro lado, no con la fuerza que tenían en ese tiempo. Sin embargo, con seis medallas, la experiencia de muchas batallas y el equipo adecuado, sentía que estaban más que listos para ello. Lo único que quedaba decidir era quiénes le acompañarían. Si bien Alfa era la elección obvia, al poder encargarse de casi todos los Pokémon de la ruta, temía que ello fuera mucha carga tras el esfuerzo hecho durante la última semana. Además, le hacía sentir más seguro contar con su presencia para su última batalla de Gimnasio, dada su gran versatilidad. Supuso que Salma, Mizuho o ambas tendrían que ayudarle a lidiar con los Swinub y Piloswine. Hellga, Pyro y Hagane ya podían encargarse de los otros Pokémon de hielo, en tanto Sparkle y Ray harían lo propio con los Zubat y Golbat de la bóveda de entrada. Se decidió por este último, dada su reciente experiencia en combate sobre hielo. Lo único que le faltaba hacer era realizar los respectivos cambios de Pokémon en el sistema de almacenamiento que Yamen administraba.

    Con el asunto resuelto, se sintió libre de imaginar cómo sería su última batalla de Gimnasio, a pesar de no saber nada de la persona que enfrentaría. Y cuando le ganara, podría participar finalmente en la Conferencia Plateada, evento en el que seguramente hallaría Entrenadores muy hábiles contras los cuales medirse. A pesar de confiar en la fuerza de sus Pokémon y sus propias habilidades, dudaba de poder ganar ese torneo, pues sólo contaba con diez Pokémon en su escuadra, un número insuficiente para una competencia en la que el recambio solía ser un factor crucial para ganar desde el inicio hasta el final. Sin embargo, aquello le preocupaba poco o nada, pues su meta real era disfrutar de los combates que pudiera tener, sin importarle demasiado el resultado. Era una vida llena de emociones que gozaba mucho, y le habría gustado con toda su alma poder seguir llevándola, pero la realidad parecía dictar que con esa actividad no podría tener suficientes ingresos para asegurarse un buen futuro... ese privilegio parecía estar reservado sólo para quienes lograran destacar en ella de forma superlativa. Sumido en esas cavilaciones, deseándolo de corazón pero temiendo no conseguirlo, tardó poco en quedarse profundamente dormido.

    La noche llegó sin que lo notara, y con ella, las bajas temperaturas. Sin embargo, esto no fue impedimento para que la mayoría de habitantes del pueblo, vestidos con coloridos kimonos, salieran a las calles a gozar del ambiente festivo. Todo ese jolgorio tardó poco en despertar a Danot, quien sintiendo el aire frío se acercó a la ventana y cerró sus póstigos; fue entonces cuando se percató de lo que ocurría afuera y recordó qué día era.

    —Quizá no sea mala idea ir a ver qué hay —dijo para sí mismo, mientras encendía el radiador; le vendría bien un poco de esparcimiento tras toda una semana viajando.

    Se sentó otra vez en la cama, y tras pensarlo un poco, empezó a liberar uno a uno a sus Pokémon, quienes, a pesar del limitado espacio del cuarto, pudieron moverse con comodidad. Se preguntaban por qué Danot los había sacado a todos a la vez.

    —Chicos, voy a salir un rato y quiero saber quién quiere acompañarme a pasear y comer algunos onigiris —les dijo Danot con entusiasmo, ante sus expectantes miradas.

    El prospecto de salir con el frío que hacía fuera de esas paredes desanimó a todos menos a Sparkle, quien se acercó al chico y se frotó contra su pierna izquierda. Sin embargo, la mención de la comida causó que Pyro volviera sobre sus pasos y le viera con mucho interés. A diferencia de él, Alfa, Hellga y Ray se situaron frente al radiador, mientras que Hagane se recostó en la otra litera al no recibir ninguna objeción de parte de su Entrenador.

    —Veo que sólo seremos tres esta vez —comentó Danot con una sonrisa, habiendo creído que serían menos aun—; vamos entonces —añadió al levantarse, tras acariciar a Sparkle y Pyro en la cabeza—; espero que este lugar siga entero cuando regresemos —comentó a modo de broma, a lo que sus otros Pokémon asintieron perezosamente.

    Así, Danot, Pyro y Sparkle dejaron el cuarto en tanto sus compañeros se disponían a pasar un rato agradable a la vera del radiador. Bajaron tranquilamente las escaleras, con el Charmeleon delante para vigilar que no incendiara nada con la punta de su cola. Una vez en la calle, se toparon con un mar de gente disfrutando del ambiente festivo a pesar del frío reinante, y se adentraron en él, queriendo contagiarse de su entusiasmo.

    Pensando que las atracciones más llamativas estarían en las plazas secundarias, el muchacho guió a sus Pokémon hacia la más cercana, sin importarles mucho llamar la atención de los demás transeúntes. No tardaron en oír comentarios de niños y adultos, los primeros mencionando lo genial que se veía Pyro, y los segundos preguntándose si ese era uno de los Pokémon que había ayudado a resolver el incidente del año pasado. Sólo unos pocos pudieron avistar a Danot junto al aludido y confirmar sus sospechas.

    Siguieron avanzando en medio de ese animado gentío, procurando no separarse al transitar por zonas con mayor densidad de personas, sobre todo Sparkle, al ser la más baja del grupo. A pesar de ese esfuerzo, casi perdió de vista a sus compañeros cuando ambos se detuvieron en uno de los varios puestos ubicados a ambos lados de la calle, por lo que tuvo que recurrir a su olfato para encontrar la esencia de ambos. Al hacerlo, detectó también un aroma muy dulce en la misma dirección, lo que acabó llevándole a una paradita de madera blanca, donde una anciana de apariencia gentil vendía dulces tradicionales con forma de diversos peces Pokémon. Y, ahí al frente, estaban Danot y Pyro, a quienes se acercó a toda prisa, notando que el primero hablaba con esa mujer.

    —¿Señora, cuánto cuestan los taiyakis? —preguntó el chico con interés, llevando a Sparkle a suponer que esos dulces le gustaban mucho.
    —Seis por quinientos yenes —contestó amablemente la tendera, contenta al ver a una persona joven que parecía apreciar su especialidad.
    —Llevaré seis, entonces —pidió, mientras sacaba dinero en efectivo para pagarle.

    Tras recibir y contar el dinero, la anciana vertió algo de masa en moldes basados en Pokémon como Goldeen, Magikarp y Gorebyss, puso un poco de relleno dulce antes de cerrarlos y ponerlos a dorar, ante la atenta mirada de Danot. Sus Pokémon tuvieron que conformarse con olerlos, al no ser lo suficientemente altos para hacer lo mismo. Un par de minutos después, la tendera le dio al muchacho una bolsa con seis piezas aún calientes y le agradeció encarecidamente su compra.

    —Tengan, chicos, pero no se quemen —advirtió Danot al coger con cuidado tres de esas golosinas y repartirlas con sus Pokémon, quienes las recibieron encantados.

    El chico sopló suavemente su taiyaki antes de probarlo, acción que Sparkle imitó mientras sostenía como podía el suyo, ya que sus patas delanteras no tenían dedos. A diferencia de ellos, Pyro se comió el suyo de un bocado, quizá porque era ridículo creer que a un Pokémon ígneo como él le incomodaría algo así. «A veces Danot se preocupa demasiado», pensó con una media sonrisa irónica.

    Tras acabar todos su segunda ración, continuaron con su recorrido, disfrutando del contagioso ambiente festivo, visible en las sonrisas de los niños que intentaban ganar en los puestos de juegos y en las expresiones de interés de los adultos que admiraban las curiosidades expuestas por hábiles feriantes. Por ello, no era de extrañar que Danot pensara que salir había sido una idea magnífica, opinión que sus Pokémon compartían. Y así pasó el tiempo para los tres, tan entretenidamente que no fueron conscientes del rato que pasaron recorriendo paraditas, al menos hasta que el hambre se manifestó en forma de ruido en sus tripas. Mirándose cómplicemente, humano y Pokémon corrieron con entusiasmo hacia el puesto de comida más cercano.

    —Deme una docena de onigiris para llevar, por favor —pidió un distendido Danot, esperando tener suerte en el reparto aleatorio de esos bocadillos.
    —¿Eh?

    Una de las personas en el puesto de al lado volteó al oírle, y su expresión seria se tornó en una de completa sorpresa al verle. Con disimulo, giró su musculoso cuerpo y se ajustó la gorra que llevaba para no ser reconocido, prestándole toda su atención al okonomiyaki de pescado y cebolla que estaba cocinando para reprimir su ira. Eso no le resultó sencillo, pues su mayor deseo en ese momento era saltarle encima y propinarle la paliza de su vida a él y a sus Pokémon. Su acompañante no pasó esto por alto.

    —¿Qué te ocurre, Gort? —preguntó ésta en voz baja y sin mucho tacto; se trataba de una mujer de rasgos toscos, quien le dedicó una severa mirada de desaprobación.
    —Nada, Jade —contestó el aludido, tajante y sin mirarle siquiera, mientras seguía cocinando.
    —¿Cómo que nada? —insistió la llamada Jade, jalando uno de los pocos mechones negros que sobresalían de la gorra de Gort, quien tuvo que contener un grito de dolor para no llamar la atención.
    —Espera y te lo diré —convino finalmente, dirigiéndole una mirada llena de encono a Danot, quien acababa de recibir una bolsa con dos cajas de onigiris.

    Su odio hacia el chico no era para menos, pensaba Gort. Si no hubiera sido por su inoportuna intervención hacía unos meses en el Pozo Slowpoke, no sólo habría podido hacerse con una gran suma de dinero, sino también habría evitado que sus, según él, estirados superiores se enteraran de su pequeño negocio particular. Y era por ello que debía aprovechar cualquier ocasión para obtener un ingreso adicional, dado el castigo monetario que había recibido hasta finales de ese mes. A veces, la vida podía ser dura para un soldado Rocket.

    Absorto de toda esa animadversión hacia su persona, Danot se marchó junto a sus Pokémon tras darle a cada uno un onigiri. Cuando estuvieron a una distancia que Gort consideró adecuada, éste volteó a ver a su compañera con cara de pocos amigos luego de apagar la plancha y poner el okonomiyaki en un plato.

    —¿Y bien? —interrogó hastiada la mujer de cabello castaño, atado en dos trenzas desaliñadas que le llegaban hasta la mitad de la espalda.
    —Oh, claro, pero aclaremos algo antes —respondió sarcásticamente Gort—; jálame de nuevo el cabello y te daré a ti también una paliza —amenazó a su interlocutora con seriedad, mientras volteaba hacia ella con toda su corpulencia, para intimidarle más.
    —Qué miedo —contestó con irreverencia, reflejada en sus ojos café de color café.

    Gort bufó, claramente frustrado por no haber podido asustar a Jade, quizá porque ella era muy capaz de defenderse sola, si es que uno podía fiarse de su pasado como miembro de una banda de motoristas que había asolado Kanto hacía nos años. Ante tal fracaso, él optó por algo que consideró más efectivo: sin aviso, comenzó a comerse el último okonomiyaki que había preparado.

    —¡Oye! ¡Te estás comiendo mis ganancias! —gritó exasperadamente Jade, ya que su compañero estaba atacando lo que más le importaba en la vida: ganar dinero.
    —No, que es mi cena —replicó Gort, calmado y con una sonrisa triunfal; no era el Rocket más listo, pero tampoco era tan tonto como para perjudicarse a sí mismo.
    —Va, escúpelo de una vez —le instó, sintiéndose burlada y curiosa a la vez.
    —¿Recuerdas lo que pasó en el Pozo Slowpoke, hace unos meses? —preguntó tras pasar un bocado, dejando ver en sus ojos negros el encono que sentía por ese lugar.
    —¿Pozo Slowpoke? —a Jade no le sonaba tal lugar, pero tardó poco en relacionarlo con su interlocutor—. ¿No fue por algo que pasó ahí que el comandante te dijo tu vida y te bajó el sueldo hasta este mes? —preguntó, socarrona, tras atar los cabos sueltos.
    —Sí, y el tipo que estaba parado en el puesto de al lado es el culpable de que eso ocurriera —expresó con enojo, apretando los dientes y cerrando las manos con fuerza.
    —¿De verdad era él? —interrogó su interlocutora con preocupación; a pesar de ser criminales, debían responder ante sus oficiales superiores por toda acción que pudiera comprometer las operaciones de la organización, sobre todo las venganzas personales.
    —¡No puede ser otro! ¡Ese cabello ridículo, esos lentes deportivos, su Charmeleon shiny! —contestó enfáticamente Gort, sabiendo bien que no se estaba equivocando.
    —¿Estás realmente seguro? —insistió Jade, temerosa de que su camarada quisiera hacer una locura y que fuera a arrastrarle para llevarla a cabo.
    —Tan seguro como que eres poco femenina —respondió con tono burlón, harto de que Jade dudara de él; no obstante, el fuerte pisotón que recibió en el acto no dejó ver ni un atisbo de ello—; ¡eso sí que duele! —reclamó airado, antes de tomarse el pie.
    —Pues te aguantas, machote —replicó ella, indignada por las palabras de Gort; sin embargo, pronto apareció en su rostro una sonrisa malévola—; me parece que viene alguien que estará muy interesado en oír tu historia —expresó con malicia, al notar la presencia de dos personas elegantemente vestidas que se aproximaban a su puesto.

    Sin estar al tanto de esa conversación, Danot y sus Pokémon siguieron paseando por las calles aledañas al centro del pueblo, viendo con curiosidad los artículos exóticos que algunos feriantes exhibían en sus puestos. Poco después, el trío llegó a una de las plazas secundarias, donde hallaron lo más interesante que el festival podía ofrecerles: batallas Pokémon. En ese momento, se enfrentaban un conocido suyo y una muchacha de cabello castaño, algo bajita y muy entusiasta, quien dirigía a un Pokémon bípedo un poco más alto que ella. Estaba mayormente cubierto por una armadura morada de piel endurecida, y de su espalda sobresalía una hilera de púas venenosas, casi tanto como el largo cuerno que coronaba su frente; su contendiente era el Azumarill contra el que había luchado el día anterior. Danot notó lo entusiasmados que estaban Pyro y Sparkle al ver cómo ese Pokémon se cubría de agua y prácticamente volaba como un torpedo hacia el Nidoking de la chica. Dejando ver una agresividad inusitada, incluso para esa especie, éste detuvo la arremetida con los brazos y echó atrás a Azumarill gracias a su Contraataque, tras lo cual le arreó un fortísimo golpe con su larga y musculosa cola, la cual brillaba de un intenso color morado.

    —¿Chicos, quieren luchar? —preguntó Danot en voz baja, tras hincar una rodilla, para verles cara a cara; no tardaron en afirmar, pues deseaban algo de acción tras no haber podido participar en el combate contra Pryce—. Bien, déjenmelo a mí —les dijo antes de retornarles a sus Poké Balls, tras lo cual se abrió paso entre los presentes.

    Mientras tanto, en una calle que conectaba a esa plaza, cierto dúo disfrutaba de lo que el festival tenía para ofrecer. O al menos Sheila lo hacía, viendo las atracciones de las paraditas, mientras que Pryce vigilaba a la gente a su alrededor. Había escuchado rumores de que soldados Rocket merodeaban Mahogany, y no iba a sentirse tranquilo hasta que comprobara que eran falsos... o hacer algo al respecto en el caso contrario. Caminaba tan absorto que no notó lo que ocurría delante de él, de no haber sido por el aviso de Sheila. Levantó la mirada y pudo ver a un lagarto de escamas doradas esquivando con una enérgica danza los rayos multicolores disparados por una jirafa de pelaje marrón y amarillo, cuyo rasgo más distintivo era la pequeña cabeza situada en la punta de su cola. Lo que más le llamó la atención, no obstante, fue ver quién estaba dándole indicaciones al Pokémon ígneo.

    —Veo que ese chico no pierde el tiempo —pensó con satisfacción al ver a Danot en batalla, sin poder evitar preguntarse cómo habría sido combatir contra su Charmeleon.

    Sin estar al tanto de dicha reflexión, éste se acercaba rápidamente a su oponente, eludiendo con brincos diagonales y laterales los veloces Psicorrayos que éste lanzaba a diestra y siniestra. Teniéndole así de cerca, el Girafarig cambió de estrategia e intentó asestarle un fuerte Pisotón tras la orden de su Entrenadora, una enérgica muchacha de cabello azul atado en dos coletas laterales. No obstante, Pyro se anticipó a esa acción y disparó a quemarropa un certero Lanzallamas que le empujó algo más de un metro. Sin darle tiempo para recuperarse, le propinó una llameante dentellada en el costado derecho del cuello, potenciada por el aumento de fuerza y velocidad brindado por el uso previo de su Danza Dragón. Esto bastó para dejar a Girafarig fuera de combate.

    —Gracias, ha sido una gran batalla —expresó un animado Danot, extendiéndole la mano a su oponente luego de que ésta guardara a su Pokémon.
    —Lo mismo digo —contestó ella al corresponder ese gesto con entusiasmo, como demostraba el vivaz brillo de sus ojos violetas—; has hecho un gran trabajo criando a tu Charmeleon —comentó gentilmente, causando que el aludido se hinchara de orgullo.
    —Tu Girafarig también es muy fuerte, Cherry —respondió sinceramente, pues ese Pokémon les había dado más dificultades de lo que había parecido a simple vista.

    A pesar de haber salido con un objetivo claro, Pryce no pudo evitar sentir el deseo de volver a medirse contra el chico. Gente como él, joven y llena de pasión por los combates, le hacía retroceder al pasado, cuando recorría el mundo y vivía todo tipo de aventuras junto a sus Pokémon. Sin embargo, antes de poder decidirse, vio que Danot era abordado por un hombre vestido con un elegante kimono negro de sencillos dibujos rojos y blancos. Tenía el cabello de un lustroso color negro y era un poco más alto que su interlocutor, lo cual le hacía parecer ligeramente más delgado que éste a pesar de tener una complexión algo más gruesa.

    —Robert Conrad, de ciudad Mossdeep —se presentó el recién llegado, cumpliendo con el protocolo usual.
    —Danot Bisel, de ciudad Cherrygrove —contestó el chico, extendiéndole la mano derecha; los ojos negros, la voz grave y el fuerte apretón de su interlocutor le hicieron pensar que éste tenía mucha seguridad y confianza en sí mismo—; ¿y qué te trae por Johto? —preguntó con curiosidad; era la primera vez que trataba con un Entrenador de otra región.
    —Vacaciones —explicó sucinta pero cordialmente, quizá porque tenía más interés en luchar que en charlar—; en todo caso, ¿te interesaría tener una batalla doble contra mí? —preguntó, mientras esbozaba una sonrisa confiada.
    —¿Batalla doble? —interrogó Danot, extrañado; pronto, un vago recuerdo llegó a su mente, sobre un tipo de combate muy extendido en Hoenn—; nunca he tenido una, pero suena divertido, así que probemos —convino, intrigado por lo que Robert podría hacer con sus Pokémon.
    —Entonces, empecemos —le instó éste al alejarse y situarse en el lugar que antes había ocupado Cherry.
    —Ven, Pyro —le llamó Danot tras hacer lo propio, y una vez ahí, liberar a Sparkle—; chicos, voy a mandarlos a luchar juntos y quiero que colaboren tanto como puedan entre sí —les pidió amablemente, confiando en que podrían hacerlo bien a pesar de su inexperencia en esa modalidad de combate.

    Pyro y Sparkle asintieron y se vieron mutuamente, creyendo que el sentimiento de camaradería bastaría para darles el triunfo; no era de extrañar, ya que la Raichu había sido la primera compañera de entrenamiento que el Charmeleon había conocido luego de nacer. Con determinación, ambos se situaron delante de Danot y aguardaron a que Robert eligiera los suyos. Éste no tardó en liberar a una feroz langosta de coraza roja y crema, y una confiada mofeta de pelaje mayormente púrpura, ambos de una estatura similar a la de Pyro. Crawdaunt levantó sus poderosas pinzas en un gesto amenazante, en tanto que Skuntank hizo lo mismo con su larga y gruesa cola, surcada por una línea blanca irregular que se mezclaba con la punta del mismo color. Pero sus oponentes no se dejaron intimidar: Sparkle llenó sus mejillas de electricidad y Pyro asumió una pose de combate que dejaba a la vista sus filosos colmillos y garras, así como la llameante punta de su cola. Al final, ninguno de los bandos se dejó amedrentar por el otro.

    —¡Crawdaunt, Danza Dragón! ¡Skuntank, cúbrelo con tu Pulso Umbrío! —comenzó Robert, con una sonrisa llena de confianza.
    —¡Pyro, bloquéalo con Lanzallamas! ¡Sparkle, salta y Rayo a Crawdaunt! —ordenó Danot, mientras pensaba que su oponente parecía saber muy bien lo que hacía.

    Skuntank se situó delante de su compañero con un largo salto y empezó a emanar una densa aura de tonos negros y púrpuras que, sin miramientos, desplegó de manera radial. Viendo venir ese ataque, Pyro afirmó con fuerza sus patas en el suelo y expelió un rápido Lanzallamas que pareció parar su avance en la franja entre ambos Pokémon. Aprovechando ese choque de energías, Sparkle dio un gran brinco por sobre la derecha del lagarto y liberó una potente descarga dirigida hacia el crustáceo que, apartado de los demás, había dado inicio a una frenética danza. Sin embargo, demostrando un gran control sobre su ataque, la mofeta hizo ascender tres haces oscuros para interceptar el Rayo, conteniéndolo lo suficiente como para que su compañero pudiera esquivarlo con su ya ganada velocidad. Pero no todo fueron buenas noticias para ese dúo, pues Pyro aprovechó ese instante de concentración de Skuntank para aumentar la potencia de su Lanzallamas y penetrar el Pulso Umbrío, alcanzándole de lleno y obligándole a detener su ataque para poder hacerse a un lado.

    —¡Rayos! —gruñó Danot cuando el ataque siniestro se disipó y vio que Crawdaunt había desaparecido, quedando sólo un agujero en el suelo detrás de la mofeta—. ¡Pyro, Danza Dragón! ¡Sparkle, Rayo a Skuntank! —indicó a sus Pokémon, preparándolos para la amenaza latente mientras lidiaban con la más inmediata.
    —¡Pantalla de Humo! —ordenó rápidamente Robert, queriendo ganar tiempo.

    Sin dilación, la mofeta exhaló un espeso humo negro que le rodeó por completo, queriendo despistar así a sus oponentes. A pesar de ello, Sparkle no dudó en lanzarle un potente Rayo que atravesó el humo sin hacer blanco. Sin dejarse amilanar por ese fallo, disparó de nuevo tras la indicación de Danot, mientras su compañero de equipo realizaba una enérgica danza que ya había aumentado tanto su fuerza física como su velocidad, como dejaban ver los abultados músculos de sus extremidades. Viendo la situación con atención, el chico de Cherrygrove creyó que Sparkle era el blanco más probable de Crawdaunt, al ser de un tipo con ventaja contra éste y contar con menos oportunidades de evitar su ataque Excavar.

    —¡Usen Rayo y Lanzallamas en el centro de la Pantalla de Humo! —ordenó Danot, queriendo probar un nuevo truco para sacarse de encima a Skuntank.

    Asintiendo entre sí, sus Pokémon dispararon esos ataques hacia la nube de humo, coincidiendo ambos en su zona central. Esto produjo un fuerte estallido que lanzó a la aturdida mofeta por los aires, haciéndole aterrizar con brusquedad a unos cinco o seis metros de Sparkle. Sin embargo, ésta no tuvo tiempo para celebrar, ya que Crawdaunt emergió inesperadamente por debajo del lagarto flamígero, mandándole a volar.

    —¡Pyro! —le llamó Danot, preocupado por ese violento golpe; se calmó un poco al verle dar una voltereta en el aire y aterrizar de pie—. ¡Usa Cuchillada! ¡Sparkle, Rayo a Crawdaunt! —ordenó, queriendo acabar con el Pokémon más peligroso de su rival.
    —¡Defiéndete con Martillazo! —indicó Robert al chasquear los dedos, como si nada pudiera quitarle la tranquilidad de saber que era él quien tenía la ventaja.

    Adolorido, pero nada intimidado, Pyro se lanzó en pos de su contendiente con sus garras al frente, mientras su compañera liberaba una descarga eléctrica. Sin embargo, la langosta no se amilanó por ello y utilizó su adquirida velocidad para evitarla y recibir a su otro oponente con sus pinzas en alto y rodeadas de una capa de agua. El violento choque de extremidades llevó a una furiosa pugna en la que el perdedor recibiría toda la potencia del ataque del otro. Aprovechando que Crawdaunt estaba distraído, Sparkle se dispuso a usar por enésima vez su Rayo, pero no pudo. Había sido detenida por un artero zarpazo lleno de energía siniestra en el vientre, cortesía de Skuntank, quien se había levantado cuando nadie se fijaba en ella. En cuanto a los otros dos luchadores, ninguno cejaba en su afán de ganar el pulseo que sostenían, concentrándose sólo en el otro. Aquello se había convertido en un duelo personal, como demostraban las miradas llenas de fiereza y determinación que se lanzaban mutuamente.

    —¡Termínenlos con Pulso Umbrío! —ordenó seriamente Robert a sus dos Pokémon, teniendo a los de su contrario justo donde los quería; comprendía bien que Crawdaunt hubiera desarrollado una rivalidad hacia el Charmeleon dorado, pero no por ello iba a desaprovechar una oportunidad tan buena de ganar.
    —¡Maldición! —pensó Danot, molesto consigo mismo por no haber notado la súbita reincorporación de Skuntank; esto, sin embargo, le dio la solución que necesitaba—. ¡Ambos, Excavar, ya! —fue su presurosa indicación.

    Confiando por completo en el criterio de su Entrenador, Crawdaunt dejó de lado su orgullo y, al igual que su aliada, se llenó de una temible aura negra y púrpura mientras sus pinzas perdían el agua que las cubría. Esto último supuso un gran alivio para Pyro, mas al oír la indicación de Danot, y sobre todo, sentir la energía siniestra, no tardó en hacer buen uso de sus garras y su incremento para excavar velozmente un agujero ahí donde estaba. Un poco más lenta, además de adolorida, Sparkle hizo lo mismo justo a tiempo para eludir la confluencia de Pulsos Umbríos, de la que los Pokémon siniestros salieron apenas afectados. A pesar de ello, Robert sabía bien que acababa de perder su ventaja. Considerando el panorama ante sus ojos, pensó por un instante en enviar a la langosta a un combate subterráneo, pero descartó esa idea en el acto al darse cuenta de que ahí debajo sería presa fácil de los ataques eléctricos de la Raichu del chico. Ésta y el lagarto ígneo tendrían que emerger pronto ya que, al no ser Pokémon de tierra, no podrían soportar mucho tiempo bajo ella, por lo que decidió prepararse para recibirlos.

    —¡Crawdaunt, Danza Dragón! ¡Skuntank, Afilagarras! —ordenó Robert, dejando clara su intención de contraatacar contundentemente cuando lo considerara propicio.

    Siguiendo esas órdenes, la langosta de gruesa coraza roja y crema dio inició a esa frenética danza, agitando con vehemencia sus tenazas y las extremidades más cortas que nacían de la zona central de su cuerpo. Por su parte, Skuntank se apoyó sobre sus patas traseras para adoptar una pose encorvada y empezó a frotar entre sí sus garras delanteras, las cuales parecían adquirir por momentos un siniestro brillo negro. Danot observaba la escena con ansiedad, preguntándose qué harían Pyro y Sparkle, dado que no tenían ninguna indicación de a quién atacar. Sabía que podía hacerlo en cualquier momento, pero no quiso prevenir a su oponente. Por eso, decidió confiar y esperar.

    Robert le miró con incredulidad. Eran pocos los Entrenadores que dejaban que sus Pokémon decidieran tan libremente en batalla, porque podía ser un arma de doble filo; no obstante, consideró que eso sería divertido de ver, eligieran lo que eligieran. Ello no tardó en revelarse: Pyro y Sparkle emergieron a la vez, con apenas medio metro de separación, para asestarle a la confiada mofeta fuertes puñetazos cubiertos de una fina capa de arena a los lados de la caja torácica, alzándole por los aires, ya sin sentido. Danot sonrió con satisfacción al observar la escena, pero su expresión pronto cambió a una de consternación al ver cómo del inerte cuerpo de Skuntank se liberaba un fuerte estallido que dañó mucho a sus atacantes, quienes cayeron al suelo de mala manera.

    —Acábalos con Martillazo —ordenó inmediatamente Robert, mientras hacía volver a su debilitada Skuntank; a pesar de su sacrificio, éste resultó ser el más conveniente de los tres posibles escenarios que había previsto.
    —¡Croodont! —asintió el crustáceo de frente coronada por una estrella amarilla de cinco puntas, comenzando así la veloz carga frontal contra sus lastimados oponentes.
    —¡Chicos, levántense! ¡Defiéndanse con Rayo y Lanzallamas! —les animó Danot; a pesar de lo adverso de la situación, no estaba dispuesto a rendirse, no sin tratar antes.

    Maltrechos como estaban, Pyro y Sparkle debieron hacer un enorme esfuerzo para reincorporarse, sólo para ver cómo el feroz Crawdaunt se acercaba a toda velocidad, con sus pinzas en alto y rodeadas de una gruesa capa de agua. Sin querer defraudar la confianza de su Entrenador, liberaron como pudieron un fiero Lanzallamas y una fuerte descarga eléctrica, respectivamente. Sin dejarse amedrentar, la langosta aprovechó su incremento de fuerza física y velocidad para recibirlos de frente y, soportando el dolor, propinarle a sus contendientes un furibundo Martillazo directamente en el cráneo, tan violentamente que los dejó inconscientes en el acto.

    El chico suspiró, resignado, mientras hacía volver a sus Pokémon y les agradecía el esfuerzo hecho, tras lo cual se acercó a Robert, quien acababa de guardar al suyo.

    —Buena batalla —expresó Danot con sinceridad, extendiéndole la mano derecha.
    —Lo mismo digo —respondió Robert, tras algunos segundos de duda que procuró disimular con una expresión confiada—; espero no haber lastimado más de la cuenta a tus Pokémon —agregó en el acto, mostrándose sinceramente preocupado al respecto.
    —Tranquilo; son muy resistentes y se recuperarán en poco tiempo —contestó con calma, para quitarle hierro al asunto; de todos modos, seguramente debería olvidarse de llevarlos consigo al Camino de Hielo—. Por cierto, tu Crawdaunt es muy fuerte; mira que resistir un Rayo a tan poca distancia —comentó animadamente, muy impresionado por dicho Pokémon y mucho más por que el tiempo no hubiera mellado las habilidades de Robert, si es que su suposición de que éste no era un Entrenador activo era cierta; sin embargo, pensó también que no se podía decir lo mismo de su uso del protocolo.
    —Los tuyos también; estoy seguro de que con más entrenamiento llegarán a ser aun más fuertes que Crawdaaunt —respondió éste, con tono de voz neutral, mientras pensaba que, por actitud y aptitud, Danot le recordaba mucho a sí mismo en sus años de juventud, antes de su forzado retiro; aquel había sido el verdadero motivo de su demora al corresponder el saludo, no un olvido como el castaño creía.

    —Lástima, ya no podrás retarlo —le dijo Sheila al oído, habiéndose dado cuenta de lo que Pryce pensaba por la forma en que había empezado a observar el combate.
    —Quizá sea lo mejor, Sheila —respondió éste, con una expresión severa; algo de lo visto en esa batalla no le había gustado nada y sabía bien qué era.
    —¿Y eso por qué? —preguntó ella, extrañada por la actitud de su acompañante.
    —Te lo diré mañana, cuando nos veamos en el Gimnasio —contestó tajantemente, tras lo cual se marchó sin decir más.

    Sheila entendió inmediatamente que se trataba de algo serio y que Pryce la había dejado de lado por su seguridad. Si bien tuvo el impulso de seguirle, decidió respetar esa decisión y esperarle al día siguiente en el Gimnasio, como llevaban haciendo desde hacía muchos años.

    Considerando que era tarde y que sus Pokémon necesitaban un tratamiento rápido antes de enviarlos con su hermano, Danot se dispuso a volver al Centro Pokémon. Su oponente se quedó viéndole un rato mientras se alejaba de él, y con una clara sonrisa de satisfacción, dio media vuelta y se perdió también entre la animada multitud.

    El camino de vuelta fue más tranquilo de lo que Danot esperaba, pues la mayoría de asistentes al festival ya había vuelto a sus casas o alojamientos. Así, tuvo la calma necesaria para decidir a quién llevaría al Camino de Hielo en el caso de que necesitara sustituir a Pyro. Al entrar, encontró a la enfermera en la recepción, y sin demora, le dio las Poké Balls de éste y de Sparkle.

    —Por favor, dales un tratamiento rápido —pidió, sin querer entrar en detalles; su expresión seria parecía decirlo todo.

    Después de que la enfermera desapareciera tras la puerta que llevaba a la sala de tratamiento, Danot fue a sentarse en el mismo lugar que había ocupado en el almuerzo con sus Pokémon. Pasó la siguiente media hora reflexionando sobre su última batalla, analizando en qué punto podría haber actuado de forma diferente para ganar, pero no logró sacar nada en claro. Desde su punto de vista, no había nada que hubiera hecho la diferencia, salvo haber entrenado más a sus Pokémon, como había dicho Robert. Tendría que hacer esto si pretendía hacer un buen papel en la Conferencia Plateada, y sabía que un buen lugar para pulir sus habilidades sería el siguiente Gimnasio.

    —Tus Pokémon ya están listos —dijo la enfermera con suavidad, si bien su tono de voz dejaba ver algo de cansancio; aparentemente, había tenido un día muy ajetreado.

    Esa llamada de atención sacó a Danot de sus cavilaciones respecto a lo que podría mejorar en los entrenamientos con sus Pokémon. Caminó hacia la recepción y recogió a Pyro y Sparkle después de prometerle a la encargada que ambos tendrían descanso suficiente y adecuado (por dos días, había dicho ella). Con sus Poké Balls en un bolsillo de su jersey, volvió a su habitación para despertar a sus otros Pokémon y guardarles, además de dejar la bolsa con onigiris sobre la mesa. Luego, se dirigió hacia la sala de comunicaciones y llamó a Yamen, quien seguía trabajando en el laboratorio a pesar de ser tan tarde. Éste adoraba tanto su trabajo que parecía casado con él, pensó Danot.

    —Vaya, creía que ya no llamarías —comentó el mayor con tono jocoso, mientras bebía una taza de café, su fiel compañero para las noches de desvelo que solía tener a causa del trabajo.
    —Bueno, es que me he distraído un poco más de la cuenta en el festival de aquí —confesó Danot, un poco avergonzado.
    —¿Con el festival o con las batallas? —preguntó divertidamente antes de sorber un poco de su bebida, sabiendo muy bien qué tipo de cosas podían abstraerle así.
    —Con las batallas —admitió sonriente, como quien ha disfrutado mucho haciendo una travesura.
    —Pensaba que tendrías suficiente con tu batalla en el Gimnasio —comentó Yamen, irónico, pero también interesado en cómo se había desarrollado ésta.

    Riendo ante esas palabras, Danot le contó con lujo de detalles cómo había sido su batalla contra Pryce, haciendo hincapié en el uso de un ataque evolucionado por parte del Mamoswine del Líder.

    —Sí, alguna vez había oído hablar de ello, pero esto que dices no es genético, sino más bien una habilidad que se va adquiriendo con la práctica, según tengo entendido —explicó Yamen, cuyo campo de estudio era cómo la genética de los Pokémon influía en sus habilidades de batalla.
    —Ya veo —contestó Danot, preguntándose cómo podría enseñarle a sus Pokémon a usar sus ataques de esa manera.
    —En todo caso, asumo que mañana atravesarás el Camino de Hielo; ¿harás algún cambio en tu equipo? —preguntó con seriedad, sabiendo bien lo que aquello implicaba para su hermano menor.
    —Sí, quiero que me mandes a Salma, Mizuho y Geist —contestó, refiriéndose a su Quagsire, Wartortle y Haunter, respectivamente—; te enviaré a Alfa, Pyro y Sparkle —añadió al sacar las Poké Balls que llevaba en el jersey, y una de su cinturón—; deja que descansen fuera por unos días, que lo necesitan —pidió cuando empezó a colocar, una a una, esas esferas en el pequeño transportador acoplado al videoteléfono.
    —Me aseguraré de que lo hagan —prometió Yamen, aceptando el envío y situando el lugar de llegada en el transportador que tenía cerca; a diferencia de los laboratorios más grandes, como los de sus colegas Oak y Elm, el suyo no contaba con un sistema automatizado para el almacenamiento masivo de Pokémon.

    Tras recibir la última Poké Ball, Yamen se puso de pie para ir a traer los Pokémon que Danot le había pedido; los guardaba en un estante con capacidad para cincuenta y cuatro Poké Balls, en ese momento ocupado sólo con cuatro de ellas. Puso las tres que tenía en los espacios libres de arriba y cogió otras tres, las cuales transfirió al regresar al videoteléfono.

    —Bien, ya los tengo —dijo Danot mientras ponía las recién llegadas Poké Balls en su cinturón—; te llamaré en dos días, si es que no surge algún imprevisto —dijo a modo de despedida, sintiéndose un poco cansado tras su divertida salida nocturna.
    —Entonces estaré esperando tu llamada —respondió Yamen, poco antes de colgar.

    Con eso listo, Danot volvió a su habitación para cambiarse de ropa y disponerse a dormir. Puso la alarma del Pokégear a las siete de la mañana, con lo que descansaría lo suficiente y podría salir con tiempo para llegar al Camino de Hielo antes del ocaso.

    A las ocho de la mañana del día siguiente, ya estaba vestido y listo para continuar su viaje. Se despidió de la encargada, salió del Centro Pokémon y caminó hacia el este, sintiendo en el rostro el aire frío que recorría las calles de Mahogany, donde pasada la celebración, quedaba la pesada labor para los empleados de limpieza pública. No tenía la intención de detenerse hasta la hora del almuerzo, pero cambió de idea cuando vio una tienda que acababa de abrir. No supo exactamente qué le atrajo de ese lugar, pero decidió entrar igualmente, a ver qué encontraba.

    Ese establecimiento no era sino una acogedora sala de madera que formaba parte de una casa más amplia, pero para Danot fue como entrar a un mundo completamente nuevo y desconocido. Un reloj de péndulo, tallado en forma de Noctowl, parecía marcar el ritmo en ese templo de paz y tranquilidad, cuyos altares eran estanterías de caoba colmadas de piezas de alfarería, tejidos multicolores, trenzados intrincados, amuletos y colgantes de todo tipo.

    —Buenos días, ¿puedo ayudarte en algo? —preguntó cordialmente la dependienta, una mujer mayor cuyos ojos castaños eran profundos y vivaces al mismo tiempo.
    —Buenos días —respondió educadamente Danot, queriendo devolverle la cortesía—; sí, quisiera comprar algunos de estos —explicó al acercarse a una estantería.
    —Adelante, elige lo que quieras —dijo ella con paciencia, sin ninguna prisa en que el chico se fuera; disfrutaba poder tener algo de compañía, sobre todo de gente joven.

    Danot se tomó algunos minutos para ver detenidamente los artículos disponibles. Nunca había sido un ávido coleccionista de recuerdos, pero algo dentro de sí insistía en conseguir uno que fuera ideal. Quizá era una manifestación subconsciente de su deseo de poder seguir con ese tipo de vida, o de tener un objeto material que se la recordara tras su retiro. Además, así también podría comprar algo para sus familia, a manera de disculpa por la preocupación que habían pasado durante la última semana. Al principio, creyó que podría hacerlo con cualquier baratija, pero el lugar le transmitía una algo tan especial que consideró que lo que comprara ahí debía hacerlo también. Con esto claro, acabó escogiendo un par de figuras de arcilla de una Nidoqueen y un Nidoking para sus padres, una talla de caoba con forma de Gliscor para Yamen y una pulsera de piedras pulidas que representaban un Steelix para Mina. Sin embargo, no encontró algo que le convenciera del todo para sí mismo, por más que buscó y rebuscó.

    —¿Qué te parece esto? —sugirió la anciana, al mostrarle un colgante con forma de Trapinch, hecho de un mineral que Danot no supo identificar a primera vista.

    Preguntándose en qué momento la dependienta se había levantado y llegado ahí, lo cogió para verlo de cerca, notando que el pequeño cuerpo y la enorme cabeza de la réplica habían sido esculpidos al detalle a partir de una pieza única. Dio el visto bueno con expresión animada, y al girarse se halló con una mirada tan profunda y tan oscura que, por un momento, no pudo evitar sentirse algo amilanado. No obstante, la cálida y gentil sonrisa que acompañaba a ésta le tranquilizó de inmediato. «No hay nada que temer», pensó reconfortado, mientras ponía uno a uno los objetos que quería comprar en el mostrador. Con eso listo, sacó su tarjeta y se dispuso a pagar, cuando se percató de la pésima idea que sería viajar con esas delicadas piezas de alfarería en su mochila. Pensó en enviarlas por correo, pero para eso tendría que esperar por lo menos un par de horas, lo cual rompía por completo los planes que se había propuesto para ese día. Mientras pensaba en ello, no dudó en ponerse el colgante de Trapinch, el único objeto con el que pensaba llevar encima.

    —Tenemos un servicio para enviar las piezas por correo, a donde quieras —explicó tranquilamente la dependienta, quien llevaba ya un rato observándole con atención; al parecer, no era la primera vez que un cliente suyo tenía ese mismo problema.

    Danot accedió sin dudar a esa sugerencia, no sin asombrarse por la capacidad de observación de la anciana. Llenó una ficha que ésta le dio con la dirección de su casa y luego pagó por los productos y el importe del envío, pensando que ya le explicaría a su hermano cómo repartirlos. Con eso listo, volvió a agradecerle a la vendedora y dedicó una última mirada al mundo tan particular que había hallado en esa cálida tienda antes de marcharse, pensando en visitarla nuevamente cuando volviera a Mahogany... algún día, seguramente.

    Contento por haberse librado de esa preocupación, siguió caminando hasta llegar al lindero oriental del pueblo, donde se detuvo. Se dio unos momentos para voltear y dirigirle una mirada llena de añoranza a sus alrededores, pues todo ello prácticamente marcaba el límite de lo que conocía en Johto... tras lo cual empezó a andar de nuevo, listo para lo que le deparara el camino, como dejaba ver su expresión decidida.

    Su recorrido por la ruta cuarenta y cuatro fue bastante tranquilo, principalmente porque Danot prescindió de la compañía de sus Pokémon para no cansarlos, a pesar de haber preferido lo contrario. Sin embargo, esto no evitó que fuera desafiado por algún ornitólogo o pescador, lo cual quebró un poco la monotonía que le producía la visión de kilómetros y kilómetros de camino flanqueado por árboles leñosos y pequeños arbustos de hojas amarillentas, idénticos a los que poblaban la ruta entre Ecruteak y Mahogany. Por lo demás, lo único llamativo que el chico vio durante la mañana fue un helicóptero negro que también se dirigía hacia el este.

    Danot llegó finalmente a la falda de la imponente montaña que contenía al Camino de Hielo cuando su Pokégear marcaba poco más de las cuatro de la tarde. Hambriento y necesitado de reposo, se sentó a un lado del camino y sacó de su mochila una botella de agua y una caja de seis onigiris, de las cuales consumió la mitad y dejó la otra para su siguiente parada. Con eso hecho, guardó esas cosas y extrajo una bolsa de dormir de una de las cajas contenidas en una cápsula como la que tenía para su ropa y demás objetos, y se acurrucó dentro de ella para dormir cuatro o cinco horas. Haciéndolo así, llegaría a Blackthorn antes del siguiente mediodía.

    La alarma del Pokégear sonó poco después de las nueve, y lo primero que el chico halló al abrir los ojos fue el cielo estrellado sobre él. Era un espectáculo tan bonito que decidió quedarse así por un rato, contemplándolo fascinado. Treinta minutos después, ya estaba de pie, con una capa extra de ropa por encima y con Hellga y Ray a su lado, listo para adentrarse en el Camino de Hielo. Afortunadamente, no tendrían que escalar la cima nevada que se alzaba a cientos de metros sobre ellos, sino más bien cruzar la amplia abertura presente al pie de la montaña. Los tres la observaban con atención, recordando los meses que habían entrenado ahí con miras a prepararse para el viaje en el que ya habían obtenido siete de las ocho medallas de Gimnasio de Johto.

    —Bueno, vamos ya —instó Danot a sus Pokémon, apuntando hacia adelante con la linterna que llevaba en la mano izquierda.

    Con paso decidido, se adentraron en esa boca de lobo, hallándose con una enorme bóveda de roca que siempre les había hecho sentirse diminutos. El muchacho procuró no llevar el haz de luz hacia lo más alto y, al igual que sus Pokémon, intentó no hacer demasiado ruido al andar. Lo último que necesitaban era un grupo de enfadados Zubat y Golbat dándoles problemas ya desde el principio.

    Avanzaron con sigilo hasta el centro de la bóveda, desde donde pudieron avistar el amplio túnel que llevaba hacia Blackthorn, por lo que apresuraron un poco el paso. Sin embargo, tuvieron que hacerse a un lado cuando tres veloces esferas provenientes del mismo casi les arrollaron. En su reflejo de voltear a ver a sus atacantes, Danot no notó las hábiles manos que le quitaron su mochila, pero sí otras más fuertes que le tiraron al suelo, tras lo cual él, Hellga y Ray fueron cercados por los Pokémon rodantes.

    —Así que por fin llegas —dijo socarronamente Gort, esbozando una sonrisa cruel mientras hacía tronar sonoramente sus nudillos.

    Danot se levantó como un resorte al oír esa voz, encontrándose cara a cara con dos personas que llevaban uniformes negros con una gran R roja en el pecho. A pesar de las linternas frontales que éstos llevaban, el chico no tardó en reconocer al hombre como el soldado Rocket al que se había enfrentado en el Pozo Slowpoke, hacía algunos meses. Pero ese no había sido su primer encuentro, por más que Gort sólo recordara su humillante derrota. A su compañera no la reconoció, pero no le gustó que rebuscara en su mochila, por lo que se apresuró en lanzar con fuerza una Poké Ball al aire.

    —¡Hagane, recupera mi mochila! —ordenó en el acto al apuntar su linterna hacia la cara de Jade, al mismo tiempo que cogía la esfera descendente con la otra mano.

    Desconcertada y cegada, Jade intentó cubrirse el rostro con los brazos, lo cual fue aprovechado por el ave de acero para arrebatarle la mochila, ante la impotente mirada de Gort. Éste le ordenó a las tres esferas que no les dejaran escapar.

    —Gracias —dijo Danot al coger su mochila al vuelo, cerrarla de golpe y ponérsela a la espalda, mientras Hagane aterrizaba a su lado—; ¡Lanzallamas y Rayo! —ordenó a Hellga y Ray, pues todavía debían librarse de los Pokémon que les tenían rodeados.

    Guiándose más por el olfato que por la vista, Hellga exhaló un veloz Lanzallamas y Ray liberó un potente Rayo hacia los Pokémon de Gort, quien no fue lo suficientemente rápido para ordenar un contraataque. Sin embargo, eso fue innecesario, pues el primer ataque apenas les dañó y el segundo ni siquiera les afectó, aunque su frenética carrera estaba empezando a cansarles, por lo que su Entrenador les ordenó detenerse delante de él, bloqueando aún más la vía que su objetivo quería tomar. Eran dos Geodude y un Pokémon mucho más grande hecho también de roca, de seis extremidades y expresión altanera. Como si ello no bastara, Jade liberó también a los suyos: una Azumarill y una Pokémon rosada de cuerpo redondo y grandes ojos azules, una Jigglypuff. Ambas se situaron detrás de sus compañeros de piedra, marcando un claro contraste con éstos.

    —Esto no es bueno —pensó Danot, evidentemente preocupado ante la situación; no dudaba de poder vencer de nuevo a Gort, pero la presencia de Jade y sus Pokémon le ponían en desventaja, al desconocer su capacidad—; ¡Lanzallamas y Rayo, delante de ellos! —ordenó súbitamente, recordando su combate del día anterior.
    —¡Como si eso fuera a servir! —exclamó con saña el musculoso Rocket, confiado por su ventaja aparente—. ¡Rodada a todo poder! —indicó de inmediato.
    —¡Ustedes también! —ordenó Jade, sabiendo que el muchacho y sus Pokémon no podrían huir de esa arremetida conjunta.

    A pesar de ello, Hellga y Ray no se amilanaron y lanzaron sus ataques al unísono, con la coordinación necesaria para hacerlos chocar justo a unos metros delante de sus antagonistas. La explosión resultante fue tan intensa que todos ellos, menos Graveler, fueron lanzados a los lados, mientras un espeso humo negro llenaba el espacio entre el chico y sus asaltantes, incluso llegando hasta éstos últimos.

    Gort siempre había odiado el humo causado por la colisión de ataques eléctricos e ígneos, como demostró al agitar vehementemente sus brazos, en un intento de disipar la oscura nube que le dificultaba la respiración. Su compañera, mucho más tranquila, dio unos pasos atrás mientras le jalaba del cuello del uniforme, frustrada por no poder ver lo que pasaba al otro lado. Para pasmo de ambos, un veloz proyectil plateado pasó por encima de ellos cuando la cortina de humo empezaba a despejarse, con lo que sólo vieron a Graveler, tan confundido como su dueño. Tardaron poco en percatarse de lo ocurrido... y también de un creciente rumor, una mezcla de chirridos y rápidos aleteos.

    —Mierda... —soltaron al unísono Gort y Jade, al verse rodeados por un numeroso y enfurecido grupo de murciélagos de piel azul y alas de membrana morada.

    Sin mirar atrás, Danot se aferró con fuerza a la espalda de Hagane mientras ésta volaba a través del túnel de paredes cubiertas de hielo, impulsándose con sus afiladas garras y alas extendidas cada vez que perdía altura. Aunque esa manera de “volar” era agotadora para su Pokémon, no le pidió detenerse, pues ignoraba si los Zubat y Golbat de la primera cámara serían suficiente distracción para sus perseguidores. Por suerte, había tenido suficiente tiempo para guardar a Hellga y Ray y subirse al ave de acero, a pesar de nunca haberse aventurado a volar montado en ella, dada su inexperiencia y un leve temor a las alturas. Sin embargo, su plan había sido exitoso, por el momento.

    En la cámara cercana a la entrada, unos jadeantes Gort y Jade estaban sentados espalda contra espalda, rodeados por varias pilas de murciélagos debilitados, la gran mayoría de ellos pequeños y sin ojos. Los otros eran más grandes, provistos de vista, alas amplias y colmillos prominentes. Sus Pokémon no estaban en mejor estado, pero al menos habían logrado ahuyentar a los demás.

    —Ha... escapado... —dijo entrecortadamente Gort, intentando recobrar el aliento.
    —No te preocupes... no llegará lejos... sin esto —respondió Jade del mismo modo, mientras levantaba del suelo un estuche blanco con una cruz roja sobre él.
    —¿Es... suyo...? —preguntó, dudoso, recibiéndolo de su compañera y abriéndolo; dentro había una gran variedad de medicinas para Pokémon.
    —Sí... justo había cogido esto... cuando esa maldita ave... me quitó la mochila —explicó con enojo, para luego sonreír maliciosamente mientras cogía una lata de spray.
    —Entonces habrá... que aprovecharlo... —contestó Gort, casi riendo entre dientes por lo irónico de la situación.
    —Hazlo entonces... yo hablaré con la Subcomandante —le instó, ya recuperada, para luego coger una pequeña radio negra que llevaba al lado del cinturón.

    Así, mientras Gort aplicaba indiscriminadamente las medicinas a sus Pokémon y a los de su compañera, ésta entabló comunicación con su oficial superior, informándole detalladamente de todo lo ocurrido.

    —¡Sí, va hacia su posición, señora! —exclamó Jade con exagerada marcialidad; no lo hacía por su gusto, sino porque esa persona era quien firmaba sus cheques de pago.
    —Si es el caso, avancen y cierren las vías de escape del blanco —instruyó una voz femenina muy seria a través del auricular, tras lo cual colgó.
    —Ya oíste, grandote; nos vamos —instó a su compañero, con una mezcla de ironía y camaradería; a pesar de sus disputas, ambos sabían entenderse muy bien cuando se trataba de trabajar.

    Con sus Pokémon recuperados, los soldados Rocket los guardaron y se aprestaron a avanzar por el mismo camino que Danot. Una vez dentro, Gort sacó una Poké Ball de su cinturón y liberó a un pequeño Pokémon metálico de cuerpo redondo y un único ojo en su zona central. Levitaba a varios centímetros del suelo gracias a los magnetos en forma de herradura a ambos lados de su cuerpo, los que agitó con vehemencia al ver a su Entrenador, exigiéndole así algo de acción.

    —Luego, Magnemite; ahora tienes trabajo que hacer —le amonestó Gort, ya que a pesar de agradarle ese carácter conflictivo tan parecido al suyo, no podía soportarlo a veces—; usa tu Electrorred y cierra el camino —ordenó con una sonrisa malévola.

    Frunciendo el ceño (si es que realmente se le podía llamar así), Magnemite generó una espesa fibra electrificada entre los dos tornillos ubicados en su zona inferior, hasta que ésta le igualó en tamaño. Produciendo fuerza magnética, la lanzó hacia el inicio del túnel; ésta fue desenrollándose conforme se alejaba, hasta pegarse a la roca y el hielo con cierta dificultad. Gort pensó en ello como parte de su venganza hacia Danot.

    —Vamos, que todavía tenemos mucho trabajo —les urgió Jade, llevando consigo el botiquín vacío; su compañero y el Pokémon magnético no tardaron en ir tras ella.

    Mientras tanto, varios cientos de metros más adelante, Hagane comenzaba a dar señales de fatiga. Y no era para menos: habían atravesado sin descansar tres túneles y tres cúpulas más grandes que la primera, esquivando a cuanto Pokémon salvaje se les atravesara en el camino. Pero no podían detenerse, al menos no hasta tener la certeza de que se habían alejado lo suficiente de sus acechadores. De tanto mirar hacia atrás, ni Danot ni su Skarmory notaron a tiempo la densa red electrificada que bloqueaba el paso. Queriendo proteger al chico, Hagane se inclinó hacia la derecha para dejarle caer con tanta suavidad como le fue posible. Así, ella acabó rodando y enredándose con esa fibra, que al contacto le asestó una descarga que le dejó inconsciente de inmediato.

    —¡Hagane! —le llamó Danot, a unos pocos metros de distancia; los raspones de la caída le dolían, pero eso era nada en comparación a lo que su Pokémon podría haber sufrido a causa de esa red electrificada.

    Sin demora, se descolgó la mochila y buscó su botiquín a toda prisa, pero por más que removió lo que tenía ahí dentro, no lo halló. Fue entonces que recordó que Jade ya la había abierto cuando Hagane se la arrebató, y que seguramente éste se había caído en ese momento. Resignado, solamente le quedaba huir antes de que le alcanzaran.

    —Muchas gracias, Hagane —expresó sinceramente Danot antes de guardarle en su Poké Ball; no tardó en coger otra y liberar a la criatura en su interior.

    Se trataba de un risueño espectro de cuerpo (o cabeza, según se viera) púrpura y gruesos picos a los costados del mismo. Sus ojos, triangulares y de pequeñas pupilas negras, se clavaron sobre Danot con cierto aire de reproche. No era de extrañar, pues eran raras las veces en las que éste le incluía en su equipo; la última había sido para la batalla de Gimnasio en Cianwood. Sin embargo, no tardó en dejar esa pantomima y le “abrazó” con sus manos de gruesos y puntiagudos dedos, las cuales estaban separadas del resto de su anatomía.

    —También me alegra verte, Geist —le dijo Danot, al acariciarle la zona superior de su cabeza, tangible en ese momento.

    No se habría atrevido a hacer esa temeridad con cualquier otro Haunter, salvaje o no, dada la toxicidad de los gases que esa especie emitía. Sin embargo, si estaban en confianza y no consideraban a una persona u otro Pokémon como una presa potencial, entonces eran capaces de suprimir ese mecanismo natural.

    —Vamos —le instó seriamente mientras apuntaba hacia adelante con la linterna, sabiendo que todavía no estaban a salvo.
    —¡Jon, jon, jon! —rió contentamente Geist, para luego ponerse al lado del chico y dejar ver que era casi tan alto como él; ¿la razón? No le gustaban las luces intensas.
    —Usa Tinieblas en esa red y avancemos —indicó Danot, sintiéndose más tranquilo al escuchar esa risa y agradeciendo su compañía; realmente iba a necesitarla si Jade y Gort no eran los únicos soldados Rocket presentes en el Camino de Hielo.

    Notando la preocupación de su Entrenador, Geist se tomó el asunto con seriedad a pesar de no dejar de reír y sonreír. Sin mayor demora, disparó desde sus ojos un par de tenebrosos rayos púrpuras que desintegraron la red desde el centro. Con el camino libre, ambos avanzaron tan velozmente como las piernas le permitieron al muchacho... hasta que se toparon con otra Electrorred bloqueando el paso. Geist la desintegró con otra emanación sombría, mientras su Entrenador le iba explicando todo lo ocurrido.

    La siguiente hora fue más de lo mismo y el fantasma empezaba a mostrar señales de aburrimiento, más que de agotamiento. A pesar de no tomarse a broma el hecho de ser perseguidos, deseaba algo de acción, pues ni siquiera los Pokémon salvajes salían de las madrigueras camufladas por el hielo en las paredes. Es como si tuvieran miedo de algo... o de alguien. Sin embargo, cuando desintegraba la enésima Electrorred que les obstaculizaba el camino, fue golpeado por una esfera sombría que le explotó en la cara, debilitándole de inmediato.

    —¡Geist! —le llamó un preocupado Danot al girarse; le hizo volver rápidamente a su Poké Ball y tomó la de Hellga.

    Pero no pudo hacer mucho más que esto pues, al girarse hacia adelante, se topó con un par de pequeños ojos rojos rodeados de un relajante fulgor azul. La Hipnosis no tardó en hacer efecto sobre él, con lo que cayó pesadamente al suelo, indefenso.

    —Bien hecho, Drifblim —le felicitó una mujer joven de ojos color miel y expresión seria, muy acorde a la responsabilidad que tenía en su organización—; cárgalo, que el Comandante Linus ya ha esperado demasiado —indicó luego, mientras se apartaba con elegancia los mechones de cabello rojo que le cubrían parcialmente el ojo derecho.

    Dicho Pokémon, un globo aerostático fantasmal de color púrpura, usó sus cuatro apéndices similares a cintas lavandas y amarillas para envolver con fuerza las piernas y el torso de su víctima. Mientras tanto, su dueña liberaba a una polilla morada de alas rojiverdes y gruesas antenas amarillas, casi tan grande como Drifblim, quien medía cerca de metro y cuarto de estatura.

    —Vámonos ya —les instó Rubí, parada detrás del fantasma; su Dustox no tardó en situarse entre ambos y aletear con algo de fuerza, dándole a su compañero el impulso necesario para moverse con la carga que llevaba.

    Danot se sentía muy ligero y, al mismo tiempo, muy frío. Todo a su alrededor era oscuridad y sus sentidos estaban completamente adormecidos. Lo primero que recobró fue el oído, y con ello, su sentido del equilibrio. Así, pudo escuchar las pisadas de una persona que caminaba detrás de él y el fuerte aleteo que le acompañaba. Lo siguiente fue el tacto, lo cual le permitió saber que estaba siendo sujetado con firmeza y, junto al sentido anterior, que lo estaban llevando hacia algún lugar en contra de su voluntad. El gusto y el olfato no le brindaron ninguna información relevante, salvo el agradable aroma del perfume de su captora. Cuando por fin pudo volver a ver, notó que se movía a apenas unos pocos centímetros del suelo. Intentó zafarse, pero le resultó imposible. Todavía sentía todo sus músculos entumecidos.

    Demoraron poco en llegar a una bóveda natural mucho más grande que todas las anteriores, casi tanto como el estadio principal de cualquier liga regional. En el centro de ésta se encontraba una persona que les esperaba, pero Danot solamente pudo ver sus botas negras y la parte inferior de su elegante pantalón púrpura. Pudo comprobar que su captora vestía de forma similar cuando ésta se le acercó. Ese individuo hablaba por radio con Jade, a quien le ordenó apresurarse en alcanzarles.

    —Comandante Linus, aquí está el chico —informó Rubí con tono de voz marcial, al dedicarle un saludo igual a su superior.
    —Excelente, Rubí —le felicitó cordialmente el aludido; su voz era grave y su tono, confiado; sin embargo, había algo más en él que no terminaba de encajar para Danot.
    —¿Qué hago con él, señor? —preguntó ella, expectante; al igual que Gort y Jade, ignoraba los planes que su superior tenía para él, aunque tenía una ligera sospecha.
    —Por ahora, ponlo el posición vertical —indicó, sonando muy seguro de sí mismo.
    —Ya escuchaste, Drifblim —dijo Rubí a modo de orden para su Pokémon.

    Dicho y hecho, el fantasma desenvolvió uno de los apéndices que tenía en torno al pecho de Danot para luego rodearle con éste el hombro izquierdo, y repitió esto con el otro para cogerle el derecho. Teniéndole así, empezó a levantarlo poco a poco, pero el chico siguió viendo sólo las piernas de Linus, al tener la cabeza gacha, mientras sentía que su entumecimiento desaparecía por completo. Cuando Drifblim finalmente le dejó perpendicular al suelo, su víctima alzó la mirada gradualmente, fijándose en la cómoda chaqueta púrpura con una R roja mediana estampada en la parte izquierda del pecho. Danot no le dio importancia a ello, sobre todo cuando pudo ver el rostro de quien había ordenado su captura. Ojos negros, cabello corto del mismo color y una expresión de completa confianza, mezclada en ese preciso momento con una mueca de diversión.

    Danot por fin comprendió por qué esa voz, ese tono y esa confianza se le hacían tan conocidos.

    El respetado e igualmente temido Comandante Linus era... Robert Conrad.


    Última edición por Trainer Danot; 26-01-2016 a las 08:34 AM.

  9. #9
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    Round 003 — Infierno glacial

    Round 003 — Infierno glacial

    Camino de Hielo, 07 de Octubre, Año 1, 1:27 AM

    Debía ser una broma. O una pesadilla. Sí, seguramente se había quedado dormido fuera del Camino de Hielo. Pero, por más que quisiera creer esto, sabía que no podía negar la verdad. La persona a la que había llegado a admirar en tan poco tiempo y que le había animado a entrenar más era en realidad un miembro del Equipo Rocket. Danot poco pudo hacer para esconder la decepción y el desasosiego que sentía.

    —Debes estar preguntándote por qué estás aquí —comentó tranquilamente Linus; no era para menos, ya que estaba en completo control de la situación.
    —Sí —admitió Danot, muy consciente de ese dominio—; aunque ahora mismo me preguntaba si debería llamarte Robert o Linus —preguntó con ironía, todavía dolido por el engaño, tanto como para no recordar bien la situación en la que se encontraba.
    —Llámame Linus; Robert Conrad es un alias que utilizo cuando voy de incógnito —contestó del mismo modo, demostrando que su confianza sería un hueso duro de roer—; en todo caso, ahórrate la hostilidad, porque lo único que quiero es tener una charla tranquila contigo —explicó cordialmente, buscando calmar los ánimos del muchacho.
    —¿Y para eso es necesario tenerme así? —replicó con molestia.

    La actitud desafiante del cautivo sobresaltó a Rubí, quien quiso hacerle pagar en el acto esa falta de respeto. Sin embargo, antes de que pudiera ordenarle a su Drifblim que aplicara más presión, Linus le detuvo con un gesto de su mano derecha.

    —Soy consciente de lo incómodo de tu posición, pero sé de lo que eres capaz y no correré el riesgo de no poder tener esta conversación —aludió Linus, en referencia a lo ocurrido con Gort meses atrás.
    —Te escucho —cedió finalmente Danot, a pesar de su parquedad; al menos, eso le daría tiempo para encontrar alguna manera de escapar.
    —Iré al grano —dijo, complacido ante lo razonable que se mostraba su interlocutor—; quiero que te unas al Equipo Rocket, obviamente como mi subordinado —explicó de la manera prometida, mientras dejaba ver una clara sonrisa de suficiencia.

    Dicha proposición tomó a Danot completamente por sorpresa, al igual que a Rubí, quien pareció recomponerse de inmediato. A pesar de tener sus dudas sobre el chico, confiaba mucho más en el criterio de su superior que en sus propias impresiones.

    —¿Por qué yo? —preguntó Danot, sin creerse ni un ápice de lo que acababa de oír.
    —Porque creo que tienes un potencial que sería una lástima desperdiciar —afirmó Linus, con la mirada fija en él, demostrando así su control sobre la conversación.
    —No sé de qué hablas —negó en el acto, al ignorar a qué se refería exactamente—; además, ¿por qué ofrecerle algo así a alguien que se ha entrometido en tus planes? —cuestionó a continuación, dudando que agentes Rocket del rango de Linus fueran por el mundo ofreciendo puestos en su organización de esa manera tan desenfadada.
    —Porque prefiero convertir a mis potenciales enemigos en aliados —expuso, sin un ápice de duda—; si eso no es posible, por más que alguien pueda ser muy inteligente, fuerte o hábil... debe ser eliminado si es que se empeña en oponerse a nosotros —dijo con marcada severidad, entornando los ojos y frunciendo el ceño.

    El muchacho no pudo sino admirarse ante el razonamiento de su interlocutor, cuyo carácter distaba mucho de la cólera e impulsividad propias de Gort, antes de comenzar a sentir escalofríos tras escuchar su última afirmación. Y a ello siguió otra vez la duda.

    —Sigo sin entender por qué estoy aquí —insistió, sin mostrarse tan firme como al principio; las palabras de su interlocutor habían tenido el efecto deseado.
    —Porque tuviste suerte de que tus dos encuentros con mi subordinado no fueran misiones oficiales —explicó Linus con calma; sin embargo, recordaba bien la mueca de asco que dedicó a Gort al conocer la razón real de su presencia en el Pozo Slowpoke.
    —De todos formas... —comenzó a decir Danot, con un mejor entendimiento de la situación—, ¿qué beneficios me daría unirme a ustedes? —preguntó, mostrándose aún reacio a aceptar; a pesar de ello, no podía negar que tenía curiosidad por lo que Linus sería capaz de ofrecer con tal de convencerle.
    —Dinero, poder, fama... todos son aspectos de lo mismo que busca la mayoría de nuestros asociados: la forma más rápida y fácil de cumplir sus propias metas —explicó convencidamente, a pesar de no ser su caso; se preguntó qué motivaría al muchacho a aceptar su propuesta—; además, tendrás la seguridad de que nada acabará con la vida que quieras llevar, al habernos jurado lealtad y odediencia absolutas —agregó al cruzar los brazos y levantar altivamente la mirada.

    Danot no lo notó, pero Rubí le dirigió una leve mirada de pena a su superior al oír esas últimas palabras, mientras éste se mantenía impasible. A pesar de lo que pudiera parecer, Linus se sentía muy identificado con su interlocutor, y lo última que quería era hacerle pasar por el mismo suplicio que tantos otros que habían intentado ser héroes y habían acabado convirtiéndose en mártires anónimos. Sin embargo, no podía ni debía concederle más que eso... la decisión era solamente suya.

    Por su parte, ante el prospecto de morir ahí mismo si no hilaba fino, Danot se dio cuenta de algo importante para él. No se trataba de la gran tristeza que le causaría no volver a ver a su familia o a sus Pokémon, sino de algo más, algo que no podía olvidar, por más que quisiera: su naciente deseo de seguir con su vida de Entrenador viajero. Y por más que pareciera buena, la oferta de Linus no era el mejor camino para lograrlo. No dudaba de que fuera muy lucrativa, pero implicaba seguir órdenes de gente que no tendría los escrúpulos de detenerse ante nada ni nadie que les plantara cara. Además, no creía realmente que pudiera estar a salvo de sus compinches, y menos de la policía y de sus eventuales operaciones conjuntas con el Alto Mando de Kanto y Johto. No le gustaba nada la idea de ser un proscrito de la sociedad, pero mucho menos lo hacía la de darle el rumbo de su vida a alguien que no dudaría ni por un segundo en sacrificarla para sus propios fines.

    —Es una oferta tentadora, pero tendré que rechazarla —afirmó Danot, entornando también los ojos, a pesar de saber que podría estar cavando su propia tumba con eso; tenía miedo de morir, pero mucho más se lo tenía a vivir una vida que no sería suya.
    —Entonces no tengo nada más que hacer aquí —respondió escuetamente Linus, dándole la espalda—; nada excepto atar los cabos sueltos —afirmó al apuntarle con un revólver que había sacado de la funda oculta en su chaqueta.

    A Danot se le erizó cada cabello del cuerpo al ver esa arma, la cual Linus apuntaba inconmoviblemente hacia su cabeza. Su corazón latía mucho más rápido, comenzaba a sudar frío y temblaba sin poder controlarlo. Supo que era el final cuando le vio apretar el gatillo, por lo que sólo atinó a cerrar los ojos y esperar por la bala que acabaría con su vida. Pero ésta nunca llegó, y al abrirlos de nuevo, comprobó que estaba ileso.

    —Cualquiera de mis colaboradores te habría disparado por lo menos dos veces sin fallar, pero sigo creyendo que eso sería un desperdicio —afirmó Linus, tras guardar su arma—; así que, ¿por qué no apostamos tú y yo? —sugirió, mientras sacaba de uno de sus bolsillos algo que el chico no alcanzó a ver.
    —¿A qué te refieres? —preguntó éste, confuso por esas palabras.
    —Si ganas, te dejaré ir; tienes mi palabra —prometió seriamente, sin hacer caso a la incrédula expresión del chico—; pero si pierdes, deberás unirte a nosotros —añadió con el mismo tono, dejando ver las tres Poké Balls minimizadas que tenía en la mano.

    «¿De verdad me está dando una oportunidad para huir?», «¿acaso puedo confiar en él?», «¿de verdad me cree capaz de arriesgar mi futuro en una batalla Pokémon?», estas preguntas retumbaban una y otra vez en la mente de Danot. Supuso que si Linus estaba dispuesto a apostar, era porque tenía toda la seguridad de ganar, y no era para menos, considerando su desempeño en la última batalla que habían tenido. Derrotarle sería extremadamente difícil, pero ese era el combate de su vida... literamente, porque decidiría cuál sería su destino inmediato, fuera cual fuera el resultado. De por sí, Danot no se consideraba a sí mismo alguien que corriera riesgos, a menos que éstos fueran mínimos, pero la situación lo ameritaba, lo cual le motivaba mucho más a dar todo de sí para obtener la victoria... tal y como pensaba hacer en la Conferencia Plateada. Así, aunque no pudiera cumplir con su deseo del modo en el que había elegido vivir, pensó que será mejor que cumplirlo de una forma en la que no pudiera disfrutarlo realmente. E incluso si perdía, hallaría la manera de conseguirlo, pero ya se ocuparía de pensar en ello si acaso se daba la circunstancia.

    —Dime qué reglas usaremos —pidió Danot al trabar miradas con su interlocutor, dejándole ver la determinación que llenaba la suya; su objetivo estaba claro: recuperar su futuro, ese en el cual sería solo él quien decidiera.
    —Tres Pokémon por lado; sin cambios; liberarás al tuyo primero —estableció Linus con una sonrisa confiada, tras lo cual le dedicó una mirada seria a su subalterna.

    Ésta asintió en el acto y, con pasos ágiles, se situó junto con Dustox en la entrada de la bóveda. Tras ello, Drifblim soltó suavemente al chico tras dejarle pisar el suelo y se colocó en la salida, la cual Linus también bloqueó tras haberse alejado unos veinte metros. Danot sólo atinó a frotarse las zonas donde el globo fantasmal le había estado cogiendo, percatándose de esa formación al volver a erguirse, así como la presencia de una lámpara halógena de gran potencia ubicada en un recóndito rincón de la bóveda.

    —Pido disculpas por esto, pero ambos sabemos que no pensabas confiar sólo en tu habilidad con los Pokémon —afirmó Linus al cruzar los brazos y verle con altiveza; no pensaba darle la oportunidad de repetir lo hecho en la primera cámara.
    —Parece que no puedo pillarlo por sorpresa —pensó Danot al ver truncado su plan de escape más inmediato—; ¡empecemos entonces! —exclamó con fuerza, tras lo cual cogió una Poké Ball de su cinturón y la maximizó con un toque suave.

    Era consciente de que apenas contaba con dos tercios de su equipo, así que debía aprovechar las escasas ventajas que tenía. Y la elección de Ray como primer Pokémon obedecía a un patrón que le parecía haber notado en los Pokémon de su contendiente; además, la bóveda era lo suficientemente amplia para hacer buen uso de su velocidad. Linus sonrió complacido, y en el acto liberó a su propio Pokémon, uno ideal para lidiar con oponentes rápidos, tal y como había anticipado. El ser en cuestión, una mezcla de cactus antropomorfo y espantapájaros de casi metro y medio de estatura, extendió las espinas que tenía en los brazos mientras los agitaba con fuerza y fijó sus intimidantes ojos amarillos de pequeñas pupilas negras en el Pokémon eléctrico. Éste, sin embargo, no se quedó atrás y erizó mucho más su hirsuto pelaje, sintiendo que ese no iba a ser un combate cualquiera, por lo que no dudó en voltear la mirada hacia la de Danot.

    —Sí, estamos en un buen lío, así que por favor tómatelo en serio —pidió éste, con tono preocupado y la mirada fija en el cactus; como imaginaba, Linus se especializaba en Pokémon de tipo siniestro.
    —¡Yoolt! —gruñó Ray, al dirigir la mirada hacia su oponente y apretar los dientes; no pensaba darle ni un respiro.
    —Comencemos —sugirió Linus, mientras su Pokémon seguía agitando los brazos y haciendo extraños gestos con su boca, la cual parecía más una hilera de huecos sobre la piel de su intimidante cara—. ¡Día Soleado! —ordenó de inmediato.
    —¡No lo dejes! ¡Doble Rayo! —indicó Danot en el acto; no sabía qué pretendía su rival, pero sí lo peligroso que podía ser si se le dejaba tan sólo un pequeño margen.

    Sin contemplaciones, Ray apretó fuertemente sus patas sobre el frío suelo de roca antes de disparar un veloz rayo bicolor en dirección del espantapájaros siniestro. Éste, siguiendo la orden de Linus, había generado entre sus brazos una pequeña bola de luz que lanzó hacia las alturas antes de comerse de lleno el ataque de su contrincante. Así, ésta siguió subiendo mientras crecía al absorber oxígeno, alcanzando el tamaño de un automóvil pequeño al tocar el techo.

    A pesar del calor que comenzaba a llenar el lugar, Ray no dudó en usar otro Doble Rayo hacia el caído por orden de Danot. Éste lamentó tener que recurrir a ello, pero en esa batalla estaba en juego mucho más importante que una medalla de Gimnasio. Sin embargo, Cacturne no era moco de pavo, como demostró al levantarse de un ágil salto a pesar del daño recibido y liberar desde su boca un grueso rayo de luz que interceptó ese ataque y causó un fuerte estallido que llenó el centro de la bóveda, deslumbrando a todos los presentes por un instante. Y ese tiempo le bastó al cactus para disparar a traición otro Rayo Solar que desintegró el suelo delante de su contrincante, quien, algo lastimado, salió volando hacia los pies de su preocupado Entrenador.

    —Desarrollo —fue la escueta orden de Linus, quien había encontrado la pequeña brecha que necesitaba.

    Cacturne no tardó en forzar su cuerpo a crecer apreciablemente, mientras su piel adquiría una tonalidad mucho más verde y viva. Así, alcanzó un tamaño que fácilmente duplicaba al de Ray, quien apretando los dientes se reincorporó, listo para la segunda ronda. Le bastaron unos segundos para llegar al centro de la bóveda y lanzar desde ahí su rayo bicolor. Sin embargo, el cactus contestó con un Rayo Solar mucho más fuerte que el anterior, tanto que engulló completamente al Doble Rayo y obligó al Jolteon a apartarse para no correr la misma suerte. La gruta se remeció cuando el ataque golpeó la pared de roca, dejando un boquete tan grande como la entrada del Camino de Hielo.

    —¡Ataque Rápido! —cambió de estrategia Danot, aprovechando la velocidad de su Pokémon y el cansancio de Cacturne, a pesar de la potencia de sus ataques.
    —Tormenta de Arena —ordenó Linus con calma, al esbozar una confiada sonrisa; había tenido toda la situación controlada desde el principio del combate.

    Y Cacturne lo demostró al girar frenéticamente, utilizando uno de sus anchos pies como apoyo y liberando por cada poro de su cuerpo partículas de arena que llenaron la bóveda. Esa maniobra no sólo le permitió extinguir la esfera de luz que él mismo había creado, sino también repeler la carga frontal de su rival, quien quedó completamente expuesto a la tempestad de arena. No obstante, éste reaccionó abalanzándose otra vez sobre el espantapájaros, solamente para ser evadido gracias al Velo de Arena de éste, y recibir en un lado un furibundo puñetazo que absorbió parte de su energía vital antes de mandarle a volar cerca de su Entrenador por segunda ocasión.

    —¡¿Ray, estás bien?!—preguntó éste en voz alta, al estar cubriéndose la nariz y la boca con un brazo; por suerte, sus lentes deportivos protegían sus ojos y le permitían ver con algo de claridad en medio de la arena.
    —¡Yoolt! —respondió el aludido al reincorporarse y buscar a su contrincante con el olfato, al no poder fiarse de su vista en tal situación.
    —¡Entonces ve hacia adelante y usa tu Doble Rayo! —ordenó apenas vio que Ray dirigía la mirada hacia una dirección concreta.
    —Ya sabes qué hacer —indicó discretamente Linus, cubriéndose la cara con ambos brazos y dejando apenas una franja entre ellos para poder ver.

    Ray avanzó con una mezcla de decisión y furia, y se aprestó a desplegar su Doble Rayo cuando llegó nuevamente al centro de la bóveda. No obstante, su contrincante se anticipó esa intención ofensiva y se lanzó a su encuentro mientras era rodeado por una intensa aura negra. Así, esquivó el rayo bicolor con un ágil brinco y su habilidad para mimetizarse con la arena, pero ello no le bastó para huir del fino olfato de Ray, quien, sintiéndole venir, pudo hacerse a un lado para asestarle un par de violentas coces que le derribaron. Por primera vez en la batalla, Linus dejó ver una expresión de sorpresa.

    —Giga Drenado —ordenó éste, muy consciente el riesgo que corría su Pokémon si no recuperaba algo más de vitalidad antes de recibir otro ataque como el anterior.
    —¡Esquívalo! —fue la rápida indicación de Danot, queriendo evitar que el cactus se recuperara a la vez que causaba daño, sobre todo en ese clima tan adverso para Ray.

    Levantándose rápidamente, Cacturne desplegó desde los orificios que formaban su boca una serie de hilos verdes de energía, queriendo absorber otra vez la energía vital de su oponente. Éste, sin embargo, los evitó apelando a su notable velocidad, tratando de situarse en una posición cómoda para contraatacar, pero le resultó imposible por el asedio de los filamentos del espantapájaros. A ese ritmo, lo único que conseguiría sería cansarse y seguir siendo lastimado por el vendaval arenoso.

    —¡Rayo! —mandó presurosamente Danot, para extrañeza de sus contrarios y del propio Ray, quien decidió confiar en su decisión, a pesar de no considerarla adecuada.

    Sin dilación, el Pokémon eléctrico disparó una potente descarga hacia la aparente posición de Cacturne, cuyos látigos de energía la interceptaron fácilmente, anulándola y alcanzando a su sorprendida víctima. El contacto con todo ellos le resultó doloroso en extremo, mientras sentía cómo su energía vital era drenada rápidamente. Confundido, se preguntó por qué el chico había permitido esto, esperando una respuesta inmediata.

    —¡Doble Rayo, a toda potencia! —ordenó Danot en el acto, quien a regañadientes había dejado a Ray recibir el ataque para poder tener un blanco mucho más accesible.

    Sin dejar tiempo de reacción a su oponente, Ray abrió la boca y disparó un rayo bicolor hacia su dirección, anulando sus hilos drenadores y golpeándole directamente, con tanta fuerza que acabó empotrándole contra el muro de roca más cercana. A pesar del impacto recibido, Cacturne se reincorporó de inmediato, si bien se mostraba muy maltrecho, mientras que su contrincante se hallaba en una situación muy parecida, por el continuo asedio de la Tormenta de Arena. El siguiente intercambio de ataques podría ser el último para cualquiera de ellos, pero el cactus contaba con la ventaja del clima, por lo que Danot debía encontrar un modo de revertir tal situación. Dada ésta, sólo le quedó rogar con todas sus fuerzas que el plan que se le acababa de ocurrir funcionara.

    —¡Ataque Rápido! —ordenó el chico, esperando que Linus no se diera cuenta de su verdadera intención antes de que fuera demasiado tarde para él.
    —Golpe Bajo —contraatacó el Comandante Rocket, sabiendo que Cacturne tendría la ventaja en una confrontación física.

    Con renovada confianza en su Entrenador, Ray se lanzó en pos de su oponente a toda velocidad; éste, valiéndose otra vez de esa intención ofensiva, se envolvió de una aura negra antes de salir a su encuentro. Ambos avanzaban tan rápidamente como les permitía su cansancio, preparados para lo que podría ser el golpe final. Sin embargo...

    —¡Deténte y usa Deseo! —ordenó abruptamente Danot, para sorpresa de Linus y Rubí, quienes ya daban por hecha la colisión y posterior victoria del espantapájaros.

    Le costó, pero presionando sus patas contra el suelo y sus dientes entre sí, Ray se detuvo a quizá tres metros de su oponente, quien viéndose desprovisto de la intención ofensiva que alimentaba su ataque, se quedó parado como lo que era. Ignorándole por completo, a salvo por el momento, el Jolteon cerró los ojos para hacer una plegaria, generando de ese modo un sinnúmero de pequeños e intentos brillos dorados que no tardaron en precipitarse a tierra, sin ser afectados por la tempestad de arena.

    —Muy astuto —admitió mentalmente Linus, admirado de que el chico conociera la truculenta naturaleza del Golpe Bajo, por lo que tomó nota de ello para el futuro—; ¡usa tu Puño Drenador! —ordenó, queriendo apelar aún al cuerpo a cuerpo.
    —¡Huye, Ray! ¡Que no te alcance! —indicó Danot de inmediato, queriendo llevar a cabo la segunda parte de su estrategia.

    Mostrando de nuevo sus excelentes reflejos, Ray evitó un fuerte puñetazo rodeado de un aura verde capaz de drenar energía vital, pero Cacturne no se dio por vencido e intentó propinarle una retahíla de ellos desde todos los ángulos posibles. Sin embargo, ninguno pudo tocar a su oponente gracias a los oportunos saltos y giros que éste daba, si bien la tormenta seguía lacerándole poco a poco, de manera inmisericorde.

    Pasó cerca de un minuto en el que mantuvieron ese juego del gato y el ratón, tras el cual se sucedieron tres hechos que determinarían el resultado de la batalla: primero, la remisión de la Tormenta de Arena, lo cual dejó a ambos Pokémon a la vista de los presentes; segundo, el regreso de Cacturne a su tamaño normal, con lo cual perdió el poder físico y especial con el que amenazaba a su oponente; tercero, un brillo dorado que envolvió a Ray, restaurando su energía y curando la mayoría de sus heridas. Linus se mostró sorprendido por esa confluencia de eventos, pero se negó a atribuírselo a la casualidad, sobre todo al recordar su primera batalla con Danot. Sonrío, satisfecho. El combate sería mucho más desafiante de lo que había pensado en un principio.

    —¡Doble Rayo! —mandó de inmediato el chico, queriendo terminar de una vez con el Pokémon del Comandante Rocket.

    Éste se mantuvo en silencio, sin darle órdenes a su Pokémon, quien con ahínco se lanzó por enésima vez sobre su antagonista, con sus dos brazos llenos de una brillante aura verde. Lo hizo incluso cuando le vio disparar el rayo bicolor desde su boca, el cual le impactó de lleno en el pecho. A pesar de la ardiente sensación en esa zona, no cejó en su esfuerzo de avanzar y darle un puñetazo, poniendo todo de sí en ello. Fue tanta su determinación que finalmente pudo alcanzarle... poco antes de caer debilitado.

    Linus no demoró en retirar a su Pokémon y liberar al siguiente, mientras Ray hacía buen uso de ese breve lapso para conjurar otro Deseo por orden de Danot, a quien se había acercado tras la derrota de Cacturne. El chico agradeció haber sido cauto, ya que el substituto de éste era un ser aun más temible, a pesar de tener la misma estatura. El monstruoso escorpión de cuerpo segmentado vio con desdén a su próxima víctima, pensando en destrozarle con sus poderosas pinzas, arrancarle trozos de carne con sus masivas mandíbulas o aplastarle con su alargada cola, si es que acaso su dueño quería que fuera rápido. En caso contrario, le haría sufrir lentamente con sus inicuas toxinas.

    —Terremoto —indicó Linus con calma, tras ver con atención el techo de la bóveda.
    —¡Salta y Rayo! —contraatacó Danot de inmediato; si ese Drapion era tan fuerte como parecía, Ray difícilmente podría resistir un golpe como ese.

    Resignado a no poder empezar usando sus mejores armas, el escorpión de coraza morada ocasionó una potente onda sísmica al impactar el suelo con dos de sus cuatro patas articuladas. Sintiéndola venir, Ray dio un salto en el momento adecuado y, una vez en el aire, se dispuso a disparar su ataque eléctrico; sin embargo, una estalactita enorme cayó entre ambos y le sirvió a Drapion como escudo. Instintivamente, Danot levantó la mirada para ver el techo, lleno de afiladas protusiones... ¡y una de ellas se precipitaba sobre él! Reaccionó de inmediato y saltó hacia un lado, justo antes de que ésta atravesara el sitio donde había estado parado. Pasado el susto, centró su atención en el campo de batalla, sembrado de varias estacas de roca que limitaban la movilidad de Ray, quien a falta de órdenes buscaba un punto idóneo para contraatacar. Drapion tampoco se había quedado quieto, y aprovechando su particular anatomía, atacaba con sus pinzas cubiertas de energía oscura o con su cola brillando de color morado desde el suelo o subiéndose a las estalactitas. A pesar del asedio, el Jolteon eludía esos ataques mientras respondía con descargas que tampoco eran capaces de alcanzar a su blanco.

    —¡Ataque Rápido! —Danot retomó el control de la situación, con una idea de cómo podrían volver a dominar el combate.
    —Tajo Umbrío —contraatacó Linus, muy tranquilo a pesar de tener una estalactita clavada a apenas veinte centímetros de su pie izquierdo.

    Drapion alzó sus pinzas que brillaban de color negro, y se preparó para recibir a su oponente. Éste era muy consciente del riesgo que corría, pero el chico al que obedecía merecía toda su confianza, y por ello siguió adelante, tan rápidamente que pudo evitar esos mortíferos apéndices y golpearle en un costado, pasando de largo a causa de la peculiar anatomía del escorpión. No le había lastimado mucho, pero eso no importaba, porque Ray ya había logrado lo que Danot quería: colocarse a la espalda de Drapion y atacarle desde un punto ciego.

    —¡Rayo! —ordenó, creyendo que sus rivales no tendrían tiempo para reaccionar.

    Apretando los dientes, Ray se apresuró en reunir electricidad y dispararla hacia su desprevenido oponente... cuya achatada cabeza giró ciento ochenta grados, para total sorpresa de su atacante. La distracción le sirvió para golpearle contundentemente con su cola brillando de color morado, aplastándole contra el frío suelo. Ello, sin embargo, no bastó para detener el ataque eléctrico, el cual le lastimó moderadamente.

    —Cógelo con tus pinzas y utiliza Colmillo Hielo —ordenó fríamente el Comandante Rocket, del mismo modo que veía la situación.
    —¡Ray! —le llamó un sumamente preocupado Danot, esperando que su Pokémon pudiera escapar a pesar del daño recibido.

    El Jolteon sentía que el mundo le había caído encima, y no era para menos, dada la fuerza que Drapion ejercía sobre él con su cola, la cual no tardó en ser acompañada por la presión de sus pinzas en el cuello y una de sus patas traseras, en una increíble demostración de flexibilidad. Ray intentó zafarse del agarre pateando al aire, pero fue inútil, aun cuando su captor retiró la cola y le levantó con facilidad, tras lo cual le hincó sañosamente sus colmillos llenos de hielo, para pasmo de Danot.

    Viéndose en esa situación tan precaria y sufriendo con la hipotermia que el ataque de su contrario empezaba a producirle, Ray se dispuso a soltar de golpe la electricidad que le quedaba. Notando esto, Drapion dejó de sujetarle con sus pinzas por orden de Linus, y débil como estaba, la descarga no fue capaz de superar la poca conductividad del hielo que había cubierto prácticamente la mitad izquierda de su magullado cuerpo. En un acto de arrogancia, el escorpión volvió a girar su cabeza y aprovechó el impulso para arrojar a su congelado y derrotado oponente a los pies del Entrenador de éste.

    —Ray... —Danot se hincó ante él y retiró como pudo el hielo pegado a su piel, a pesar de la incómoda sensación de humedad que comenzaba a llenar sus guantes.

    Inconmovible ante la escena, Drapion se dispuso a abalanzarse sobre ambos en el acto, pero al voltear para pedir el permiso de su dueño, se halló con una mirada seria, además de un gesto de mano que le indicaba quedarse quieto. Linus les observaba con atención y, a pesar de sus intenciones, no quería romper la única regla implícita de la batalla: no atacar al otro Entrenador. Además, entendía la preocupación que el chico sentía y no quería que él experimentara en carne propia lo que significaba enfrentarse a alguien a muerte... al menos, no si podía evitarlo.

    Con algo de esfuerzo y las manos entumecidas por el frío, Danot finalmente pudo quitar todo el hielo que apresaba el frágil cuerpo de Ray, y tras una última caricia en la frente, le hizo volver a su Poké Ball. El chico se levantó y dirigió una mirada seria hacia sus antagonistas, sólo para notar que Drapion estaba reprimiendo sus ansias asesinas, como dejaba ver el irregular movimiento de sus pinzas y cola. Fue en ese instante que entendió que, a pesar de la violencia empleada, Linus estaba respetando no solamente las reglas del combate, sino también su vida.

    —Bien, continuemos —dijo Danot mientras relajaba su expresión; a pesar de ello, por dentro se mantenía totalmente serio y enfocado en el reto que tenía por delante.

    Sin demora, liberó a una salamadra celeste de apariencia despreocupada, la cual contrastaba mucho con la de su oponente, quizá porque la diferencia de estatura entre ambos era negligible. O quizá porque se sentía segura por la ventaja de tipo que tenía, o sencillamente porque era parte de su naturaleza.

    —¡Salma, Disparo de Lodo! —ordenó Danot, apelando a la ventaja de tipo.
    —Evádelo y usa Afilagarras —pidió tranquilamente Linus, apeleando a un aumento que le permitiría a Drapion superar la buena resistencia de la anfibia de piel viscosa.

    Abriendo su gran boca, Salma expelió una andanada de glutinosos chorros de lodo hacia Drapion, quien ni corto ni perezoso comenzó a moverse por el campo sembrado de estalactitas que le sirvieron de improvisados escudos. Éste aprovechó todo respiro disponible para frotar entre sí sus tenaces pinzas, con lo que sus músculos se tensaron considerablemente, a la vez que la percepción de sus alrededores se hacía más clara. Sólo le faltaba hallar el instante ideal para contraatacar, y éste se dio cuando Salma, cansada por la seguidilla de ataques, se detuvo para tomar un poco de aire.

    —¡Tajo Umbrío, ya! —exclamó súbitamente Linus, al dejarse llevar por la emoción del combate, para luego recuperar su compostura; eran raras las ocasiones en las que podía permitirse esos arrebatos de disfrute, y no pensaba desaprovechar ésta.

    Drapion se lanzó en pos de Salma con sus pinzas cubiertas de energía oscura, listo para partirla en dos si se daba la oportunidad. Sin embargo, no esperó encontrarse con una pared de agua lodosa que su oponente generó rápidamente en torno de sí misma, con lo que fue expulsado hacia atrás con relativa facilidad. Los trozos de roca que aún quedaban en pie en el área de combate no tardaron en correr la misma suerte.

    —Colmillo Hielo —indicó Linus, mostrándose todavía muy tranquilo.
    —¡Rayo de Hielo a las patas! —contraatacó el muchacho, mostrándose mucho más apasionado por la batalla que su antagonista.

    Ambos habían tenido la misma idea. Gracias al frío ambiental, los ataques de hielo tardaron poco en formarse, aun con el incremento de temperatura que el Día Soleado hacía causado. Así, Salma disparó su fino rayo congelante, mas Drapion lo evitó con un increíblemente coordinado movimiento de patas, lanzándose sobre ésta con sus fauces abiertas. Si bien su percepción de los alrededores había regresado a la normalidad, no tendría ningún problema en cogerla y ocasionarle tanto daño como fuera posible.

    —¡Golpe de Cuerpo! —mandó inmediatamente el chico, queriendo aprovechar la cercanía que el Pokémon siniestro había propiciado.

    Lenta pero segura, Salma se lanzó al encuentro de su contrincante y le golpeó con dureza en el tórax mientras extendía sus cortas extremidades, obligándole a retroceder varios centímetros antes de que éste le clavara sus colmillos llenos de cristales de hielo en el hombro derecho. Los pequeños ojos negros de la salamandra se achicaron más todavía cuando un dolor frío y punzante empezó a expandirse por su torso. Le habría gustado usar su maniobra defensiva anterior, pero si Danot no la había ordenado era porque temía que la anfibia acabara en una gélida prisión generada por la interacción del Agua Lodosa y el Colmillo Hielo. Sin embargo, esa no era la única arma con la que contaba Salma, como demostró al girarse a pesar del dolor para impactar fuertemente a su contrincante con su gruesa cola. Tres golpes acertados y uno fallido bastaron para que Drapion le soltara y se alejara en el acto, preparándose para el contraataque.

    —Cola Venenosa —ordenó tranquilamente Linus, con una idea clara de cómo lidiar con la salamandra, tras haber analizado la situación.
    —¡Bostezo! —indicó Danot, mientras Drapion volteaba para volver a atacar.
    —¡Mofa! —reaccionó inmediatamente ante ese movimiento inesperado, dejándose llevar nuevamente por la emoción del combate.

    A pesar de su escasa velocidad, Salma tardó poco en expeler una burbuja rosada más grande que su cabeza hacia el escorpión, quien aprovechando su ataque venenoso la reventó con un tajo diagonal de su cola. Acto seguido, se situó en el rango visual de su antagonista y le mostró una expresión burlesca, a la vez que sus ojos se iluminaban de un siniestro fulgor negro y le hacía un irrespetuoso gesto con las pinzas. Esto causó un peculiar trance en Salma, obligándole a pensar tan sólo en atacar y atacar. El chico hizo un chasquido con la lengua ante la inhabilitación de sus técnicas indirectas, pero pareció recuperarse de ello al notar algo que podría inclinar la balanza a su favor.

    —¡Rayo de Hielo! —indicó seguidamente, queriendo pillar desprevenido a Drapion.
    —Cola Venenosa —ordenó Linus, analizando atentamente la situación presente.

    Salma abrió ampliamente su boca y desplegó una serie de finos rayos congelantes que su oponente esquivó con facilidad, mientras su alargada cola empezaba a brillar de color morado. Le bastó un hábil giro para dirigir un fuerte azote de ésta hacia su rival, quien por órdenes de su Entrenador volvió a generar un muro de agua lodosa en torno a sí misma, bloqueando así el ataque. Tal y como Linus esperaba.

    —Acua Cola —mandó éste sin dudar, dando paso a la segunda etapa de su plan.
    —¿Pero qué? —Danot intentó ocultar su sorpresa ante ese cambio de ataque, más que nada porque le resultaba muy conveniente... o eso creía en ese momento.

    Pensando que por fin podría aplastar a su oponente, Drapion alejó un poco su cola mientras ésta se rodeaba de una vertiginosa espiral de agua, producida al condensar la humedad ambiental. Así, sin piedad, le asestó un golpe descendente que parecía capaz de partir roca sólida. Para su desconcierto, su demoledor ataque fue detenido por una fuerza invisible justo cuando acababa de superar la protección que era el Agua Lodosa de Salma. A continuación, todo ese líquido fue rápidamente absorbido por el cuerpo de ésta, quien recuperó mucha de su vitalidad, como demostraba su expresión serena.

    —¡Aléjate y Afilagarras! —fue la reacción de Linus a su inesperado error, a pesar del cual se mantenía extrañamente calmado.
    —¡No lo dejes! ¡Disparo de Lodo! —ordenó Danot, tan satisfecho e inmerso en la intensidad del combate que no reparó en la expresión de su contrincante.

    Valiéndose de la nimia distancia entre ambos, Salma expelió un grueso chorro de lodo que golpeó a su oponente en el tórax y le empujó varios metros, dañándole así.

    —¡Rayo de Hielo a las patas! —siguió el chico, sin querer darle tregua a Drapion.

    Incansable, Salma liberó en sucesión el ataque indicado, tan rápidamente como le fue posible. Sin embargo, esto no alcanzó para alcanzar al ágil escorpión, quien al no recibir nuevas órdenes de su dueño, se ciñó al plan original y empezó a frotar entre sí sus pinzas, ganando en poco tiempo un masivo incremento de fuerza física y precisión, más que con su uso anterior. Con eso bastaría para vencer a su irritante oponente; no podía soportar esa expresión tan carente de preocupación o miedo hacia su presencia.

    Su oportunidad llegó cuando Salma se detuvo súbitamente y empezó a toser, para sorpresa de Danot. Éste dirigió rápidamente la mirada hacia su contrincante, quien no ocultó su satisfacción ante el éxito de su estrategia anterior. Fue entonces que el chico entendió lo ocurrido: el Agua Lodosa había disuelto las toxinas de la Cola Venenosa, y el posterior uso de la Acua Cola ocasionó que Salma absorbiera esa agua envenenada, que si bien al principio restauró su vitalidad, fue mermando poco a poco su fuerza. No pudo evitar preguntarse qué habría pasado si su Pokémon hubiera tenido una habilidad distinta a Absorbe Agua, pero supuso que Linus también había previsto tal posibilidad.

    —Termínala con Tajo Umbrío —mandó serenamente Linus, quien pensaba que la presencia de Salma en el combate ya se había extendido más tiempo del necesario.

    Esa orden fue como música para los oídos de Drapion, quien se abalanzó sobre su afligida oponente con vehemencia, mientras sus pinzas se llenaban de un brillo oscuro. Tantas eran sus ansias por causar dolor y destrucción que no dudó en ir al encuentro de su víctima a toda velocidad... demasiada, pensó su Entrenador poco antes de verle resbalar estrepitosamente. Fue entonces que se fijó en algo importante: todo el suelo entre él y Danot estaba cubierto por una capa de hielo que había propiciado el tropiezo del confiado escorpión, quien se dirigía sin control hacia su antagonista. Había pasado de ser el cazador a ser la presa.

    —¡Terremoto! —ordenó inmediatamente Danot, devolviéndole a su contrincante la mirada de satisfacción que éste le había dedicado antes.

    A pesar de sentir cómo el veneno le quemaba las entrañas, Salma acopió toda la fuerza que le quedaba para dar un fuerte pisotón y generar un potente sismo que dañó considerablemente a Drapion, además de casi derribar a ambos Entrenadores. Al borde del colapso, éste intentó reincorporarse y contraatacar, pero un chorro de lodo directo al tórax terminó por debilitarle. Sin inmutarse, su dueño le regresó a su Poké Ball.

    Rubí no pudo evitar dar un respingo al ver a Drapion ser arrastrado hasta los pies de su superior. «No seas tonta, él no perderá», se dijo a sí misma con tono reprensivo. Dicha noción se vio reforzada al verle coger una Poké Ball negra y amarilla en la parte superior, una Ultra Ball. Si bien todos los Pokémon de Linus que Danot había visto eran muy poderosos, ninguno de ellos lo era tanto como el que estaba a punto de aparecer. Bastó un elegante movimiento de muñeca para que la esfera aterrizara y se abriera en el único hueco en medio de la capa de hielo que cubría el suelo entre ambos. Una gran figura cuadrúpeda tomó forma delante del chico y de su Quagsire, una que se les hacía familiar: cuerpo esbelto, patas delgadas y musculosas, fuertes mandíbulas y gruesos cuernos que se curvaban hasta casi alcanzar su espalda. El Houndoom les dirigió una mirada seria y amenazante, sabiendo que si su Entrenador le había elegido era porque esos dos le estaban dando problemas. Pero aquello no duraría mucho tiempo más.

    Danot no pudo mirar sin extrañeza al can, pues éste tenía una gran desventaja en cuanto a tipos y, aunque ágil, era un tanto frágil en el aspecto defensivo. Sin embargo, parecía tener mucha experiencia y seguridad, y por tanto, o era el as de Linus o tenía un arma secreta bajo la manga. En cualquier caso, estaba a punto de descubrirlo.

    —Acábala ya —sentenció Linus, con tono de voz grave y expresión de dureza.

    A pesar de sentir que se había estado desempeñando espléndidamente en batalla, Danot se estremeció al oír tal indicación, la cual le hizo temer que Linus hubiera estado jugando con él, dejándole creer que tenía oportunidad de ganar. Temiendo que aquello fuera verdad, buscó algo que le dijera lo contrario, y lo halló en la calma que Salma le transmitía, con lo que poco a poco pudo recuperar su confianza. Sólo debían vencer a ese Houndoom para poder irse, siempre y cuando su oponente cumpliera con su parte del trato; y si no lo hacía, ya encontrarían el modo de huir. Sin embargo, el corazón se le heló y toda esa esperanza pareció desvanecerse por un instante cuando creyó oír el llamado de la muerte, capaz incluso de asustar a la normalmente calmada salamandra.

    Ese espeluznante aullido salido de lo más hondo de los infiernos precedió al aura ígnea que rodeó por completo a Houndoom, quien podría haberse hecho pasar por uno de sus temibles habitantes con facilidad. Danot fue incapaz de identificar el ataque que éste estaba a punto de liberar, pero no estaba dispuesto a permitírselo.

    —¡Agua Lodosa! —indicó en el acto, todavía sobreponiéndose al susto; a pesar de su curiosidad por saber qué era, creyó que ya tendría tiempo para eso luego de ganar.

    A pesar del dolor agudo y el cansancio, Salma saltó hacia adelante y puso toda su fuerza en generar una cortina de agua turbia en torno a sí misma, la cual no tardó en desplegar hacia su periferia. Sin embargo, cuando ésta se encontraba ya a un metro del can, éste liberó una columna de fuego que fue engrosándose con cada centímetro avanzado. Así, el diámetro del ataque ígneo superó por mucho la altura de su contrario y lo evaporó por completo antes de seguir su curso hacia Salma, abrasándola, en tanto Danot se hacía a un lado para no correr la misma suerte.

    Tras segundos que se hicieron eternos para el chico, Houndoom cesó finalmente su ataque y bajó la cabeza hasta casi tocar el suelo ya desnudo de hielo, jadeando un poco. Esto no le evitó esbozar una leve sonrisa al ver a su víctima tendida cuán larga era sobre éste, inconsciente y con su usualmente húmeda piel completamente reseca, como dejaba ver el escaso contraste entre la piel morada y la larga aleta azul que la recorría hasta llegar a la punta de su cola. Como si esto no fuera prueba suficiente del poder de ese ataque, la temperatura ambiental había ascendido al punto de hacer algo incómodas las prendas de abrigo.

    —Regresa Salma... gracias... —dijo un apesadumbrado Danot, aún conmocionado por el terrible espectáculo que acababa de presenciar.

    Teniendo a su contendiente contra las cuerdas, Linus le dedicó toda su atención, preguntándose qué Pokémon elegiría este para plantarle cara a su can infernal. Por los reportes de sus subalternos y su propia experiencia, sabía que Danot contaba aún con Pokémon como Charmeleon, Raichu, Starmie y Houndoom, si bien los dos primeros difícilmente se habrían recuperado de su última batalla. Esbozó una sonrisa socarrona, pensando que, eligiera lo que eligiera el chico, la suerte ya estaba echada.

    Danot se dio un momento para respirar hondamente e intentar mantener la calma a pesar de lo ocurrido, y cuando por fin lo logró, se aprestó a sopesar sus opciones con cuidado. Por un lado, Mizuho contaba con la ventaja de tipo y defensas bastante altas, mientras que Hellga era más ágil y contundente en el aspecto ofensivo. No obstante, la habilidad de la segunda sería más útil que las técnicas defensiva y contraofensiva con las que contaba su compañera. Juntando cada ápice de determinación en su ser, cogió la Poké Ball de la canina siniestra y la liberó sin demora en el lugar que había ocupado Salma. Fue precisamente entonces cuando Gort y Jade llegaron al lugar de la batalla, sorprendiéndose ambos al ver al Houndoom de su superior, y más al ver a la del chico apareciendo precisamente delante de ellos.

    —¿Qué es esto? —preguntó un airado Gort, quien esperaba ver a Danot rogando miserablemente por su vida, no teniendo una batalla en toda regla contra su superior.
    —Subcomandante Rubí —Jade, por su parte, decidió seguir el protocolo y saludar a la mano derecha de Linus; ésta asintió, pero no dijo nada más, viendo a la Pokémon liberada por el chico—; ¿qué está pasando? Creíamos que el Comandante sometería al muchacho, pero...
    —El Comandante Linus ha decidido cambiar de planes y debemos atenernos a ello —respondió parcamente Rubí, anticipándose a la reacción de sus subordinados.
    —Señora, si el Comandante quería divertirse un poco con el chico antes de acabar con él, nos lo podría haber dicho desde el inicio —contestó Gort al tronarse los nudillos, sin estar al tanto de las verdaderas intenciones de Linus.
    —No te hagas la idea equivocada. Esto es algo que acordaron ambos —expuso su superior con severidad—. Si el Comandante gana, el chico se unirá a nosotros; y en el improbable caso de que pierda, dejaremos que se vaya —estableció enfáticamente, sin intención de permitir cuestionamientos hacia el criterio de Linus.
    —¡¿Qué?! —preguntó apenas un desconcertado Gort, tanto que no atinó a objetar más esa afirmación.
    —Anímate, grandote —le instó Jade al ponerle una mano en el hombro y sonreír burlonamente—; si lo reclutamos, podrás hacerle la vida imposible todo lo que quieras; y, si a pesar de perder no acepta, podrás hacer con él todo lo que quieras —agregó, mientras su sonrisa se transtocaba con la crueldad de sus intenciones.
    —Vamos a ver qué pasa, entonces... —convino Gort, recuperando poco a poco sus ánimos tras esa revelación; fuera como fuera, obtendría su venganza, de eso estaba completamente seguro.

    Para Hellga, encontrarse con un congénere solía ser una experiencia agradable, ya que disfrutaba interactuar con ellos, fuera conversando o combatiendo; pero éste, más grande y musculoso que ella, no tenía ninguna intención de socializar o luchar de modo amistoso. Sus gruñidos y lenguaje corporal expresaban completa fidelidad hacia Linus, pero también su disposición a acabar con todos sus enemigos, costara lo que costara... y en ese momento, sus enemigos eran ella y Danot. Gruñó ferozmente. No iba a dejar que el can ni sus cómplices le tocaran un solo cabello, incluso si tenía que arriesgar su vida o terminar con la de ellos.

    —Interesante elección —comentó Linus al ver a Hellga, muy admirado por el valor de su oponente.

    No era para menos, pues muchos Entrenadores solían rehuír a los combates entre Pokémon de la misma especie por considerarlos situaciones incómodas, al sentirse obligados a demostrar que sus compañeros eran mejores que sus congéneres. Y entre quienes las aceptaban a pesar de todo, la gran mayoría lo hacía movida por el orgullo o la soberbia de creer en la clara superioridad de sus propios Pokémon.

    —Entonces, que empiece la batalla definitiva —dijo Linus con una sonrisa confiada, seguro de que la mayor experiencia de su can sería gravitante para el resultado final.
    —¡Colmillo Trueno! —mandó Danot tras asentir, tomando la iniciativa.
    —Aullido —ordenó Linus en el acto, queriendo confirmar algo importante antes de atacar directamente.

    Hellga se lanzó en pos de su antagonista, mientras sus mandíbulas se llenaban de electricidad. No se amilanó ante su escalofriante Aullido, y menos cuando éste pisoteó repetidamente el suelo y se abalanzó sobre ella cubierto de una tenue capa ígnea que fue engrosándose con cada paso que daba. La colisión entre ambos fue estrepitosa... o lo habría sido si el Houndoom macho no hubiera sido detenido por una fuerza invisible que absorbió todo el fuego que le rodeaba. Aprovechando esa cercanía, Hellga intentó asestarle una dentellada al cuello que éste evitó por los pelos, respondiendo en el acto con un potente golpe de su cola totalmente rígida y brillando de color metálico en el costado izquierdo, dañándole moderadamente.

    —Oye, ¿de verdad crees que Don Recto ganará? —preguntó Jade, dubitativa, tras ver ese primer intercambio de golpes, susurrando para que Rubí no le escuchara.
    —¡Ja ja, claro que sí! ¡Esa debilucha Houndoom no tiene nada qué hacer contra el del Comandante! ¡Basta con ver la diferencia de tamaños para saber quién ganará! —sentenció categóricamente su nada discreto compañero.
    —El resultado de este tipo de batallas se decide por la habilidad de Entrenadores y Pokémon, y no por su tamaño —pensó Rubí, perpleja ante tal falta de perspectiva; fue por esto que decidió callar, ya que ese par sería incapaz de entender la situación real.
    —Pero, ¿y si perdiera?—insistió Jade, mientras veía cómo Hellga sorteaba por muy poco las Colas Férreas y Colmillos Trueno de su oponente.
    —No perderá... no puede perder... —contestó Gort, cada vez menos seguro—; si acaso esto pasa... me encargaré de él yo mismo —pensó, dejándose llevar por el odio.
    —El Comandante Linus no perderá, así que cállense y observen —les regañó Rubí, encontrando molesta esa falta de fe—; espero que el chico sea un mejor subordinado que ustedes —dijo para sí misma, mientras dejaba ver una sonrisa que sorprendió mucho a Jade y Gort, acostumbrados a su semblante eternamente serio.

    Mientras tanto, los dos Houndoom intercambiaban dentelladas llenas de energía eléctrica o siniestra, sin éxito alguno a ser ambos muy ágiles. Las expresiones de sus respectivos Entrenadores, no obstante, eran muy distintas: Danot se sentía presionado tras haber notado la presencia de los subordinados de Linus, en tanto éste se mantenía calmado a pesar de esa aparente igualdad de habilidad y velocidad... por lo que creyó que ya era tiempo de empezar a atacar en serio.

    —Aullido y Finta —ordenó tranquilamente, sabiéndose dueño de la situación al no haber caído en el error de emplear nuevamente el Sofoco de su Pokémon.
    —¡No lo dejes! ¡Mofa y después Colmillo Trueno! —indicó Danot, dando inicio a su estrategia de restringir todavía más los ataques del otro Houndoom.

    Anticipándose a tal intención, el Houndoom Rocket aulló fieramente justo antes de que Hellga empezara a ladrar provocadoramente y con los ojos llenos de un siniestro fulgor negro. Con los músculos mucho más abultados que antes, el can se concentró en su oponente mientras ésta se acercaba con las mandíbulas cargadas de electricidad. En el momento menos esperado, pareció desvanecerse en el aire para reaparecer poco después por su flanco izquierdo y golpearle duramente el torso con una carga frontal.

    A pesar del violento golpe, Hellga se reincorporó en el acto y esbozó una confiada sonrisa, dándole a entender a su congénere que podía soportar mucho más. Ese no era un comportamiento usual en ella pero, dadas las circunstancias y la táctica que creía que Danot quería usar, debía provocarle lo más posible, aun si estaba bajo el efecto de la Mofa. A pesar de su gran orgullo, el Houndoom macho contuvo su deseo de lanzarse en pos de su contendiente, aguardando las siguientes instrucciones de su dueño.

    —A ver si resiste esto —pensó Linus con confianza, entendiendo tal intención, pero no el motivo detrás de ella—; Colmillo Trueno —ordenó, sabiendo que ese ataque haría mucho daño gracias a los incrementos de ataque con los que contaba su Pokémon.
    —Hellga, deja que vaya a ti —indicó Danot con presteza, para gran sorpresa de los subordinados de su contrincante.

    Viendo su sospecha confirmada, Hellga apretó fuertemente sus patas contra el frío suelo y esperó pacientemente a su contendiente, sin moverse ni un ápice ni mostrarse intimidada. Linus pudo percibir que ese par planeaba algo, pero no lograba dilucidar el qué, a pesar de su relativamente amplia experiencia. «No es que importe», pensó, ya que había entrenado a su Pokémon para dar siempre un segundo y tercer golpe con su Cola Férrea si acaso sus oponentes eludían su primer ataque, quitándoles el intervalo necesario para contraatacar. Fue muy tarde cuando se dio cuenta de la razón real.

    El Houndoom Rocket saltó con las fauces abiertas, listo para lacerar la garganta de su indefensa víctima, pues para él no era más que esto: otra víctima de las tantas que había tomado y pensaba seguir tomando en su afán de seguir la senda que su amo recorría. Ninguno de los dos la disfrutaba, pero no podía ni quería dejarle solo. Él no lo hizo, aun cuando los mejores doctores del Equipo Rocket aseguraban que no volvería a luchar nunca más... ¡todavía recordaba sus caras de asombro al verle hacer trizas a un Golem meses después!

    Para su sorpresa y la de su Entrenador, Hellga se quedó quieta incluso cuando los colmillos electrificados del primero se hundieron en su garganta, y finalmente entendió la razón cuando se vio inmovilizado por una fuerza invisible. Poco después, sintió cómo ésta le arrojaba violentamente en dirección contraria, más fuertemente que la presión que había ejercido con su ataque. Algo dañado, aterrizó bruscamente a varios metros de su contrincante, quien tampoco había salido indemne de ello: sus músculos habían quedado completamente entumecidos tras recibir ese feroz Colmillo Trueno.

    —Ingenioso, pero dudo que tu Pokémon pueda repetirlo en ese estado —dijo Linus con expresión divertida, mientras su can se levantaba—. ¡Finta! —ordenó prestamente.
    —¡Contraataque! —mandó rápidamente Danot, consciente de que Hellga no podría esquivar aquello.

    Apretando los dientes con fuerza, la canina siniestra hizo caso omiso a los intensos calambres y punzadas que le afligían para no desplomarse. Su congénere, teniéndole indefensa, se lanzó diligentemente a la carrera y, como una exhalación, desapareció de su campo visual para reaparecer por la derecha, después por la izquierda y finalmente por el frente, lastimándole moderadamente con cada golpe. Sin embargo, la parálisis impidió cualquier reacción de parte de Hellga, quien impotente sentía cómo su vitalidad decaía poco a poco mientras su oponente le lastimaba con sus precisos ataques.

    Danot apretó los puños, apoyando en silencio a su compañera mientras intentaba hallar una manera de ayudarle mejor, deseando con todo su ser poder hacer algo más que observar cómo era derrotada. Nunca supo si fue su deseo o la suerte, pero Hellga dejó escapar un sonoro gruñido mientras superaba por apenas un instante su parálisis y, para pasmo de su confiado contendiente, parar en seco su Finta antes de expulsarle violentamente en dirección opuesta, tras lo cual cayó pesadamente al suelo, jadeando de cansancio y dolor. Sin embargo, no se podía permitir desfallecer en ese momento, no con el peligro que les amenazaba, por lo que se reincorporó lentamente, respirando con dificultad y con sus patas temblando por el enorme esfuerzo que ello le suponía. Tenía la vista nublada, tanto que pudo ver con dificultad que su congénere ya se había levantado, esperando la orden para darle el golpe de gracia. Para su sorpresa y la de Danot, lo único que escucharon de Linus fue una serie de sonoros aplausos.

    —¡Bravo! De verdad no esperaba menos de ti, pero esto acaba aquí —expresó un confiado Linus, sabiendo que Hellga no podría resistir otro ataque igual o más potente—; ríndete y no le haré más daño a tu Pokémon —ofreció sinceramente, si bien con un marcado dejo de superioridad.
    —¿Hellga? —preguntó Danot, aparentemente ignorando a su contrincante; obtuvo como respuesta un débil pero decidido ladrido—. Ahí tienes tu respuesta —dijo con aire desafiante, a pesar de lo adverso de la situación.
    —Como desees, mi futuro subordinado —contestó Linus, nada impresionado ante tal demostración—; Golpe Bajo —ordenó, anticipándose a la necesidad de su oponente de atacar directamente para ganar.
    —¡Hellga, ya sabes qué hacer! —exclamó el chico con fuerza y determinación, tan dispuesto como su Pokémon a poner todo de sí en ese último y decisivo ataque.

    El Houndoom de Linus se agazapó de inmediato, fijando todos sus sentidos en su congénere, buscando la más mínima intención de atacarle directamente. Y se abalanzó sobre ella apenas la detectó, rodeándose de una intensa aura oscura. A pesar del dolor que sentía, su oponente también empezó a avanzar, mucho más lentamente pero igual de decidida, mientras diminutas chispas rojizas recorrían su lustroso pelaje.

    Al ver esto, Jade contuvo el aliento. Gort apretó los puños, expectante, y profirió un emocionado grito al ver que el otro can se movía más rápido y con más fuerza. Rubí se extrañó al percibir la tranquilidad del chico, preguntándose qué clase de ofensiva le daba tanta confianza en su Pokémon, pese a su lamentable estado. Linus mantuvo su expresión seria, incluso cuando todo parecía desarrollarse a su favor. Y fue entonces cuando un intenso brillo rojizo se encendió en torno a Hellga, cuando faltaban casi dos metros para la colisión. Danot sonrió. La victoria estaba a su alcance.

    Por primera vez en la batalla, el Houndoom Rocket tuvo miedo. Miedo de una rival que, a pesar de haberle dado alguna sorpresa, había dominado a sus anchas durante el combate. A pesar de ello, no se echó atrás y avanzó a toda prisa para hacerle sentir todo su poder, aun si salía lastimado en el proceso. Podría soportar mejor una herida o más que defraudar la confianza de su Entrenador. Se lo debía y no pensaba fallarle.

    El choque frontal entre ambos canes fue brutal, pero ninguno de los presentes osó apartar la mirada. Cabezas y cuernos en contacto, los dos perros infernales pugnaron violentamente, impulsados por sus sentimientos hacia sus respectivos compañeros. El deseo de proteger a toda costa contra el deseo de seguir fielmente un camino. Lealtad contra lealtad, tan similares a pesar de sus diferentes contextos que, por sí mismas, no podrían decidir el enfrentamiento.

    Finalmente, un bando se impuso gracias a la efectividad. Incapaz de resistir por más tiempo, el can Rocket se vio arrollado por la demoledora fuerza de la Inversión de su congénere. De esa manera, con los cuernos prácticamente empotrados en su torso, ésta le arrastró varios metros hasta que ambos acabaron impactándose contra el muro de roca detrás de Linus. Gort y Jade observaban la escena con incredulidad, tanta que la segunda no notó cuando dejó caer el estuche que había robado.

    —¡Hellga! —le llamó Danot, temiendo que se hubiera lastimado más de la cuenta en su empeño por protegerle.
    —¡Houndoom! —hizo lo propio Linus, más preocupado por su propio Pokémon que por el resultado de la contienda.

    La atención de los presentes se enfocó totalmente en los dos Pokémon encajados en la pared de roca, inmóviles al punto de parecer estatuas y sin dar señales de haber oído el llamado de sus respectivos Entrenadores. Al parecer, el resultado del combate había pasado a un segundo plano para ambos implicados.

    El tenso silencio posterior a esos preocupados gritos fue roto por el leve sonido del cuerpo de uno de los canes al deslizarse por la pared de roca y acabar tendido sobre el suelo, totalmente debilitado. Con la cabeza muy adolorida por el duro golpe, dolorosas punzadas en todo el cuerpo y una pronunciada cojera al andar, Hellga se separó de su inerte congénere y volvió a duras penas con su Entrenador, sólo para caer a sus pies, totalmente agotada pero satisfecha de haberle podido proteger, incluso a ese costo.

    —Gracias, amiga... de verdad, gracias —expresó sinceramente Danot, arrodillado ante ella y acariciándole con cariño en la cabeza, sin prestarle atención a los Rockets.

    Impertérrito ante la derrota, Linus devolvió a Houndoom a su Poké Ball mientras agradecía su esfuerzo en pensamientos. Luego, dirigió la mirada hacia sus subalternos, quienes todavía no asimilaban que hubiera sido vencido por un Entrenador cualquiera.

    —¡Nos marchamos, ya! —exclamó súbitamente para sacarles de su estupor.

    Sin perder el tiempo, Rubí guardó a Dustox y Drifblim y se apuró en abandonar la cueva, al igual que Jade y Gort. Éste último levantó a regañadientes la lámpara y se la llevó hasta la salida, donde esperó a su superior... y su oportunidad para vengarse.

    Notando el movimiento de los Rockets, Danot guardó a Hellga y se puso de pie en el acto, sabiendo que lo mejor sería marcharse de inmediato. A pesar de ello, se dio el tiempo para recoger el estuche que le habían robado y guardarlo en su mochila; era un regalo que su madre le dio el día que salió de viaje, y le supuso un gran alivio haberlo recuperado. Después, cogió una Poké Ball de su cinturón y avanzó hacia la salida, listo para usarla si era necesario, más al ver que Linus y Gort aún estaban ahí. Se detuvo a cinco metros de quien había sido su oponente, y dos días antes, un modelo a seguir.

    —Como prometí, te dejaremos en paz por esta vez —dijo Linus, serio y tranquilo; le molestaba haber perdido pero, al mismo tiempo, le alegraba no haberse equivocado en cuanto a sus expectativas sobre Danot—; sin embargo, te aconsejo que no vuelvas a interferir con el Equipo Rocket, porque no solemos tener piedad de quien se pone en nuestro camino —advirtió con semblante sombrío, sabiendo bien que las circunstancias de su encuentro habían sido muy particulares.
    —¡Señor, no puede dejarlo así! —intervino un airado Gort, no queriendo faltarle el respeto a Linus, a pesar de que sus últimas palabras le habían colmado la paciencia—. ¡Eso sería traicionar al equipo! —añadió, pensando que eso bastaría para convencerle.
    —Tienes razón —convino su superior, tras lo cual volteó a verle—; o la tendrías, si esto fuera una misión oficial —apuntó con ironía, habiéndose anticipado a este hecho—; te recuerdo que esto se originó de tu afán de hacer dinero a costa del equipo y que ya hice mucho por ti ocultando este hecho de mis superiores —expresó severamente.

    Atónito y a la vez aliviado por la demostración de autoridad de Linus ante su ahora indefenso subordinado, Danot observó cómo ambos se dirigían hacia la salida, con el primero adelante. De alguna manera, sintió que sería mejor que ellos se alejaran antes de marcharse, para evitar otro altercado con Gort; sin embargo, éste lanzó hacia atrás una Poké Ball justo al dejar el lugar, de la cual se liberó su fiero Graveler. La reacción del chico fue inmediata, y sin siquiera pensarlo, liberó a su propia Pokémon.

    —Explosión —ordenó Gort con una malévola sonrisa, disfrutando de su venganza.

    Siguiendo ciegamente esa indicación, el Pokémon rocoso acopió su energía interna en la superficie de su cuerpo, rodeándose así de un deslumbrante brillo dorado. Acto seguido, sonrió malvadamente antes de producir un poderoso estallido que avanzó de manera inexorable hacia sus víctimas.

    Un enorme estruendo resonó en las montañas al norte de Blackthorn. Linus, tan sorprendido como sus subordinadas, se giró para ver qué había ocurrido, y pilló a Gort intentando guardar sin éxito a su debilitado Graveler. Sin embargo, cuando éste por fin lo logró, se topó cara a cara con su enfurecido superior, quien como él, estaba cubierto de una fina capa de polvo grisáceo.

    —Creo haber sido claro con mis órdenes —le recriminó un severo Linus, viendo el desfiladero del que formaba parte el ya bloqueado acceso al Camino de Hielo.
    —Señor, no podía perder la oportunidad para vengarme de ese infeliz —se justificó el soldado Rocket, tratando de plantarle cara a su superior.
    —¡Me importa un bledo, Gort! ¡Has desobedecido una orden directa y sabes lo que eso significa! —exclamó para hacerle callar, harto de su insubordinación y testarudez.

    Esto fue más de lo que Gort pudo soportar. Se había humillado para pedirle ayuda y Linus no sólo se había atrevido a cambiar de planes sin avisarle, sino además dejar ir al chico sin más, mientras que a él quería aplicarle sin más un castigo al estilo Rocket. Dejándose llevar por la ira, no dudó en lanzarse sobre su (en su opinión) incompetente Comandante con los puños en alto, decidido a no dejarse eliminar por él. «Después me encargaré de su lameculos», pensó al desviar por un instante la mirada hacia Rubí.

    —Idiota —pensó ésta, considerando esa distracción como el segundo error crítico de Gort. El primero había sido desafiar a Linus.

    Haciendo buen uso de su complexión más delgada y ágil, Linus esquivó fácilmente el puñetazo de su atacante y le asestó un fuerte y certero golpe en la nuca. Esto bastó para dejarle inconsciente en el acto y ocasionar que cayera al suelo como un costal de patatas, para pasmo de Jade. Sin mayores preámbulos, el Comandante Rocket liberó a su fiero Crawdaunt y le hizo un parco gesto mientras veía friamente a Gort.

    —Rubí, prepara el helicóptero —indicó a su subalterna, quien sin demora subió a dicho vehículo para cumplir su cometido—. ¡Jade! —le llamó con tono de voz grave; ésta se estremeció visiblemente, temiendo por la vida de Gort al ver cómo la langosta se acercaba a él con las pinzas en alto—. Ata a este inútil; me encargaré de él cuando volvamos a la base —ordenó, a la vez que cogía la lámpara y se acercaba al derrumbe.

    Sin saber qué sería de su compañero, Jade se dispuso a obedecer y giró la mirada hacia éste. Para su alivio, Crawdaunt sólo le arrastraba sin mucha delicadeza hacia el helicóptero, justo cuando las hélices de éste empezaban a rotar. Supuso que Linus no haría más que encerrarle unos días para que escarmentara, precisamente porque esa misión no había sido oficial.

    Mientras tanto, el Comandante Rocket veía con disgusto el acceso bloqueado por toneladas y toneladas de rocas, fango y otros elementos del desfiladero del que éste formaba parte. Se preguntaba qué había ocurrido con Danot. ¿Qué tan cerca le había sorprendido la Explosión? ¿Estaría herido? ¿Podría hallar otra salida antes de que fuera demasiado tarde? No podía hacer por él más de lo que ya había hecho, por lo que dio media vuelta y, a paso lento, se dirigió hacia el vehículo que le esperaba.

    Con los cabellos revueltos por el giro de las aspas, Linus subió al sujetarse de la baranda y apagó la lámpara tras comprobar que Gort estaba atado de manos y pies. Dirigió una última mirada hacia el acceso del Camino de Hielo antes de cerrar la puerta y situarse en el asiento del copiloto, deseando que de alguna manera pudiera volver a saber de Danot y combatir nuevamente con él, mientras el helicóptero alzaba el vuelo.

    El panorama no era muy distinto dentro de la bóveda: la salida estaba totalmente bloqueada por una gran pila de tierra y rocas, entre las cuales se podía discenir apenas un brillo esmeralda. Éste se reveló como una semiesfera de energía cuando la masa pétrea se deslizó en torno a ésta a causa de su propio peso, que tras uno segundos se desvaneció por completo. Gracias a esa Protección, Danot y la tortuga de piel azul que le acompañaba estuvieron a salvo del estallido y la posterior caída de escombros.

    —Gracias, Mizuho; de no ser por ti, no habría salido de ésta —agradeció el chico al acariciarle una de sus peludas orejas blancas.
    —Tortol, tortol —contestó la Wartortle, moviendo contentamente su cola afelpada, muy a gusto con esa demostración de cariño.

    Agotado, Danot se dejó caer sentado sobre el duro suelo, usando como respaldo la espalda de su Pokémon, un caparazón de sólidas placas marrones, y agradeciendo el entrenamiento de guardaespaldas que Yamen le había dado a ésta, así como a Hellga y Hagane, meses antes de empezar su primer viaje. Se quedó en esa posición por poco más de una hora, tiempo en el que la aún agradable temperatura volvió gradualmente a su nivel habitual. Sabiendo que esa era su señal para marcharse, se reincorporó poco a poco, todavía adolorido en las muñecas y muslos, y le ordenó a Mizuho despejar las rocas que les rodeaban. Ésta afirmó sus cortas patas contra el suelo y dejó salir de su boca una retahíla de esferas de agua tan grandes como su cabeza y lo suficientemente fuertes para pulverizar o arrastrar los peñascos hasta el muro más cercano. Con eso hecho, se alejaron poco más de diez metros de la salida y la vieron con detenimiento, gracias a la linterna que el chico todavía llevaba consigo.

    —Mizuho, usa tu Hidropulso en sucesión en la base del derrumbe —ordenó Danot, queriendo probar si con ese ataque bastaría para despejar el camino.

    Tras asentir seriamente, la tortuga se irguió y disparó una andanada de esferas de agua hacia la zona inferior de la montaña de escombros, haciéndolos volar en pedazos. Desafortunadamente, lo único que lograron fue que ésta se viniera abajo súbitamente, taponando de nuevo el acceso y dando un buen susto a Danot y Mizuho, quienes intercambiaron miradas que decían claramente «Ha sido una pésima idea».

    Era un hecho que no podrían salir por ahí. Sin embargo, tampoco podían regresar por donde habían llegado. Con expresión seria, brazos cruzados y ojos cerrados, Danot intentó encontrar una solución a ese predicamento. Sabiendo que por el momento no podía hacer mucho más, Mizuho se aproximó al muro de roca que antes había recibido sus ataques de agua para sentarse a descansar. Para su sorpresa, cuando apoyó una de sus extremidades superiores en ella, éste se derrumbó como un castillo de naipes.

    —¿Qué es esto? —se preguntó Danot, tras situarse junto a la sorpendida Mizuho.

    Apuntó la linterna hacia el hueco que tenían delante, pudiendo ver lo que parecía ser un estrecho y alargado pasaje natural ligeramente orientado hacia el sudoeste (si es que la salida realmente lo estaba hacia el sur). No estaba totalmente seguro de ello, pero era, además de la ayuda de Mizuho, en lo único que confiar en ese momento.

    —¿Qué crees? ¿Será seguro? —le consultó mientras se rascaba la sien, indeciso; solía hacerlo cada vez que debía tomar una decisión importante fuera de las batallas.

    No recibió una respuesta inmediata. La tortuga tenía los ojos cerrados y las orejas bien abiertas, captando con estas últimas hasta el más mínimo ruido proveniente del orificio que tenía delante. Una mueca de extrañeza apareció en su rostro al detectar un sonido que se le antojó familiar, muy débil, pero inconfundible. Abrió los ojos y apuntó hacia la senda con las tres garras romas en las que terminaban sus cortos brazos.

    —Vayamos, entonces. Será mejor que quedarnos aquí a morir de frío —dijo Danot con el buen humor que todavía le quedaba, procurando no ser dominado por el temor de estar dirigiéndose hacia un callejón sin salida.

    Sin saber qué aguardaba en medio de esa misteriosa oscuridad, ambos avanzaron por el estrecho pasaje, esperando que éste les condujera fuera de la helada prisión en la que se hallaban. Lo que Danot ignoraba era que ese esfuerzo por escapar le llevaría directamente a una serie de sucesos que cambiarían su vida... para siempre.



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